En la era clásica de Hollywood, había directores que eran capaces de hacer buenas películas en todos los géneros. No se los consideraba como “artistas” en el sentido en el que hoyb le damos al término, sino como técnicos con la habilidad de comunicar historias y personajes con los espectadores. Su mayor virtud era que quien pagase una entrada creyera que lo que había en la pantalla existía en alguna parte, aunque siempre era una invención realizada a pura ficción por esa meca de sueños que implicaba salir de la realidad un poco para ver, en perspectiva, aquello que preocupa a cualquier hombre. Entre esos grandes artesanos -en el sentido más tradicional y noble del término- figura, central Michael Curtiz.

Curtiz es un ejemplo de los exiliados austrohúngaros que fueron a Hollywood en las primeras décadas del siglo XX, y que fundaron, con algunos otros, el modelo clásico de la transparencia narrativa. Para que se entienda: las historias se narraban de tal modo que el espectador no veía que “alguien” (el director) las manipulaba: todo era transparente, como una ventana. Por esa transparencia y porque abordó todos los géneros, es difícil hablar de Curtiz como un “autor”, pero en sus películas aparecen algunos elementos constantes: la aventura como norma, los personajes que se mantienen fieles a sus creencias incluso ante las peores dificultades, el gusto casi operístico por los momentos fuertes. También una tendencia al melodrama que se nota incluso en sus comedias. De paso, revisar todo es complicado: hizo más de 150 películas.

Fue quien construyó un tándem memorable de héroe galante y gracioso-dama irónica pero romántica con Erroll Flynn y Olivia de Havilland en los años treinta con varias películas de aventuras memorables. En todas ellas, además del peligro y el drama, prima el buen humor, la idea de que la aventura no puede no tener un final feliz porque el cine es, en gran parte, un arte de la felicidad. Podemos discutirlo, por cierto, pero al menos la precisión en la puesta en escena de Curtiz (nunca hay un elemento descuidado que no cumpla una función, nunca una escena de más solo para rellenar o alargar innecesariamente la trama) hablan de eso. Para el realizador el cine parecía algo fácil.

En este caso, recomendar pelí- culas para descubri al director es un poco complicado por la cantidad y la variedad. Pero sí es posible comprender cómo funcionaba el gran cine clásico y cómo trabajaban estos realizadores que estaban “a sueldo del estudio” (el de Curtiz fue Warner, por mucho el mejor del período clásico aunque todos fueran capaces de lograr con periodicidad obras maestras). Así que los títulos que vamos a seleccionar son los más conocidos, y veremos qué nos dan además del placer de verlos.

1) Las aventuras de Robin Hood. Si piensan en Robin Hood, van a imaginar a un señor con bigote finito y pelo lacio en calzas verdes. O sea, Erroll Flynn en esta película que fue el primer gran éxito del Technicolor donde el color tenía realmente un peso en el diseño de imágenes. Se parece bastante a un éixito del comic de aquel 1937, El Príncipe Valiente de Hal Foster, en cuanto a diseño, Tres grandes elementos: la actuación casi cómica de Flynn, la relación hermosa y sardónica con la Lady Marian de De Havilland y el genial, insuperado suelo de espadas final con ese caballero villano llamado Basil Rathbone. Nadie filma cosas así hoy, y el ritmo es impecable.

2) El capitán Blood. Esta es como Robin Hood pero en el mar. Blood es un médico al que engañan en la Jamaica colonial y se vuelve un pirata, pero solo para conseguir justicia. De Havilland es su interés amoros, y casi todo lo que han visto en la saga de Piratas del Caribe está inventado aquí. Claro que nuestro Blood es mucho más angelical que Johnny Depp, pero eso no implica que las aventuras no sean igualmente vertiginosas.

3) Vivir con papá. Esta es una de esas comedias cómicas menores que hablan de las costumbres de una época. Tiene algo genial: el trabajo de un comediante excepcional que fue una gran estrella, el delgado William Powell y que, por esas razones extrañas del paso del tiempo, hoy está casi olvidado fuera de los EE.UU. El filme es la historia de un banquero que trata de controlar como sus finanzas la vida de su hogar con cuatro hijos. Vale la pena revisarla.

4) El suplicio de una madre. Mildred Pierce es un gigantesco melodrama con Joan Crawford que narra cómo una mujer trata de llevar adelante su propio negocio para criar a una hija que la desprecia. Hoy hablamos de “feminismo”, pero este film noir, con mucha tristeza encima, es un retrato perfecto de la condición femenina en el siglo XX. Y Crawford está genial.

5) Casablanca. No es una película romántica aunque hay un romance, no es una película política aunque se enfrenta a los nazis con una valiente Marsellesa (y en 1941), no es una de espías. Es todo eso, y también una de las mejores reflexiones sobre la ciudad como espacio autónomo, contradictorio y múltiple. El uso de la luz -especialmente el ritmo del faro al principio de la película-, la demorada aparición del héroe un poco antihéroe que compone Bogart en su rol más célebre, la dura relación con el personaje de Ingrid Bergman -que es bastante moderna y en ocasiones cruel-, la trama sobre la Resistencia y el uso de cada locación son ejemplos de cómo el cine clásico funcionaba como una perfecta máquina de crear sueños. El final, hecho medio de casualidad, es de los más perfectos de la historia del cine.

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