*Especial desde Cannes

La sección Un Certain Regard (una cierta mirada) es parte de la selección oficial del Festival Internacional de Cine de Cannes, una competencia distinta que corre en paralelo a la principal. Los criterios que llevan a que una película se elija para una u otra sección no son del todo claros: en principio, a la primera van las películas más arriesgadas o rupturistas, o aquellas dirigidas por realizadores todavía no tan consagrados. Mas esto no siempre es así. Hace bien poco pasaron por acá, entre otros, Apichatpong Weerasethakul (tras haber ganado la Palma de Oro en 2010) o el gran Kiyoshi Kurosawa. En fin, que -más allá de las etiquetas- lo que importan son las películas. Y, en el caso de El Ángel, de Luis Ortega, era (y moderna, original y disruptiva) una obra mayor; además, popular.

Estamos ante una de esas películas que llaman la atención, de las que difícilmente pasen desapercibidas. La recepción en la enorme sala Debussy hace pensar en algún reconocimiento para fines de esta semana: los aplausos duraron lo suficiente para incomodar un poco al equipo de la película, que ya no sabía más qué hacer ante la prolongada e incesante prueba de aprobación y cariño.

Luis Ortega, en el cine, siempre ha sabido acercarse a seres que se mueven en los márgenes, desclasados, cuando no freaks. Es por ello que no extra- ña la fascinación que le genera el personaje de nuestro serial killer más famoso, Carlos Robledo Puch. Este es, sin dudas, su filme más mainstream, pero no por ello el director abandona su mirada, sus intereses, sus temas y formas. Uno de esos raros casos en los que una película que puede conectar perfectamente con el gran público sabe hacerlo sin renunciar a las ideas que acompañaron al realizador hasta el presente. Lejos de la biopic tradicional, hay una estilización y extrañamiento que tienen que ver con el morbo que despierta un ser inquietantemente libre, cargado de un erotismo y una animalidad que desconciertan tanto como atraen. Nada hay aquí de moralina o juzgamiento, la mirada (sin ser estrictamente subjetiva) es la del personaje que interpreta a la perfección Lorenzo Ferro (que no se queda en la intención estúpida de la mera mímesis) y eso explica la naturalidad con la que se suceden eventos aberrantes. Cada uno de los intérpretes sabe asumir con gracia y compromiso un guión inteligente, que no sólo cuenta la historia sino que puntúa modos y cadencias, tiempos y modas, complejos atávicos y relaciones familiares y políticas. El Ángel dialoga con El Clan, pero también se encuentra atravesada por la experiencia vital de Luis Ortega. La música es protagonista y, contra lo que sucede habitualmente, su omnipresencia no molesta sino que añade capas de interpretación y dispara distintas oportunidades de placer. Una filme que nos llevan a desconfiar de los mojigatos que dicen que es sólo buena. Estamos ante una verdad.

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