Le roba a los ricos y les da a los pobres. Ese es el resumen -erróneo- del mito de Robin Hood, llevado millones de veces a la pantalla. En realidad es distinto: nunca le quitó un centavo a un rico, sino al Estado cuando los impuestos se volvieron abusivos. Y su verdadero fin era restaurar a un monarca justo y recuperar sus dominios, porque el hombre era un aristócrata. En todo caso, Robin Hood es el modelo del justiciero (diríamos “social” si nos animáramos al anacronismo) y es interesante ver sus revisiones en el cine.

El cuento es el de un noble fiel a Ricardo Corazón de León (entonces en una Cruzada) a quien el rey Juan -hermano de Ricardo, en la historia real no necesariamente un mal tipo- le confisca abusivamente sus dominios. Organiza entonces una banda que acecha a los recaudadores de impuestos, estos también abusivos y que, con la excusa de dedicarse a los gastos bélicos, según el mito engrosan las arcas del usurpador, apoyado por su jefe de policía/recaudación, el Sheriff de Nottingham. Los “hombres alegres” de Locksley lo desafían, le ganan y, finalmente, restauran a Ricardo. Algo de eso debió haber pasado, vaya uno a saber qué.

El nombre “Hood” es porque el tipo andaba encapuchado (“hood” es “capucha”, justamente) para ocultar su identidad: gran parte del mito del justiciero misterioso proviene de ahí. De hecho, en noviembre se estrena una enésima versión del asunto con Taron Egerton, producida por Leonardo Di Caprio, que básicamente es un filme de superhéroes.

Robin Hood es el molde del superhéroe

¿Qué le dio Robin Hood al cine? En principio, la posibilidad de la aventura vertiginosa. Lo que nos lleva a pensar en otra: la posibilidad de desplegar tanto aventuras en campo abierto como las habilidades físicas de los intérpretes. Eso es capital, porque Robin es, de algún modo, sobrehumano: es el mejor arquero y el mejor espadachín del universo, tiene un corazón de oro, está enamorado de una y solo una chica (Lady Marian), tiene una banda de amigos entre los que destacan un gigante (Little John) y un cura (Friar Tuk) y es capaz de toda clase de hazañas físicas. Todos esos elementos forman parte de la tradición de Hollywood (el interés romántico, el alivio cómico, los aliados valientes y, sobre todo, que el carácter del personaje surja de sus acciones físicas). De allí a que muchos de los actores que lo personificaron sean atletas.

Los dos Robin Hood más famosos del cine clásico son Douglas Faribanks y Erroll Flynn. El primero realizó la versión más famosa en el cine mudo, dirigido por el especialista en cine físico Allan Dwan en 1922. Faribanks inventa al personaje: es humorístico, hace toda clase de acrobacias y siempre cae bien parado. Básicamente no deja de reírse nunca, sobre todo ante una muerte segura que logra esquivar. Hoy uno ve eso que hacía sin dobles y se queda sin palabras. Flynn fue dirigido en 1937 por Michael Curtiz en una película que fue modelo para el uso dramático y divertido del color. También es risueño, pero la película le da peso a villanos y secundarios. Así, el duelo final de espadas con el gran Basil Rathbone (que sabía esgrima, igual que Flynn, que fue deportista olímpico) tiene el doble de emoción.

En los años cincuenta aparece una parodia, El bufón del rey, con Danny Kaye en el rol de un payaso al que confunden con un justiciero que no es Robin pero lo copia en todo. Quizás es la mejor comedia del actor y también es puro deleite físico y de color. En los setenta, Richard Lester creó Robin y Marian, con Sean Connery y Audrey Hepburn en esos papeles, jugando el mito en edad otoñal. Y la mejor de las versiones más modernas es, sin dudas, la de Kevin Reynolds con Kevin Costner de 1991, que además tiene al mejor villano, el gigantesco Alan Rickman. Ya es un Robin “inclusivo”, con mentor negro (Morgan Freeman) y explosiones, pero rescata el espíritu clásico y hace al personaje menos irónico y más romántico, más -como corresponde a Costner- un auténtico cowboy que un superhéroe.

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