Este vienes comienza el Festival de Mar del Plata, que cubriremos en BAE Negocios, y allí hay una retrospectiva de Maurice Pialat, en realidad una parte de la más extensa -completa para ser precisos- que veremos desde la semana que viene en la sala Lugones. Así que esta semana vamos a usar este espacio para “promocionar” algo que debería considerarse un verdadero acontecimiento.

Maurice Pialat nació en 1925 y murió en 2003. Por edad, podría haber pertenecido a la generación de la nouvelle vague (después de todo, Truffaut debutó en el cine en 1959 a los 24 años) pero, si bien hizo bastantes cortos, documentales y trabajos para la televisión desde los ‘50, recién debutaría en el cine en 1968 con La infancia desnuda. Su primera vocación es la pintura, y si bien no es precisamente un realizador que se dedice a las bellas imágenes (lo que no quiere decir que sus películas no sean bellas: prefiere el movimiento funcional a la trama a sorprender con el encuadre “bonito”) hay algo absolutamente visceral e individual, casi autobiográfico, que aparece en cada película como en los trazos de los pintores. No por nada una de sus películas más importantes es su versión de la vida de Van Gogh.

Pialat tiene como uno de sus grandes modelos a Robert Bresson, que era de una enorme austeridad. Pasa lo mismo con sus películas, incluso con aquellas que requieren alguna reconstrucción de época (en realidad sólo Van Gogh y Bajo el sol de Satán, la última una rara adaptación literaria). De la nouvelle vague solamente ha tomado el uso de la locación, el realismo en las reacciones de los personajes, la no obligación de contar un relato en tres espacios. Pero no mucho más: en Pialat no hay una necesidad de experimentación formal como en Godard o un ejercicio irónico del cine como Chabrol, sino una necesidad expresiva totalmente visceral a través de la ficción.

Sus películas son de una tensión que nada deberían envidiarle al cine de terror. De hecho, “pasan cosas malas”, y uno las teme todo el tiempo. Colocan al espectador en un lugar de perpetua molestia, de ver aquello que no deberíamos. Probablemente No envejeceremos juntos, Loulou (la historia de una mujer casada que se va a vivir con un lumpen, ella es Isabelle Huppert y él Gerard Depardieu y no es su mejor película) o la magistral À nos amours sean un pico en ese sentido.

Pialat también ha sido intérprete en películas ajenas y en sus propios filmes. Es el padre de la excepcional À nos amours, la película que descubrió a Sandrine Bonnaire y que narra la relación entre esos dos seres, una joven que va degradándose sexualmente y un padre que intenta protegerla ante la disolución de la familia. Algo similar ocurre en Bajo el sol de Satán, donde también actúa Pialat pero trata la relación entre un cura (Depardieu) y una joven (Bonnaire) que lleva a la destrucción. Ese filme ganó la Palma de Oro en Cannes, ante el disgusto de la mitad de los presentes, a quienes Pialat le dedicó un saludo hoy legendario: “Ustedes no me quieren, yo tampoco”.

La disolución de las relaciones es un tema recurrente, así como cierto “llamado”, una vocación o una fuerza pasional que no puede ni justificarse ni evitarse. Aparece en su obra central (no la mejor, aunque magnítica), Van Gogh, que retrata los últimos días del pintor. Y también en la hermosa -y estrenada con muchos cortes en este país- Le Garçu, un filme con cierta esperanza, rodado cuando Pialat había sido padre y tenía un niño de 5 años. Es su último filme y también el más luminoso.

Pialat es -como Phillippe Garrel, Jean Eustache o en un registro más clásico Claude Sautetun excéntrico dentro del cine francés y del cine en general. Su cine visceral, a veces molesto, es también de una súbita luz y belleza. Merece conocerse y la ocasión es propicia.