¿Cómo surgió la historia? ¿La escribiste en Praga o en Buenos Aires?
—La idea surgió en Buenos Aires, pero la escribí en Praga. Antes de venirme a vivir a República Checa estuve recorriendo varios lugares emblemáticos de la ciudad en la que nací y pasé casi toda mi vida con la intensidad de un último encuentro amoroso. Subí a varios miradores, conocí el faro del Palacio Barolo, el museo de inodoros del Palacio de Aguas Corrientes, las ruinas del Pabellón del Centenario y el taller de refacción de estatuas en Plaza Sicilia… pero el momento cúlmine fue cuando subí a la terraza del mítico chalecito Díaz frente al Obelisco. Creo que ese lugar extraño, mágico y, a la vez, bastante absurdo condensa buena parte de lo que es mi idea sobre Buenos Aires: una casita con techo a dos aguas que está colgando en lo alto de un edificio y aparece, por ejemplo, en los primeros minutos de Venga a bailar el rock (1957), una película también bastante rara y poco conocida, cuya banda sonora compuso Lalo Schifrin. La única explicación de su existencia es que el empresario Rafael Díaz mandó a construir ese chalet para dormir la siesta en medio de sus agotadoras jornadas de trabajo, pero necesitaba averiguar algo más… gracias a su familia accedí a un diario que escribió él mismo poco antes de morir y me pareció fascinante no solo porque habla de sus primeros trabajos en negocios y calles de Buenos Aires que ya no existen sino porque no menciona ni una palabra sobre el chalet. Ahí me di cuenta de que necesitaba leer una novela sobre eso y, como no existía, tuve que escribirla.

—¿De alguna manera uniste tus dos lugares en el mundo?
—La novela tiende un puente entre la ciudad de la que vengo y la ciudad que elegí. Pero lo que me parece interesante es que, además de esas cuestiones personales, existen muchos más vínculos de los que uno pensaría entre Praga y Buenos Aires, una ciudad a la que solemos relacionar mucho más, por ejemplo, con París. Para empezar, es bastante sorprendente la cantidad de obras de literatura argentina que están localizadas en Praga o mencionan algunos de sus lugares, desde ese cuento extraordinario de (Jorge Luis) Borges que es El milagro secreto hasta El checoslovaco de Alberto Laiseca cuyo protagonista viene de Praga y tiene un apodo interesante: "el ingeniero del tornillo filoso".

—¿Es todo ficción?
—No, incluso me da la sensación de que las situaciones más absurdas que aparecen en la novela son justamente las que sí sucedieron en la realidad, en especial todo lo que pasa en ese bar de San Telmo al que le cambio un poco el nombre, pero está totalmente basado en Las del Barco, que cerró hace un tiempo, pero fue, durante muchos años, verdadero epicentro de la noche porteña, sobre todo para los extranjeros. Lo mismo con esa parrilla secreta que tiene siempre las puertas cerradas, cada tanto cambia de nombre y aún sigue en pie, me pareció interesante incluirla en la historia porque, tal como cuento en la novela, ofrece en su menú una salsa checa. Incluso, lo del episodio de la frase en la pared que Katka intenta ver cada vez que pasa por Puente Pacífico me pasó de manera casi idéntica, aunque en Praga y con una frase en checo. Por otro lado, creo que Alto en el cielo tiene cierto pulso periodístico: varias historias y personajes reales como el astrólogo Jan Kefer y el subalcalde de Praga durante el Protectorado nazi Josef Pfitzner los conocí gracias a mi trabajo como periodista. No solo no todo es ficción en la novela, sino que me gustó mucho la idea de usar una ficción dentro de la ficción —el cuento que aparece en el periódico Nová Doba que, por supuesto, existió y lo fundó en Argentina un inmigrante checoslovaco—, para revelar parte importante de la trama usando nombres y elementos reales que, en el resto del libro, aparecen cambiados.

—¿Va a ser publicada en Praga?
Síndrome Praga se tradujo al checo así que espero que Alto en el cielo también.

—¿Cómo hace Katka para adaptarse a la vida porteña?
—No estoy seguro si, a lo largo de esta novela, Katka logra adaptarse del todo a los extraños códigos porteños, pero sí sé que lo que vivió en Buenos Aires marcó profundamente su forma de ser en Síndrome Praga. Y, de hecho, eso es algo que noté en varios conocidos checos: pasar una temporada en Argentina fue una experiencia quizás con altibajos, pero increíblemente intensa que los cambió, en algún sentido, como personas. Casi que puedo reconocer de manera inmediata a los checos que vivieron un tiempo en Argentina y no precisamente por escucharlos hablar en español.

—¿Cuánto te costó a vos adaptarte a vivir allá?
—La verdad que no me costó nada porque ya había estado dos meses en Praga gracias a una beca que gané para escribir mi anterior novela y me bastó ese tiempo para darme cuenta de que era una ciudad increíblemente bella y extremadamente interesante en la que quería vivir. Y ahora que estoy acá hace ya dos años sigo pensando lo mismo.

—¿Cuánto hay de "lo porteño" en los personajes?
—Sinceramente, no sabría definir cómo es un porteño, pero sé que muchos personajes de Alto en el cielo lo son: Octavio, un licenciado en filosofía que se gana la vida haciendo tours dentro del Palacio de Aguas Corrientes, un tipo muy pacífico que está interesado en el budismo y todo lo oriental, pero, al mismo tiempo, le gusta mucho el asado. Y ni hablar de Delfina, una fotógrafa con cierto talento y ansiosa por encontrar algunos pasajes secretos entre Praga y Buenos Aires, que ve señales en todas partes y cree que Kafka escribía en checo.

—¿Cómo fue pasar la pandemia lejos de Argentina?
—Muy estresante porque, en los peores momentos, me preocupaba mucho la posibilidad del contagio de mis seres queridos, de hecho, dos personas muy cercanas fallecieron sin que pudiera despedirme y eso realmente es muy duro. Pero, por otro lado, tampoco hubiera cambiado tanto la situación si estaba en Argentina.

—¿Por qué el título de la novela?
—Además de la alusión obvia a la trama central del libro que no me gustaría spoilear, es un título que remite, por supuesto, a la canción "Aurora", que también tiene lugar en la novela a partir de un episodio real que se puede ver en Youtube: el tenor José Cura la cantó por primera vez en Praga en 2003, luego de una introducción tan graciosa como emotiva en la que habla de la importancia de esa canción para los argentinos y explica, intentado aclarar precisamente el título de la canción, que refiere al momento del día en que sale el sol, 'aunque sé que, ustedes, en este país, no lo ven mucho'.

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