Es cierto que el festival suspendió -como se anuncia en la página 22- las fiestas y recitales por la situación del ARA San Juan (esperemos que, cuando este texto llegue a sus manos, sea noticia vieja). Es cierto que han fallado varios invitados por razones justificadísimas. Pero el festival, cualquier festival de cine, es sus películas y las películas están. La afluencia de público en el fin de semana lo prueba, aunque también es cierto que ayudaron un clima desapacible y la enorme cantidad de turistas que llegó por el fin de semana largo. Ahora sale el sol, pero las salas siguen a pleno. Hay varios temas, varias narrativas que recorren la muestra. Dos son particularmente interesantes: la desaparición del cine tal cual lo conocemos, la aparición de algo reprimido en forma totalmente fantástica, incluso peligrosa. En el primer caso, dos películas que parecen opuestas pero que se intersecan en más de un punto. Una es de Jean-Luc Godard, un encargo realizado para la televisión que hasta no hacía mucho no había tenido su espacio en la pantalla grande, Grandeur et décadence d’un petit commerce du cinéma (Grandeza y decadencia de un pequeño negocio de cine, en castellano más o menos correcto). Es una película divertida, con Jean-Pierre Léaud y Jean-Pierre Mocky, en el filme un director y un productor que intentan, a veces con medios non sanctos, hallar el modo de enfrentar a la televisión con el cine, batalla que Godard dio por perdida demasiadas veces. La ligereza y la comicidad cálida que desprende el filme se parece mucho a las despedidas llenas de anécdotas para un amigo que se va, una forma menos virulenta de enfrentarse con un hecho que debería de volver a plantearse. La otra pelí- cula al respecto, al menos hasta ahora, es Réquiem para un filme olvidado, del cineasta experimental argentino Ernesto Baca, que habla, de modo al mismo tiempo documental y ficcional, de la pérdida del fílmico y el vano intento por recuperarlo. En ambas se trata de mirar qué había en el pasado cinematográfico que las nuevas tecnologías dejan de lado. Por cierto, el tema es más que pertinente, aunque también polémico y ambos filmes plantean contradicciones. Madame Hyde, el filme de apertura de Serge Bozon, y la película en competencia Thelma, del sueco Joachim Trier, muestran algo interesante: cómo después de ciertas liberalizaciones en los ‘60, ‘70 y ‘80 hemos vuelto a un mundo donde decir lo que se piensa o dejar fluir el instinto puede llevar a la censura. En ambos casos, la protagonista es una mujer. En Madame Hyde Isabelle Huppert es una profesora de física totalmente maltratada por sus alumnos que, por un rayo eléctrico, se convierte también en un ser incandescente, una “antorcha humana” que hace todo lo que el personaje “de civil” reprime. En Thelma, una joven post adolescente reprime sus deseos sexuales porque teme desencadenar fuerzas fantásticas incapaces de controlar. Es sintomático que sean las mujeres las que sufren estas represiones y también es interesante que sea en este contexto donde se busca activamente que tengan participación igualitaria en la vida civil aparezcan estas ficciones. Hay algo subterráneo que, de no tener cauce, estalla. O, como el cine tradicional, se disuelve en otras cosas.