En algunos días, la publicación Xbiz, guía de la industria secual u pornográfica de los Estados Unidos, arrancará con su exhibición y conferencia de 2019 en Los Angeles. No, no me invitaron, no envidien. Hay un panel muy interesante que está armado por la Free Speech Coalition, una de las entidades norteamericanas que, como su nombre lo indica, luchan por la libertad de expresión. Como siempre contamos en esta columna, los Estados Unidos -en realidad, gran parte del mundo, la Argentina también- tiene un comportamiento ambiguo respecto de la pornografía. Suelen legalizarla y perseguirla al mismo tiempo. Lo primero es sencillo: en un país que no tiene censura, en seguida cae sola la legalización, como sucedió en la Argentina cuando se eliminó el Ente de Calificación Cinematográfica ni bien asumió la presidencia Raúl Alfonsín en 1983. Los cambios respecto de cómo se califican las películas fueron enormes. Pero al mismo tiempo, en la Argentina se ejerció censura en período post dictadura contra ciertos filmes, especialmente por despertar alguna controversia religiosa (Yo te saludo, María, de Jean-Luc Godard y La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese, son los casos más conocidos). Pero también hay -todavía, cuando casi no quedan salas para ello- un estatuto especial para las proyecciones pornográficas que marginaba esos cines hasta que, con el advenimiento del VHS, el DVD y luego Internet, el consumo privado terminó por disolver ese negocio. En los EE.UU. el asunto es todavía más espinoso porque hay muchos grupos conservadores y religiosos que pasan demasiado tiempo tratando de ilegalizar el porno. Muchos de esos grupos, dicho sea de paso, apoyan a Donald Trump y están vinculados a iglesias y pastores con mucho poder en el vasto centro del país, la región más conservadora y menos moderna de la coalición.

Pues bien: volviendo al panel de Xbiz, van a tratar cuatro temas. Uno, los casos de aplicación de la regulación 2257, que obliga a los productores de material pornográfico a recabar y hacer pública la documentación de que los participantes en imágenes XXX son mayores de edad. Lo interesante aquí es que si una modelo miente, por ejemplo, o presenta documentación falsificada, las penas para el productor porno son enormes, e incluyen hasta cinco años de prisión. La excusa es loable: la protección de los menores y el intento de disminuir la explotación sexual y la trata. Pero el resultado es que cada tanto se acusa a un productor falsamente de alguna violación a estas reglas y eso pone un alto a toda la producción. Se usa como mecanismo de presión y de censura.

La discriminación laboral por HIV es un problema serio especialmente para la industria

El segundo tema es la discriminación por HIV. Es ilegal negar un trabajo a alguien por estar infectado, pero con la industria pornográfica el asunto es complejísimo porque, dicho sea de paso, cuando se registra un caso de ETS entre la producción registrada (hay, claro, mucha producción "amateur", por no decir "clandestina" que elude regulaciones) se pone toda la producción en cuarentena. La pregunta es qué pasa cuando alguien dice que tiene HIV, pide trabajo en el porno, su partenaire sexual lo sabe y consiente, etcétera. No es algo sencillo de resolver justamente porque se trata de una ETS y el porno es específicamente el registro de actividad sexual real y evidente.

El tercero es complicado para casi todo el mundo: las nuevas leyes de verificación de edad en el Reino Unido. Aunque es uno de los países que más pornografía consume en el mundo, es también donde más se persigue. Hay que tener en cuenta que aún existe allí censura cinematográfica, por ejemplo. En la próxima Pascua, entra en vigencia un sistema mediante el cual el usuario de pornografía solo podrá entrar a los sitios si verifica que es mayor de edad. El primer problema consiste en que nadie quiere darle a una empresa pornográfica su tarjeta de crédito o datos personales. No debe hacerlo: la ley prevé la aparición de empresas de verificación de edad que proveen una clave, y esa clave será la que el sitio solicitará, no datos personales (solo la empresa de verificación une el número a la persona, no el sitio porno). El mayor de los problemas es saber qué sucede con las empresas que no son británicas para adecuarse a este sistema, aunque se supone que el pedido de "token" tendrá que ver con la lectura de la IP del usuario. Pero aquí hay otro problema: los VPN que permiten a alguien enmascarar el origen de su IP y aparecer como "en otra parte", lo que le permitiría eludir la regulación. El sistema, diseñado para que los niños no accedan a la pornografía, es menos efectivo en la práctica que en la teoría, pero a las empresas británicas las obliga a gastos extra en seguridad informática y software de conexión, lo que termina desalentando la inversión en el negocio. Muchos creen que el asunto es ese y no la protección de la infancia (que igual tendrá mucho material amateur y clandestino a disposición).

Por último, el cuarto tema es la falta de crédito para la industria sexual. Es simple: si usted es un exitoso empresario y va a un banco en los EE.UU. (y muchos otros lugares, podríamos probar aquí) un préstamo para comprar servidores, producir contenidos, etcétera, lo más probable es que le digan que no porque las empresas grandes no quieren verse asociadas con la pornografía. Claro que hay doble moral (un fabricante de armas no tendrá problemas en acceder a una amplia línea de créditos), pero se trata también de que, dada la persecución legal que el género tiene en casi todo el país, existe siempre el riesgo de que se ilegalice y eso genere quebrantos. De todos modos, repitamos: sigue funcionando como un mecanismo de control.

Los cuatro temas son motivo para pensar que, detrás de motivos nobles, causas justas y argumentos razonables, a veces se esconde la intención de censurar y restrinhgir la libre expresión de una sociedad. El sexo es siempre algo subversivo, porque nos muestra al desnudo, literalmente, y no solo en el coito. Por eso las sociedades con una fuerte componente conservadora tratan de invisibilizarlo. Que después armen orgías, tengan comportamientos aberrantes o maltraten a mujeres en la cama es lo de menos: lo importante es que no se vea, a ver qué dicen los vecinos.