El título es largo: Star Wars-Episodio VIII: Los últimos Jedi. Es mucho y es mucho, también, lo que pasa en la pantalla. Mucho, pero no necesariamente relevante, aunque tampoco se trata de una película odiable. Se disfruta; algunos momentos mucho y otros, no tanto. La historia es puro meandro: Ray (Daisy Ridley) trata de que Luke la entrene y, paralelamente, se conecta con Kylo Ren (Adam Driver). Los pocos rebeldes que quedan están a punto de ser aniquilados por el Primera Orden, y todo se podría solucionar con una misión desesperada que incluye a Poe (Oscar Isaacs), Finn (John Boyega) y otros personajes, lo que además tiene una secuencia en una especie de Montecarlo galáctico y una estampida de caballos espaciales criados por niños esclavos. Al final hay, bueno, unos cinco, seis o siete enfrentamientos "terminales" que deciden la suerte de todos los personajes.

Pasa todo eso y algunas cosas más. Y la sensación que tiene el espectador es bastante ambigua. Por un lado, las secuencias de efectos y aventuras están muy bien, aunque sólo algunas tienen verdadero sentido. Por el otro, parece que estamos viendo, toda junta, la temporada de una serie. Es la manera como se narra, la falta de cohesión, las derivas y las actuaciones explicadas las que llevan a eso, aunque por momentos la película tiene un par de toques interesantes (habla de sí misma y de su negocio, por ejemplo, en el personaje de Benicio del Toro). Pero el resultado, impactante en el primer momento, es un poco decepcionante después de la perfección narrativa del Episodio VII. Es un buen filme, pero lejos de lo que podría haber sido. Rian Johnson (Looper) no termina de confiar en las imágenes y explica (con palabras) cosas evidentes. Ahora bien: a pesar de estas taras, dijimos que hay momentos muy buenos: la primera secuencia, la estampida de caballos extraños, el duelo a dos espadas, etcétera. Sólo un detalle: políticamente, está del lado de dar la vida (a veces de modo absurdo) por una idea. Raro en plena era Trump. O no tanto.