Lady Bird es algo que escasea: una película amable. Sin la prepotencia que asuela hoy al gran espectáculo -es claro que hay excepciones-, y sin la necesidad de que cada escena sea una alegoría o una referencia a los tiempos políticos que corren, lo primero que hace este filme es narrar una historia, la de la relación entre una adolescente y su madre. Esa relación, difícil y plagada de coincidencias que se disfrazan de diferencias irreconciliables, está mostrada -esto es cine- con mucho pudor, con mucha sensibilidad y con mucho humor. Lo último es clave: el hecho de no subrayar con la imagen ni con el guión los puntos más dramáticos de la trama permite que varios momentos inspirados, escritos con gracia, nos lleven a la sonrisa. Hay algo más: el gusto por sentarse a dirigir o actuar una película. No es tan frecuente, tampoco, ese placer que transmite, de modo plácido, Greta Gerwig.

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