Alguna vez escribimos en esta columna que una de las grandes revoluciones montadas sobre la era digital era la de las MILF, las mujeres maduras que se convertían en objetos de deseo erótico gracias a su entrada en la pornografía. Es cierto que hay mucho truco y que chicas de unos treinta años suelen ser maquilladas o "tuneadas" para parecer de más de cuarenta, y que después de todo "más de cuarenta" no implica que un cuerpo no pueda representar menos edad. Es tema discutible pero, al menos, si tenemos en cuenta que la pornografía mainstream está modelada alrededor de las aspiraciones fantásticas que ha creado el cine para nosotros, está dentro de las convenciones de toda fantasía.

Encuentro una nota muy interesante en el sitio XBiz, que salvo por el hecho de que está en inglés es un gran termómetro para entender muchas más cosas que el negocio del sexo, dado que en ese campo se reflejan muchas tendencias sociales de carácter global. El sexo atraviesa todo, el negocio sexual está instalado en todas las culturas, censura aparte. Esa nota habla de que uno de los grandes desafíos con los que se encuentra el audiovisual sexual -el porno, claro, pero más allá de él- es quebrar el tabú de que un cuerpo adulto o de la tercera edad no es deseable. Es cierto que la mayor parte del sexo filmado está realizado con personas jóvenes, es cierto, también, que la representación de lo deseable y lo bello ha estado históricamente ligado a la juventud. Pero hay mucho más que eso y el nicho del sexo "en tercera edad" crece. Las razones son muchas. La primera, natural, que todos llegaremos a viejos. Pero hay otra mucho más interesante y ligada de modo férreo al motivo por el cual el cine ha conquistado la imaginería y la imaginación contemporáneas: queremos ver aquello que no se ve, queremos ver la otra realidad que no forma parte de nuestra vida cotidiana, lo que incluye, naturalmente, la vida de los otros. Gran parte de la excitación -utilizando la palabra en sentido amplio- que nos provee el cine sea del género que fuere proviene de esa posibilidad de espiar lo desconocido y sentir que es real ante nuestros ojos.

Los avances científicos en medicina, la indumentaria y la cosmética hacen que la apariencia "vieja" deje de ser indeseable. Es algo que podemos comprobar caminando por la calle. Pero eso tiene que ver, en primer lugar, con que las personas hoy pueden sentirse deseables sin tener en cuenta la edad. Esto es claro, pero en general el porno mainstream deja de lado tal avance social, aunque cuando lo pone en escena gana usuarios. Como siempre, vivimos en un tiempo donde ya no puede decirse alegremente que los medios o los modelos de la publicidad modifiquen nuestros comportamientos sino todo lo contrario: los medios y la publicidad reflejan los deseos de los consumidores, ya no sujetos pasivos del mensaje sino usuarios activos. No es el objeto de esta página analizar en profundidad este asunto, así que le pedimos al lector por un rato que lo considere como un postulado: los usuarios modifican la creación de contenidos.

En la vida cotidiana ya es cada vez menos frecuente que se asocie la belleza y el atractivo exclusivamente con lo “joven”

La nota de Xbiz arranca con un hecho interesante. Erika Lust, la premiada realizadora de porno feminista y "real" con sede en España, está realizando una película llamada Soulsex. En ella, dos educadores sexuales, John y Annie, que enseñan el arte del sexo en cursos y seminarios desde los años setenta, tienen una larga conversación respecto del placer, del erotismo y de las maneras del goce, antes de tener efectivamente relaciones sexuales explícitas frente a las cámaras, en una especie de "demostración" de lo que narran primero. Lo de Lust es también digno de análisis, dado que ha logrado crear pornografía sobre cuerpos reales que funciona en general mejor -si nos atenemos solo a su capacidad de excitar los sentidos- que la mayoría del mainstream. Pero también, dejemos por ahora eso de lado. Lo interesante es que los protagonistas de la película tienen más de setenta años.

Hay varios elementos aquí. El primero, que esto desarma la idea del cuerpo-objeto. ¿Qué implicaría? Pues bien, una pornostar no es atractiva por la forma de su cuerpo: eso solo funciona al principio. Lo que hace que algo nos excite y nos permita seguir mirando es lo que se hace con ese cuerpo y cómo se interpreta y actúa el placer. Lo sabe cualquier persona con un mínimo de vida sexual en su haber: no siempre la belleza canónica del o la partenaire genera un buen momento. No alcanza. Aún cuando la película de Lust además filma esos cuerpos de tal modo que parecen siempre atractivos per se, también importa qué hacen esos cuerpos y, mucho más importante, cómo reaccionan al placer las personas que viven en ellos.

Es eso, ni más ni menos, lo que vuelve al porno atractivo. No el solo hecho de ver una penetración: todos sabemos que más de tres segundos de una imagen que se repite sin variaciones a sí misma en la pantalla, salvo que haya una idea de ver lo pequeño de cada cambio en el paso del tiempo (detalle que suele ser utilizado muchas veces por el cine experimental o no mainstream, no necesariamente en secuencias de sexo explícito -más bien lo contrario) aburre. No: se trata de entender todo lo que le pasa a la persona en la pantalla e identificarnos con ella, desear lo que ella goza o abominar de lo que sufre. Ese es el juego del cine y se vuelve muchísimo más claro en el porno.

Al respecto, se sabe que nuestros cuerpos reaccionan diferente a diferentes estímulos a medida que crecemos. Pasa con el paladar (¿a quién le gustaron los mejillones a los cinco años, eh?), pasa con el oído, pasa con todo. También pasa con el sexo y una representación erótica y excitante del deseo después de la mitad de la vida es algo que debería ser deseable para cualquiera. Implica, también, una especie de democratización de las maneras de representar el placer y una ruptura de barreras: una persona en sus veinte puede excitarse y disfrutar de ver sexo entre personas de sesenta, y eso es algo que sí hay que agradecer a los sitios "agregadores" de porno que contienen la posibilidad de acceder a muchas y diferentes formas del erotismo. El desafío es también económico: traer al negocio del sexo a quienes la cultura les dijo que, después de cierta edad, no pueden ser parte. Esto también es una revolución, aún silenciosa.

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