Mientras el cine en los años setenta en los Estados Unidos se sumía en la desesperación y la violencia -lo que produjo obras maestras como El Padrino, El Exorcista o Taxi Driver-, un hilo de humor corría por debajo, como forma de rescatar cierto optimismo americano a pesar de todo y sin dejar de lado la crítica. Por un lado, el primer Woody Allen, rey de la parodia y del chiste intelectual. Y, por otro, el también paródico pero mucho más popular (en todo sentido) Mel Brooks, que con solo doce películas (de las cuales un par no cuentan, seamos sinceros) creó una manera de hacer parodia que era al mismo tiempo burla y homenaje, una forma de rescatar a través de la risa y la exageración los mejores valores del cine clásico.

Brooks comenzó como guionista de stand up para personajes como el genial Sid Ceasar. Con su compinche Buck Henry trabajó mucho para la TV, entre otras cosas fueron los creadores de Get Smart, o como lo conocemos nosotros Superagente 86 (aunque dirigió casi nada de esa serie). Es además un hombre de Broadway y un amante del gran espectáculo. Nada mal para tener 92 años.

Hablando de edad, es el único vivo (salvo la genial Cloris Leachman, que sigue trabajando) del grupo que creó a su alrededor y con quien realizó sus mejores películas. Esa troupe de genios cómicos incluía a Gene Wilder, Zero Mostel, Madeline Kahn, Marty Feldman y Dom DeLouise, y en ocasiones a su esposa, Anne Bancroft. Los más queribles que dio el cine, de los más simpáticos, de los más creativos. Basta con ver momentos de Locura en el Oeste, Con un fracaso, millonarios (el título con el que se estrenó en la Argentina Los productores) o la obra maestra El joven Frankenstein para entender hasta qué punto estos tipos se divertían filmando y contagiaban esa diversión.

Brooks ejerce la parodia, no la sátira. Es decir, no se basa en reírse de observaciones sociales, de la “vida real” (sátira) sino de películas o géneros, es decir de artefactos culturales. La diferencia es sutil y a veces confusa, pero existe. Las películas de Brooks son en general parodias: del mundo del espectáculo teatral y el musical (Con un fracaso...), del cine social soviético (Las doce sillas), del western (Locura en el Oeste); del terror (El joven Frankenstein); de Hitchcock (Las angustias del dr. Mel Brooks, High Anxiety en el original); del cine mudo (La última locura de Mel Brooks, Silent Movie en el original), etcétera. Es decir, el espectador tiene que conocer géneros o películas específicas para llegarle a todos los chistes. Pero en realidad, en sus mejores filmes, esto es solo necesario a medias: en lugar de generar rechazo por cierto género, estas parodias generan curiosidad y cariño por ellos. Dan ganas de ver más y de rever la parodia.

Por supuesto que la obra es despareja, pero en sus mejores momentos está a años luz por encima de otros realizadores cómicos contemporáneos. Brooks, que usa muchas veces el anacronismo y el absurdo surrealista, y que incluye al menos un número musical en cada película, es el padre de Ben Stiller, de Adam Sandler, de Will Ferrell y Adam McKay, de toda la generación humorística que hoy ronda los cincuenta años. ¿Qué ver para entenderlo y disfrutar? Lo mejor, a nuestro juicio, es esto.

1) Con un fracaso, millonarios. La película es su ópera prima como director y cuenta la historia de un productor teatral quebrado que trabaja de gigoló de ancianas (Zero Mostel) y un aburrido contador (Gene Wilder) que descubren una falla en el sistema: si recaudan fondos para una obra y esta resulta un gran fracaso, pueden quedarse con el dinero. Así, venden el 500% de un fracaso garantizado, el musical Primavera para Hitler, que justifica a los nazis, tiene el peor elenco del mundo, etcétera. Y resulta un éxito porque todo el mundo lo toma como sátira. La película es brillante y llena de momentos increíbles (la canción “Springtime for Hitler”, el personaje de Kenneth Mars, el monólogo final en el juicio) y es pura ironía.

2) El joven Frankenstein. Lo mejor que hizo: con los sets originales del Frankenstein de 1933 y una banda de cómplices, en realidad hace la remake de otro filme de terror de la saga del monstruo, también de los 30, El hijo de Frankenstein. Pero también hace más que eso: se ríe de los lugares comunes del tema (la secuencia con el ciego que interpreta Gene Hackman, el musical con doctor y monstruo, las intervenciones sexy de Madeline Kahn, el Igor de joroba móvil que interpreta Marty Feldman) pero también crea una historia que seguimos con interés, no solo un marco para una colección de gags. El blanco y negro es hermoso y todo termina feliz y gozosamente (en el más amplio sentido del término).

3) Locura en el Oeste. La mayor parodia, de todos los lugares comunes del western, pero también una película contra el racismo y su mayor reflexión sobre el cine como invención y puesta en escena. Al punto de que el final del villano viene gracias a que los héroes van al cine. Wilder como la pistola más rápida del Oeste (no se lo ve tocar el revólver nunca) y el cuadro en los estudios de la Warner son pura belleza.

4) La última locura de Mel Brooks. Es toda muda, con muchos cameos y actores que usan el cuerpo -y el uso del plano de Brooks es virtuoso- para lograr la risa. Solo habla Marcel Marceau en un gag brillante.

5) Qué perra vida. Parodia del cine de los ochenta: un magnate apuesta que puede vivir en la calle una semana sin nada de lo que el dinero le da. El resultado es mucho más que parodia, en realidad: un preciso paisaje social de la era de la avaricia.

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