-¿Cómo se te ocurrió escribir este libro?

-La guerra es una obsesión para mí, no hay manera de comprenderlas, no me refiero a los sucesos, las causas y consecuencias, sino al hecho de que alguien haya pensado alguna vez que la solución era declarar muertes y destruir todo. Mandar al matadero a jóvenes de menos de 20 años para incrementar sus riquezas. Actos criminales que son aplaudidos por las sociedades.

-¿Cómo te contactaste con los protagonistas?

-Hace algunos años estaba en Italia y me comentaron el caso de Pietro, él ya había muerto pero había dejado su testimonio grabado. Son videos muy estremecedores, Pietro era un joven campesino del norte de Italia que nunca había salido de su pueblo. Tiene un decir muy eficaz, por momentos me parecía estar escuchando a Chejov, a quien nunca escuché por supuesto, pero leo desde los 18 años. Él se negó a hablar de su experiencia por sesenta años y luego, cuando empezó a contar, su familia le pidió grabarlo. Pietro al principio se negó pero después accedió. Es una grabación casera, no hay diferencia con las que tomo de otros testimoniales para los distintos proyectos. Pietro murió en el año 2004. Aunque no nos conocimos, muchas veces tuve la sensación de que había dejado ese testimonio grabado en VHS para mí, para que yo lo volcara en este libro. Ya sé, es un pensamiento mágico… Con Héctor todo fue azaroso, yo estaba en una clase de yoga y antes de empezar la profesora me preguntó qué estaba escribiendo. Le conté que buscaba un testimonio de un soldado de Malvinas para el libro y la persona que estaba a mi lado me comentó que el auxiliar del CIIE de Adrogué había estado en las islas, esa misma persona tendió un puente generoso y a los pocos días empezamos Héctor y yo nos encontramos y empezamos a conversar. Héctor tuvo una entrega muy grande, contaba todo con mucha claridad.

Crédito de la foto Martina Bertolini

-¿Cómo fueron los encuentros?

-Con Héctor tuvimos muchas reuniones, largas. Nos encontrábamos en la biblioteca del CIIE, que funciona en una casa muy antigua y muy hermosa, de techos altos. Por algún motivo a veces, en ciertas oraciones se formaba un eco suave que terminaba disolviéndose en el silencio. Reconozco que me gustaba oírlo, como si el testimonio de Héctor pudiera tener vida más allá de su propia voluntad de decir.Tanto Pietro como Héctor se emocionaron en varios fragmentos, cuando digo emoción digo llanto.

-¿Cambió tu mirada de la guerra después de conocerlos?

- Como nos pasa a varios descendientes italianos, la guerra suele ser una obsesión, que quizás haya surgido en los relatos de guerra, pero también en los silencios que cubrían esos días crueles de los que habían participado en alguna de guerra. Recuerdo que cuando terminé de escribir El sol detrás del limonero me invitaron a participar del Festival de Poesía de Génova. La traductora fue Chiara Tana, que vive en Roma. La lectura se hizo en los jardines de la Fundación Bogliasco, frente al mar de la Liguria. Para mí era especialmente emotivo, mi abuelo había partido de esa tierra, en el puerto que quedaba a menos de media hora de ese lugar, mi familia italiana estaba entre el público. Un barco pasó y tocó bocina antes de terminar de leer poesías que hablaban de la guerra, como te digo, mucha emoción. Pero cuando terminé me di cuenta de que eran varios los que estaban emocionados, entonces se me acercó Ivana Folle, una de las directoras del lugar y me explicó: "Es que en Italia casi todas las familias tenemos a alguien que partió a la Argentina después de la guerra y ya no volvimos a ver".

-¿Qué era lo querías trasmitir de ellos?

-Alguien que da testimonio tiene algo para transmitir, y te lo entrega, te lo deja en la palma de tu mano. Es su dolor, más allá de los sucesos, de las cronologías, de las descripciones. Creo que el testimoniante te entrega su dolor, este libro pueda transmitírselo a los lectores.

-¿Qué es lo que mas te sorprendió?

-Son dos guerras muy distintas, por países, continentes; tiempos muy distantes; los soldados tienen modos de narrar también distintos, sin embargo, uno y otro están unidos, hay algunos lazos que los unen en esa circunstancia tan crucial y extrema.

-¿Qué te paso mientras lo escribías?

-Por un lado, claro, escribir sobre la guerra puede traerte congoja porque hay escenas de mucho dolor, pérdidas irreparables, sin embargo, es tan rara en ese sentido la experiencia de la escritura porque, al mismo tiempo, yo siento una felicidad enorme, la felicidad de la escritura, aun cuando el contenido sea desolador, escribir siempre es para mí una acto feliz. Nunca he sentido la escritura como un pesar, mucho menos como un acto sufriente, sino todo lo contrario.

.¿Qué te gustaría que el lector encuentre?

-En general somos sujetos muy prejuiciosos, tenemos preconceptos sobre los cuales organizamos nuestras vidas. Armamos nuestros pensamientos sobre las ideas de otros. La lectura siempre ayuda a corrernos de ese lugar, a tener una mirada cada vez más propia, valora nuestra subjetividad, en fin, en fin, a tener más humanidad.

-¿Te imaginabas que una guerra era posible en esta época después de escucharlos?

- Lamentablemente, la guerra es algo que no concluyó, como sabemos, hay otras guerras, es cierto que no circula información sobre ellas, tampoco imágenes.

.¿Pudiste darte cuenta que marcas imborrables deja la guerra?

-Todo trauma es para siempre. A veces parece que se alejara pero sólo basta un gesto, algo mínimo que a veces ni siquiera podemos percibir para que todo vuelva a activarse. El historiador Dominick LaCapra dice que "el trauma es una experiencia que trastorna, desarticula el yo y genera huecos en la existencia; tiene efectos tardíos imposibles de controlar sino con dificultad y, tal vez, imposibles de dominar plenamente". Pietro tardó sesenta años en decir una palabra sobre su experiencia bélica. Héctor quiso hablar pero nadie lo quería escuchar, algo que les pasó a casi todos los soldados que regresaban de Malvinas porque la sociedad tomó una actitud negacionista, que incluía, o mejor dicho, empezaba por no dejar hablar a los soldados, y si hablaban, no escucharlos. El hambre, el frío, el silencio, forman parte de ese trauma que nunca se irá, luego cada uno verá la forma de trabajarlo para convivir con él.

- ¿Qué aprendiste de esos dos hombres?

-La escritura es un aprendizaje de las percepciones, así lo veo. Escuchar mejor, ver más. Y es, fundamentalmente, un trabajo con el lenguaje, en cada renglón tiene algo para enseñarnos en relación a la música, a los silencios del lenguaje, al vacío de las palabras, también al abrigo que una lengua puede darnos cuando estamos a la intemperie más cruel, en la cornisa más riesgosa.

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