Comenzando la temporada de balance en Estados Unidos, una situación que refleja el estado del entretenimiento global, se dieron a conocer las nominaciones a los premios Grammy 2017. Como siempre ocurre con los premios, son discutibles las elecciones. Pero lo más interesante de estas listas consiste en cómo, además, son un espejo de otras tensiones, especialmente políticas y sociales, que son, también, económicas.

Las mujeres dominan las categorías dedicadas a los nuevos talentos aunque no las centrales

Los máximos favoritos son el rapero Jay-Z, con ocho nominaciones por su álbum 4:44; Kendrick Lamarr, con siete, por DAMN; Bruno Mars con seis; Childish Gambino (en realidad el actor Donald Glover), los debutantes SZA y Khalid, y el productor No I.D., cada uno con cinco. Lo interesante es que en las principales categorías casi no hay varones blancos, sí negros y latinos. Es cierto también que no hay demasiadas mujeres, aunque dominan las categorías de revelación. Los especialistas lo definen como "el Grammy con mayor diversidad de la historia" y probablemente tengan razón.

Es raro encontrar hombres blancos entre los nominados en las categorías centrales

Hay sorpresas, como que el ex One Direction Harry Styles, que tuvo éxito y buenas críticas durante el año, no tuviera una sola nominación. O que la alguna vez sensación Lorde, cuyo álbum Melodrama fue uno de los preferidos de la crítica, sólo tuviera una nominación a "álbum del año". O, otra rareza, el exitosísimo Ed Sheeran se quedara sólo con dos nominaciones. Los 22.000 miembros votantes, este año, parecen haber sido sensibles a cierta corrección política. No por nada hay una nominación (a "Mejor álbum hablado") para el líder demócrata Bernie Sanders, con bastantes probabilidades de resultar ganador. Nada raro cuando el contexto político está tan dividido y crispado como hoy en Estados Unidos.

El peso de la corrección política no puede analizarse solamente como un imperativo moral porque, después de todo, negocios son negocios y el Grammy -como el Oscar, como el Emmy- es un premio industrial. Lo que se intenta entonces es enviar un mensaje de sincronía con lo que -se supone- piensa el público en estos momentos. Sin nombrarlo, implica una especie de rechazo tanto a las acciones como -sobre todo- a los discursos de la administración Trump. Después de un año en donde las demostraciones racistas y supremacistas estuvieron en las portadas de todos los medios, resulta casi lógica la lista de futuros premiados.

Pero hay algo más: esto implica necesariamente que ya no son las empresas o los medios los que marcan la agenda sino que son los propios consumidores, usuarios en realidad, los que generan adhesión o rechazo a contenidos más allá de la calidad estética de estos. Las empresas discográficas lo entienden y sus votantes, también: en lugar de convencer al público, hay que seducirlo acordando con él. De eso se tratarán todas las entregas de premios de este año, suba o no a escena Bernie Sanders.