Salud a Spielberg. Nadie filma como él. No porque haga planos “lindos” o muestre lo bien que mueve la cámara (no es Iñárritu, por suerte), sino porque incluso superpoblando la escena de cosas hermosas o queridas -algo que sucede todo el tiempo en Ready Player One, cuya acción se desarrolla en gran medida en un mundo virtual inspirado en la cultura popular de los años ochenta-, las escenas narran lo justo. La novela de Ernest Cline y la película narran cómo, en un futuro superpoblado donde la mayor fuente de ingresos es el universo global-videojuego de inmersión total Oasis, un chico pobre descubre las claves para ganar un fabuloso premio: el control mismo de Oasis y quinientos millones de dólares. Pero si ese es el motor de este cuento de hadas tecnológico, Spielberg destila otros temas: cómo en nuestro mundo la realidad virtual desplaza a la real, cómo las empresas de entretenimiento se convierten en un poder omnímodo y despiadado, cómo se reconstruye una comunidad familiar cuando todo está perdido. Es decir, los temas de Spielberg de siempre traducidos a un universo que es, hoy, más pertinente que nunca. Si The Post hablaba de sostener una ficción -la mentira de Vietnam- o contar la verdad, aquí volvemos a ese tema: ¿vivir en un mundo donde todos los sueños son posibles pero no reales o, sin dejar de lado la perspectiva del juego -homo ludens somos, diría Huizinga-, tratar de reconstruir nuestra propia naturaleza? La verdad, parece decir Spielberg en esta diversión abrumadora y feliz, nos hará libres. Incluso para seguir jugando.

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