“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito”, había escrito William Blake, poeta maldito, numen inspirador de Jim Morrison, que bajo ese infl ujo bautizó al grupo que lideraba como The Doors, a priori tan poco sofisticado. Pero desde un comienzo, Morrison y cia. (Ray Manzarek, teclados; Robby Krieger, guitarra y John Densmore, batería) se esmeraron por marcar diferencias con la escena californiana de la que provenían, al no incorporar bajo a la formación y poner distancia del fl ower power que fl orecía en la época. De ahí que su legado atemporal haya sido valorado décadas después de su pico de esplendor por varias generaciones de nuevos adeptos.

La edición completa de sus singles, incluyendo lados B, plus rarezas como versiones en mono para la radio, desarrolla una retrospectiva ordenada y consecuente con la trayectoria del grupo y la propia metamórfossis de su icónico cantante.

Desde los días fundacionales en el Whisky A-Go-Go, el rock-club angelino de donde los echaron por supuesto atentado a la moral y que hoy sirve de templo de culto, Morrison irrumpió con una fuerte presencia subrayada por su innegable fotogenia de poster. Pero menos de cinco años después, el cóctel de alcohol y drogas operando sobre el cuerpo y una psquis torturada, habían devastado su apolínea figura de los comienzos.

Primer y único rockero en ser arrestado sobre un escenario, para entonces, Morrison podía resultar poco previsible y hasta incontrolable, pero todavía era capaz de producir algunos de los mejores pasajes líricos de la banda a la que le dio todo.

Las irregularidades que rodearon su muerte en París, adonde se había retirado con su novia hastiado del grado de exposición, terminaron por consolidar el mito. Sepultado en Pere Lachaise, último reposo de otras tantas celebridades románticas, todavía irradia suficiente magnetismo para la peregrinación de fans de todos el mundo.

En todo caso, más allá o más acá del mito, queda la música, de la que esta compilación es muestra sobrada, sino definitiva, una puerta de acceso a esa percepción que pregonaba Blake y que a su manera, encarnó Morrison.

Enciende el fuego.