Reivindiquemos un tipo de personaje de la gran tradición de Hollywood que ha sido mal considerado por años. Parte esencial del film noir (que implica mucho más que el policial o el suspenso), la femme fatale -así, en francés, como corresponde- ha sido siempre la imagen de la seducción y el peligro, y vista como algo así como un mensaje en favor de la moralidad y las buenas costumbres. En la superficie, hacerle caso a una mujer atractiva y apasionarse por ella culmina en la perdición y la muerte. Pero cuidado: eso es solo lo más inmediato. La femme fatale puede verse, también, como un auténtico símbolo feminista: usa la debilidad erótica del hombre para hacer su propio destino.

Trazar la historia de este personaje es como trazar la del cine mismo. La primera femme fatale fue Theda Bara, una chica de Ohio a la que le cambiaron el nombre y le inventaron una biografía exótica. Fue Salomé en 1917 y de allí en más se volvió el primer gran sex-symbol de la pantalla en el período mudo. Acercarse a ella era peligroso; como lo sería en el principio del sonoro enamorarse de la cantante Lola Lola, interpretada por Marlene Dietrich en El ángel azul, de su mentor Von Sternberg, en 1930. La Dietrich, sin embargo, incluso si sería una mujer “peligrosa” en el cine, siempre sufriría al final por amor. La verdadera femme fatale, la que tiene su propia agenda y la lleva a cabo acarreando la perdición de quienes la rodean, sería clave recién en los años cuarenta, con el auge del film noir.

El film noir es policial en la medida en que siempre hay un crimen y se busca a un culpable. Pero lo que importan son las emociones de los personajes mucho más que el misterio a resolver. En general el espectador siempre sabe todo: quién mata, por qué y cómo trata de salirse con la suya. La norma es que un tipo normal, sin problemas, se siente atraído sin freno por una señorita -muchas veces, señoraque necesita salir de un problema. Necesita dinero y dejar a su pareja, tal es la regla. Y empuja al delito al pobre incauto, para quedarse al final con un botín e impune. Es lo que pasa en la obra maestra de Billy Wilder Pacto de Sangre (1944) donde el agente de seguros que interpreta Fred McMurray cae en la trampa de la mujer fatal Barbra Stanwyck. En Laura (Otto Preminger, 1945), el detective personificado por Dana Andrews investiga la muerte de la mujer del título, pero -sorpresa- se enamora de ella sin conocerla (porque está muerta... o no). Aquí Laura (una gran Gene Tierney, que será otra tremendamente fatal mujer en Que el cielo la juzgue, gran melo sobre los celos con crimen incluido de John M. Stahl, 1946) manipula toda la historia desde fuera, y si bien tiene su propia agenda, es más una víctima que una victimaria. Quizás la más arquetípica sea Gilda (Charles Vidor, 1946) interpretada por Rita Hayworth. La cosa transcurre en un casino de Buenos Aires: Glenn Ford es un lúmpen que deviene segundo del dueño del casino y tiene a su cargo controlar a la amante de este, Gilda, justamente, que lo trata de seducir de todas las maneras posibles, mientras nuestro (anti)héroe llega a golpearla para terminar el asunto. Por cierto, esta relación un poco sadomasoquista sería infilmable hoy. Gilda es un objeto que se vuelve sujeto seductor para salvarse de la opresión de su pareja. La película es mucho más compleja de lo que parece.

Después pasó lo de siempre: el cambio de costumbres fue disolviendo este mito. Y también el lugar que las mujeres fueron ocupando desde la Era Eisenhower y, sobre todo, desde los años sesenta, con la revolución sexual y todo. Pero no dejó de haber mujeres fatales. De hecho, tres de las más importantes de esta tradición aparecieron en los ochenta y noventa. La primera es Matty Walker, una rubia intepretada por Kathleen Turner en la obra maestra de Lawrence Kasdan Cuerpos Ardientes (1981). Enamora y conquista a un médico interpretado por William Hurt, lo hace incurrir en el crimen y, finalmente, parece terminar cuando cierta casa estalla en pedazos. El sexo, en este caso, es la trampa directa que manipula al incauto. Pero la mujer es mucho más inteligente que los hombres que la rodean. Y el plano final causa mucho más la sonrisa del espectador que el rechazo.

La segunda se llama Catherine Trammel. Es escritora de novelas policiales, abiertamente bisexual, totalmente libre, millonaria y tiene un pequeño fetiche con los picahielos. Encarnada por Sharon Stone en uno de los mejores trabajos de una actriz en el cine de las últimas décadas, es la protagonista de Bajos Instintos (1992). Que son -esos “bajos instintos”- los de los hombres, especialmente el pobre tarado que termina siendo Michael Douglas, y que ella usa para hacer absolutamente lo que se le canta, incluso exculpar de ciertos asesinatos a la novia del policía. La película la dirigió Paul Verhoeven y es en sí una sátira del film noir.

Y por último, Laure (o Lily), personificada por Rebecca Romijn en esa obra maestra de Brian De Palma llamada, justamente, Femme Fatale (2002). En los primeros veinte minutos, protagoniza un genial robo sofisticado en la apertura del Festival de Cannes. Luego, huye. Luego, se convierte en otra persona y luego pervierte utilizando los peores pensamientos del hombre a un fotógrafo interpretado por Antonio Banderas. Y, amigos, se salva (en todo sentido, incluso metafísico) gracias a sí misma. Una vindicación del poder femenino, y, como en toda la tradición, demostación de que parte del problema es que los hombres demasiadas veces piensan con la entrepierna. Vea y pruebe.

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