"Lleva el nombre del primer cuento del libro. En La hora de las ratas, los animales son aliados, una familia sustituta que adopta a la protagonista. Creo que yo me sentía un poco así cuando escribí el libro. Decepcionada por promesas laborales que no se cumplieron y mi trabajo fijo que cerró de un día para el otro. Esto sumado a que no aparecían otras oportunidades en mi rubro que era el guión, decidí pasear perros y cuidar animales a domicilio para sostenerme económicamente. Me hice una manada, una familia animal que me contuvo en un momento duro. Por eso me siento muy identificada con Luna, la protagonista del cuento, los animales nos prestaron fuerza y refugio cuando lo necesitamos", dic. la guionista Agustina Zabaljáuregui sobre su primer libro.

-¿Cómo surgieron estos relatos?

-Algunos de una frase, otros de una imagen o un personaje. Incluso una frase, me encontré pensando ¿Quién dijo esto? y ahí iba apareciendo el personaje, su mundo, la trama. Siempre era cuestión de hacerle preguntas a eso que aparecía, a tirar del hilo para ir encontrando la historia.

-¿Cómo definirías vos el libro?

-Creo que hay personajes muy solitarios que experimentan formas no convencionales de amor. Desde el vínculo de una chica con las ratas, de una madre de un hijo monstruo acuático con su amiga, de una hija con el fantasma de su padre o de una nieta con el fantasma de su abuela. La soledad está pero también los encuentros extraños, en paisajes o universos enrarecidos.

-¿Cómo elegís lo temas?

-La verdad no los elijo, aparecen. Para cuando puedo tomar decisiones sobre los cuentos ya el mundo está bastante construido. Después sí en la reescritura puedo llevar estas cuestiones para un lado más consciente. Pero siempre aparece lo que tenemos en la cabeza de alguna manera. Por ejemplo, cuando empecé a escribir el libro me encontré con el feminismo que me llevó a plantearme un montón de cuestiones. Una fue la maternidad, que aparece en una clave monstruosa en los relatos.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre?

-Compañía en la soledad de los personajes, el abrazo de lo extraño o del miedo pero en un sentido positivo: el disfrute de la oscuridad que es tan parte de todo como la luz.

-¿Qué hay de la guionista en este libro?

-Una venganza. Todo lo que no me dejaban poner en los guiones porque era caro fue a parar a este libro. Niños, animales, fuego, todo. No fue una venganza premeditada sino que fue algo que se dio naturalmente cuando descubrí la libertad que se experimenta escribiendo narrativa.

-¿Cuál te parece que es el rol de la literatura?

-Siento que tiene miles. Acompañarnos, entretenernos, educarnos. Creo que hay cuestiones, la empatía por ejemplo, que nos cuesta menos practicar y entender con los personajes que con las personas. Podemos identificarnos y comprender a un personaje horrible pero con un desconocido real en una situación cotidiana no es más complicado. Además la literatura nos hace disfrutar de pensar o sentir cosas que no disfrutaríamos en la vida real, igual que el cine. Como el miedo y la angustia o contactarnos con dilemas humanos: ¿qué haría si yo fuera ese personaje? ¿actuaría de la misma forma?

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Lo descubrí cuando empecé a escribir. Para mí las letras era el mundo de mis papás, que son poetas. Un día lo llamé a Juan Sklar por trabajo y me invitó a su taller literario. Ahí me di cuenta que podía escribir, que también era mi mundo y que aunque sea frustrante, trabajoso y no rentable, no lo cambio por nada.

-¿Tenes rutina para escribir?

-Me encantaría pero lamentablemente escribo cuando no trabajo y como soy freelancer mis horarios son un caos. Igual tengo mis rituales: me hago un mate o me destapo una birra, dependiendo del horario; elijo la banda sonora del momento (si logro que esté vinculada con el espíritu de lo que estoy escribiendo mejor) y antes de arrancar suelo leer uno o dos poemas para contactarme con otro ritmo y otro lenguaje.

-¿Tenes miedo a la hoja en blanco?

-Un poco, si. Es una sensación de abismo, eso que está vacío delante tuyo tiene que estar lleno. Pero lo desactivo fácilmente poniéndome a escribir, no pensando tanto, confiando en que después se reescribe. Para mí lo importante es no permitir que el vacío te ahogue, te saque las palabras. Es como cerrar los ojos y gritarle a la página, de pronto ya no está más vacía, ahí me pongo a corregir.

-¿Te cuesta dejar a los personajes?

-No, me encariño con algunos pero no me aferro. Creo que el ser personajes de cuentos ayuda, por más que los llegamos a conocer bastante a veces, el tiempo de convivencia y lo que vemos de su vida es poco. Pienso eso ahora que estoy escribiendo una novela y tengo a los personajes constantemente en la cabeza hace mucho tiempo, creo que me va a costar más dejarlos.

-¿Qué tomaste de tus padres poetas?

-Yo creía que nada hasta que me encontré escribiendo, ahí me di cuenta que la familiaridad con el lenguaje, con la belleza de las palabras, su sonido, el placer que genera en el pecho una imagen poética, lo heredé de ellos de alguna manera. No sé si fue vía adn o por ser arrastrada a lecturas de poesía desde muy chica, yo las odiaba, recién ahora las disfruto, pero algo debe haber quedado. A pesar de que yo creía que la literatura no era mi mundo cuando empecé a escribir me sentí en casa y eso, creo, se los debo a ellos.