La 32ª edición del Festival de Mar del Plata seguramente pasará al recuerdo como “la del submarino”. La palabra “festival” tiene, como se sabe, la misma raíz que “fi esta”, pero esta edición fue todo lo contrario de algo festivo. En principio, por la situación del ARA San Juan, que en Mar del Plata afectó de otro modo. Así, se suspendieron cócteles, fi estas e incluso la gala fi nal de cierre de la muestra. La medida tiene su lógica, en cierto sentido, pero le quitó mucho del costado social al evento (que es, parece raro pero es cierto, central a la hora de establecer lazos). Después hubo decididamente mala suerte: el clima frustró la alfombra roja, y por problemas de salud completamente comprensibles no pudieron venir ni Lucrecia Martel ni el realizador estadounidense Kenneth Lonergan. Aunque no faltaron Claude Lelouch y Vanessa Redgrave, y hubo eventos importantes como el mercado Film.Ar, que debería de ir creciendo cada año.

También hubo, en los primeros días, difi cultades para que la prensa entrase en las salas y desacoples que no deberían ocurrir después de veintiún años tras el regreso de la muestra. Pero hubo películas, buenas películas y excelentes películas. La competencia internacional estuvo muy bien y el Astor de Oro para Wajib, filme palestino de Annemaríe Jacir, incluso si no es la obra más arriesgada de la muestra, no es injusto. Se trata de la relación entre un padre que no ha salido de su tierra y un hijo que vuelve de Europa para el casamiento de su hermana, y el núcleo de la película son las conversaciones entre ambos mientras reparten invitaciones. Hay una gran amabilidad que permite que puedan verse a trasluz diferencias de edad, de experiencia y todo el tejido social sin que nada aparezca subrayado. La película se llevó, además, el premio a la mejor actuación masculina. El premio a la mejor dirección fue para la alemana Valeska Grisebach por la tensa y violenta película social Western, y el de Mejor actriz para Elie Harboe por Thelma, del sueco Joachim Trier, una película que combina el sexo con lo sobrenatural. Es cierto que las portuguesas A fabrica de nada, de Pedro Pinho, y Ramiro, de Manuel Mozo, o la estadounidense (y polémica) Columbus, de Kogonada, tenían más peso, pero estos premios no desmerecen el conjunto.

En la presentación de la muestra en Buenos Aires, el director artístico Peter Scarlett olvidó mencionar que el país invitado era Corea del Sur. Las películas de ese origen, conjunto que incluyó el reciente estreno de La asesina -gran filme de acción- y las dos últimas realizaciones del maestro de la comedia irónica Hong Sangsoo -la decepcionante La cámara de Clara y la genial (y afortunadamente posterior) El día después- muestran que la cinematografía de ese país sigue siendo de altísima calidad tanto técnica como artística, y podría ser un referente -incluso en cuanto a políticas- para la argentina. Sin dudas fue, con la pequeña muestra de Maurice Pialat, uno de los puntos altos.

No se notaron demasiados cambios con la nueva dirección artística

Hubo películas -mencionamos en este espacio Grandeur et décadence d’un petit commerce du cinéma, de Godard, por ejemplo- que justificaron todo. Entre ellas, 9 fingers, del holandés F.J. Ossang, o la hermosa La telenovela errante, del fallecido Raoul Ruiz y Valeria Sarmiento, su mujer, que muestran que la veteranía a veces se tiñe de maestría. Y hubo descubrimientos, como corresponde a lo que significa un festival de esta magnitud, como Did you wonder who fi re the gun?, documental del estadounidense Travis Wilkerson sobre su abuelo, un supremacista blanco, película que genera un miedo real, miedo de la realidad. O la posibilidad de ver las retrospectivas del serbio Zelimir Zilnik, un nombre mayor del cine político y de vanguardia que deberíamos descubrir. O el experimentalista Ado Arrietta, que ha transformado el surrealismo en una perfecta forma de mirar. Acceder a esas obras es algo que justifica que la muestra siga. Hubo mucho cine argentino, claro, y lo que se ve es una búsqueda estética cada vez más abierta, aunque no necesariamente lograda. El mejor síntoma de tal situación es el premio en la Competencia nacional para El azote, de José Campusano, un habitual de Mar del Plata desde Vil romance. Las novedades están, pero no del todo maduras, mientras que Campusano, con mucho rodaje a cuestas, parece haber limado muchas de sus asperezas y controlar su cine. El premio es merecido, aunque su obra ha tenido otros picos más intensos.

Pero esto es apreciación estética. Algo queda claro: por ahora, el cambio de dirección artística no se notó demasiado, lo que no es necesariamente algo malo. Es cierto que ya había mucho concretado cuando Scarlet asumió la dirección, lo que implica que -de confirmarse su continuidad si hay cambios más radicales, se verá el año que viene, cuando el Festival tenga un día más (irá del 8 al 18 de noviembre, según se anunció en la austera conferencia de premiación. Por ahora, la calidad se mantuvo y eso es una buena noticia. Lo demás, incluso lo festivo, permanece en compás de espera.