Albertina Carri es una de las más interesantes -y mejores- cineastas argentinas. Sus películas tienen una rara característica: incluso cuando abordan temas duros o incluyen lo trágico, siempre son formalmente gozosas. Hay goce en hacer cine, hay goce en proponer ideas al espectador. En sus mejores obras hay una ruptura de la frontera que separa lo documental de la ficción (o la ficción entendida como "cuento", dado que se anima al artificio, como las animaciones con Playmobil de Los Rubios o el uso de material de archivo en Cuatreros). Uno no siempre coincide con sus ideas; muchas veces, incluso, quiere discutir con la pantalla. Pero eso es producto de la capacidad de Carri de manejar el cine como quiere y de ser absolutamente libre. Si queremos discutir con sus películas es, pues, porque se comunican con nosotros. No es frecuente. Su cine es, siempre, un desafío al espectador, un guante que se recoge con gusto.

El sexo está presente en varios de sus filmes, y a veces a modo de ruptura, como sucede en su segundo largo de ficción, Géminis, donde se trata del incesto entre dos hermanos, o en La rabia. Pero no se trata de películas pornográficas. En el último Bafici, Carri presentó Las hijas del fuego y ganó la Competencia argentina. Hoy pueden verla -vayan- en el Malba. Es un filme que el circuito comercial no podría o no sabría cómo tratar porque, en cierto sentido, es pornográfico. Se trata de una road movie: una pareja de chicas -una de ellas se dedica al cine- recorre por ciertos motivos la Patagonia y se van acoplando a ellas otras chicas. En cada estación del viaje, hay sexo entre ellas y también alguna situación que refiere a la condición de la mujer en la sociedad actual, con una crítica feroz -y en gran medida, justa- al orden patriarcal. Hay también cierto juego con el cine argentino (el episodio de Rey Muerto, que parece referir al primer y brillante corto de Lucrecia Martel) y con el cine en sí mismo. Los textos en off se preguntan constantemente por todo esto, e incluso por lo que significa la pornografía, qué es lo pornográfico. Y de paso, desafían el dominio masculino en la creación de tales imágenes, reivindicando la imaginación femenina.

Todo el sexo es lésbico y es explícito. En este sentido, puede decirse que se trata de una película pornográfica o, como debería ser el cine "porno", una película narrativa donde el sexo forma parte integral de aquello que se narra o muestra. También es siempre una pregunta, y sus variaciones eróticas (desde la masturbación solitaria en plena naturaleza hasta una orgía con elementos BDSM) tienen que ver no solo con la combinatoria del goce, sino también con saber qué es lo que nos excita, qué nos saca de la conciencia y nos devuelve al puro placer del cuerpo.

Puede ser tanto un filme pornográfico como un documental sobre el placer y sus variaciones

Ahora bien, si toda película pornográfica tiene, como uno de sus principales objetivos, la excitación sexual del espectador (como la comedia tiene la risa o el terror, el miedo) aquí sucede algo curioso. En primer lugar, las actrices distan del cuerpo artificialmente canónico y trucado del porno mainstream. Tienen cuerpos normales, variados en formas y talles. Las secuencias sexuales están filmadas con una distancia que no es la del subrayado genital típico del género sino con otras aproximaciones, desde el plano general hasta el detalle de rostros en estado de placer. No significa que no puedan excitar (eso depende de cada uno, por cierto, lo mismo que la risa o el susto) sino que es el norte está más en mostrar y comunicar el placer de las criaturas en la pantalla que en excitar al espectador. No tiene que ver esto con que se trate de sexo lésbico realista, alejado de las representaciones -en ese sentido sí, fruto absoluto de las fantasías masculinas y no de la mirada femenina- propias de la pornografía industrial, sino de algo mucho más cercano a la realidad. Tampoco se trata de que los cuerpos sean poco canónicos para el género. Lo que sucede con Las hijas del fuego es que toda escena es, se dijo, al mismo tiempo una declaración y una pregunta sobre la naturaleza de esa declaración. Lo más interesante de esta película es que estamos todo el tiempo en territorio inestable, y lo curioso es que esa misma inestabilidad, ese cuestionamiento sobre si estamos ante verdadera pornografía o ante una especie de documental sobre las variedades del placer y sus posibilidades en la pantalla, más allá del efecto que tanto sexo visceral y directo puedan tener en el espectador. Sin contar con que la película narra esa road movie como una auténtica aventura donde la reivindicación de ideas se hace desde la alegría, la rabia y la felicidad de no carecer de razón El sexo, en ese sentido, celebra la aventura, y viceversa.

Lo que nos lleva a aclarar lo que decimos en el primer párrafo. Por lo general, los críticos de cine solemos usar el término "interesante" cuando no podemos definir fácilmente si una película nos gustó o no -algo que en realidad poco importa-, cuando no sabemos qué decir o cuando algo no nos gustó pero entendemos que "hay algo" que justifica recomendar la visión. Pues bien, las películas -todas y cada una- de las películas de Albertina Carri son interesantes en todos los sentidos, sobre todo en el literal: nos interesa verlas y tratar de entenderlas incluso si no nos terminan de gustar, incluso si sentimos que ciertas imágenes no son para nosotros. Y eso es comunicarse con el espectador: las películas como conversación. En un diálogo, muchas veces escuchamos y luego discutimos lo que escuchamos, muchas veces no estamos de acuerdo, muchas veces estamos a un tris del enojo o a un tris del abrazo apasionado. Esas cosas pasan con toda la obra de Albertina Carri y son pocos, muy pocos, los cineastas que logran tal efecto. Nótese que no decimos "cineastas argentinos", sino en general: la mayoría de los directores de cine parecen demasiado seguros no de las imágenes que proponen sino del efecto que han de causar, no es el caso de Carri. Las hijas del fuego, esa visceral aventura donde el desierto patagónico se cubre y llena, se preña gracias al sexo y el placer desatados, es del cine que interesa: el que cuestiona y comparte no solo el placer de mirar sino también el de mostrar.