Hoy nos hemos acostumbrado a que cada semana haya un largo de animación en las pantallas globales. A veces, más de uno. Sin embargo, las películas de dibujos animados de largo metraje fueron, antes de la llegada de las computadoras, una excepción a la regla. Eran difíciles de hacer y mucho más caras que una producción normal. Piensen: hay que dibujar todo de cero, no se fotografía algo que ya está allí. Uno de los grandes méritos de Walt Disney fue haber comprendido que la única manera en que la animación podía hacerse -codazo mediante- un lugar en el gran cine era generando largometrajes que no se distinguieran en calidad de imagen y fuerza narrativa de los de acción en vivo, a los que la plasticidad del medio le permitía agregar la fantasía desatada. Hoy esos primeros cinco largos de Disney son difíciles de ver por niños: el ritmo más pausado, los matices de color en los fondos, el realismo de sus diseños son algo que contrasta con la moderna animación digital. Se requiere un cierto entrenamiento o, directamente, ser adultos para sacarle todo el jugo a esas proezas técnicas.

Esta columna va a hablar de esos cinco filmes: Blancanieves (1937), Pinocho (1940), Fantasía (1941), Dumbo (1941) y Bambi (1942). Esas cinco películas son claves en la manera como el público internacional se reconectó con la fantasía a un nivel que el otro cine no había logrados salvo en el campo del terror. Son películas de una potencia técnica notable pero tienen otra clase de hallazgos, también. Blancanieves presenta, por primera vez, la representación de la mente de una persona en imágenes terribles: es la huida por el bosque de la protagonista, donde cada árbol y cada animal (luego animales tiernos, primero solo pares de ojos) es una amenaza absoluta a la virtud y la vida de la protagonista. Nunca se había hecho algo así, como tampoco la truculencia de las mazmorras de la Reina, sobre todo en la terrible escena de la transformación. Eso estaba lejos de lo infantil.

Pinocho fue hecha pensando en el mercado europeo, pero se terminó tras estallar la Segunda Guerra Mundial y con un embargo en Italia a las producciones americanas. Es más perfecta que Blancanieves: el relato lo hace siempre Pepe Grillo (hay incluso una toma subjetiva donde la cámara “salta” como el personaje) e implica, también, momentos de enorme oscuridad (la transformación del niño en burro, la pelea contra la ballena). Es muy impresionante ver cómo la cámara “se mete” en los dibujos como si tuvieran profundidad. Aún hoy es un filme casi de terror aún con su final feliz.

Fantasía es una de las películas más extrañas de la historia del cine. Mucho más que un montón de cortos animados sobre música clásica, fue la primera película planteada para sonido estéreo aunque este no existía ( Disney desarrolló -y perdió dinero- un sistema llamado Fantasound para que los cines pasaran el filme). Tiene momentos sublimes (el Cascanueces, la Noche en el monte Calvo, los dinosaurios hiperrealistas) y otros raros. Pero el conjunto, lleno de humor y de horror, es desconcertante, casi surrealista.

Como fue un fracaso (o algo parecido), Disney sacó de la galera una película más cercana al cartoon de la Warner y breve (hora y diez minutos), Dumbo. Pero allí, en medio de la historia del elefante que puede volar, hay una secuencia famosa y -no exageramos- lisérgica: la borrachera de Dumbo y los elefantes rosas. Nunca volaron tanto sin freno los dibujantes de Disney.

Y Bambi es una película rarísima: se plantea como una ficción y un documental animado al mismo tiempo. Vean el plano sin cortes con el que abre, cómo la cámara recorre un bosque que, en realidad, no existe, está dibujado. Y vean cómo cada animal parece tener huesos. O cómo el hombre no aparece más que como mal, amenaza o sombra. Y no, nunca vio morir a la mamá de Bambi en esos 40 segundos traumáticos. Es la cima del arte realista y fantástico a la vez de Disney, una película hoy impensable por más de un motivo. Incluso, poco adecuada para niños.

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