Gente que lee esta columna me hizo llegar una gacetilla del sitio Erotique Pink, argentino y dedicado básicamente al erotismo, el porno y los juguetes sexuales para mujeres. La iniciativa es buenísima y, de paso, habla de cómo estas cosas van perdiendo la sordidez en las que las han sumido años de represión. Constatemos algo -esta columna es una prueba, de paso-: el sexo y el entretenimiento ligado a él han dejado de ser tabú para por lo menos dos generaciones, que hablan bastante libremente del asunto y, de paso, es algo más en sus vidas, sin un peso especial. Un avance para la libertad individual y para la humanidad. Freud estaría contento, aunque las represiones hoy se manifiestan en otros campos quizás más peligrosos.

Volviendo a lo nuestro, entré en el sitio y revisé los contenidos audiovisuales que propone. Son en general las películas de Erika Lust, de quien hemos hablado varias veces en esta columna. Lust es una realizadora cinematográfica sueca que suele filmar en España y varias veces ha visitado nuestro país. Está dedicada a la pornografía feminista; es decir, a crear películas efectivamente porno (no hay sexo simulado sino explícito) desde la perspectiva de las mujeres. Una de las quejas -bastante justificada- es que el porno mainstream está hecho siguiendo ciertas pautas masculinas. No sólo en cuanto a los cuerpos femeninos, que siguen un canon específico (las chicas jovencitas parecen niñas, las maduras parecen gigantes, suelen combinar cuerpos menudísimos con colas y senos gigantes) sino respecto de las acciones (es casi obligatoria la eyaculación en el rostro, por ejemplo, la cara del hombre casi nunca se muestra, las mujeres gritan por encima de la norma, etcétera) o de los guiones (siempre hay lesbianismo, jamás sexo entre dos hombres o un trío con una mujer donde los hombres también interactúen entre sí). El porno por lo general está pensado para un hombre heterosexual de entre 15 y 25 años. De paso: el cine mainstream no animado sigue la misma norma, aunque carezca de sexo.

Pero así como en el mainstream aparece Mujer Maravilla para romper los lugares comunes mentales de quienes manejan el negocio, también sucede en el porno. La obra de Lust es interesante porque va contra casi todos esos lugares comunes gráficos del XXX "normal". En primer lugar, los castings son muy cuidados. No porque se busque gente "bonita" (en ese sentido, todo el porno es "cuidado", y si no lo es, se apela al maquillaje) sino porque las mujeres de sus películas tienen que cumplir un estándar complejo: ser bellas y atractivas sin ser artificiales y al mismo tiempo parecerse a cualquier otra mujer y no a un póster artificial. Aunque no parezca, en este trabajo se concentra gran parte del efecto de las películas y el puente que permite la identificación de las mujeres con lo que sucede en la pantalla. Sí hay un desplazamiento de la "objetivización" de la persona hacia los hombres en ciertas secuencias, que tienen cuerpos que la mayoría de nosotros no tendríamos sin trajines complejos en gimnasios.

Esto se compensa con otros detalles. Uno importantísimo es el uso de la luz. En el porno común, la luz suele ser una preocupación nula o tienden a la sordidez y la oscuridad, a que los cuerpos se destaquen sobre cierto fondo nocturno que incrementa la idea de "prohibido" o "sórdido" y la excitación que tal idea provee por sí misma. En películas como Cabaret Desire (la más conocida y lograda de Lust), la luz suele ser solar, natural, plena o, en caso de interiores nocturnos, cálida. El efecto empático es mucho más próximo al espectador.

En el montaje pasan otras cosas: se vuelve a un modo más tradicional y cinematográfico. Siempre nos quejamos aquí de que en el porno se suele dejar una cámara constantemente mostrando una penetración hasta que la duración de la escena hace que el efecto desaparezca y la propia imagen pierda sentido. En la brevedad, o en la duración justa para captar lo esencial de cada momento, está el secreto. Hay que dejar que el espectador quiera ver la imagen siguiente en lugar de aburrirse con lo que ve (vale para todo el cine, de paso, aunque la duración de la imagen en pantalla depende justamente de la imagen y de su relación con el resto de la película). Lust puede cortar una secuencia sexual para pasar a un exterior y luego volver a ella para narrarla y narrar otra cosa no sexual a la vez, lo que genera un suspenso cruzado, y eso multiplica el efecto erótico.

Y por último, lo que se ve. Hay sexo explícito; es decir, se ven genitales en acción. Hay mucho sexo oral de ambas partes, aunque un poco más de hombres hacia mujeres. Es un lugar común decir que en el porno femenino hay más caricias y más besos, pero es cierto también. Lo más interesante es que la cámara trata de registrar no la reacción exagerada de un orgasmo o los gritos o gestos que parecen provenir de una caricatura de bocas abiertas y dedos en la lengua sino las expresiones de placer reales, los sonidos reales. Incluso en las penetraciones se ve una realidad mayor, con los movimientos como son (a veces incluso grotescos) sin maquillar pero trabajados mediante el montaje, como dijimos, para que no pierdan efecto. El norte en estas películas consiste en que el sexo sea placer para todos los que participan, lo que incluye al espectador sí y sólo sí incluye también a los personajes, que en esos momentos son indiscernibles de los actores. Decir que este porno es "feminista", aunque es cierto por el estado del cine sexual hoy por hoy, también es un poco reductivo. Se trata de un porno más igualitario, no en el sentido de dar derechos a quien no los tiene sino en cuanto a la distribución del placer más allá de géneros o genitales. Y está además muy bien filmado, cine antes que videoclip o registro mecánico.