Es un poco exagerado decir que Mickey Mouse es el personaje más conocido del mundo. Pero solo un poco. Más incluso que la de ciertos iconos religiosos, su fi gura aparece en todas partes, en todo país, en toda latitud. La fama, especialmente a este nivel, es siempre un misterio. Y mucho más en el caso de un personaje que nació cuando las tecnologías de la información no nos permitían enterarnos de ciertas cosas de manera instantánea como hoy. Este año, Mickey cumplirá 90 años (es de Escorpio, su primer corto se estrenó el 18 de noviembre de 1928) y aún es una de las marcas más vendidas en el universo conocido. Es raro pensar, hoy, que se trata de una criatura del cine, en uno de los habitantes más célebres y permanentes de la pantalla.

La historia de su origen es mitológica -y un poco falsa. Disney trabajaba para un productor llamado Charles Mintz, para el que había creado un personaje llamado Oswald, el conejo. Disney en realidad dibujaba muy poco, era en realidad el productor ejecutivo de esos cortos que solía dirigir Ub Iwerks. Pues bien, un buen día Mintz echó a Disney y se quedó con el personaje. Ahí empieza el mito: que a Disney se le cayó una gota de tinta y, jugando con ella, dibujó a Mickey, al que en realidad bautizó Mortimer y fue su esposa la que lo rebautizó. La realidad es más trivial: tras su expulsión, decidió con Iwerks probar un personaje propio y fue el gran Ub quien inventó a Mickey (lo del cambio de nombre, en cambio, es cierto). Los primeros dos cortos fueron mudos, pero se estrenaron mucho después que el primero porque Disney, que vio pruebas del sistema de sonido sincronizado que cambiaría el cine desde ese 1928, pensó que había que hacer cortos sonoros. Así, Steambot Willie, el primer corto estrenado, es también el primer corto animado sonoro pensado específi - camente para la música. Disney y su colaborador musical Carl Stalling -que luego crearía todas las bandas de sonido de Looney Tunes hasta su fallecimiento a principios de los cincuenta- experimentaron con la combinación de sonidos irreales y animación surreal. El resultado fue un éxito inmediato.

Pero no fue esa novedad la que hizo a Mickey tan exitoso. Nació poco antes de la Gran Depresión y fue -al decir de Sergei Eisenstein, fan de Disney y del ratón- quien proveía optimismo en una nación deprimida por la mayor crisis económica de su historia. Mickey, que al principio era un pícaro con actitudes hoy un poco reprochables (hostiga sexualmente a Minnie en el verdadero primer corto, Plane Crazy), se convirtió en un pequeño trabajador valiente, un tipo siempre alegre que se enfrentaba a toda clase de peligros con música y sonrisas. Esa mirada optimista y activa, que encarnaba lo mejor del espíritu de empresa americano, fue la clave. Eso y un diseño simple y virtuoso que mejoraba un estilo demasiado estable en el campo animado desde su primera estrella, el Gato Félix de Otto Messmer. Disney -Iwerks, en realidad- hacía algo más: los espacios en los que se movía el ratón estaban fi lmados en escorzo, en diagonal, como si su mundo fuera más grande e incluyera las tres dimensiones. Los cortos de Mickey, comparados con los de los primeros Looney Tunes (también de fi nes de los años veinte) o las creaciones de Paul Terry o Walter Lantz, contemporáneas también, son diferentes y mucho más detallados y sofi sticados.

Pero lo que importa es el personaje. Extrañamente, funcionó muy bien en los años treinta y primeros cuarenta, pero a partir de entonces perdió popularidad a manos del pato Donald. ¿Qué había pasado? Mickey era el canto alegre a la esperanza en medio de un mundo en peligro. Donald, que se hizo más popular durante la Segunda Guerra Mundial, era malhumorado y a veces un poco cínico, aunque torpe: tras la guerra resultó mucho mejor refl ejo de la sociedad de su tiempo. Pero Mickey siguió por mucho tiempo como paradigma de cómo crear un personaje animado. Mucho de su carácter se lo debe al gran creador de personas fílmicas de los comienzos del cine, Charles Chaplin. Pero a diferencia de Carlitos, Mickey solía ganarle a la adversidad y quedarse con la chica.

Mickey tiene además algo que otros héroes cómicos (Buster Keaton, Bugs Bunny o Jackie Chan, no hay muchos en realidad) no tienen: la capacidad de ser un líder sin que se lo proponga. De ser un ratón rural y de granja en los primeros cortos, pasó a desempeñarse en los trabajos más variados, siempre en los escalones más bajos de la sociedad hasta que llegó el color. Ahí es donde aparecen sus amigos y compañeros más frecuentes, más allá de los casi inaugurales Mickey y Pluto. Goofy, Donald, Horace Horsecollar y Clarabella Cow (los dos últimos, muy poco vistos más tarde salvo en las historietas) formaban una especie de troupe de la que Mickey resultaba líder natural a su pesar. Y como líder, era alegre y fi rme incluso en el error. Disney lo consideraba su alter ego, y de hecho fue quien le prestó la voz durante casi toda su carrera. Mickey es, en realidad, lo que Disney hubiera querido ser.

Su recuerdo fue diluyéndose, e incluso en algunas de sus últimas encarnaciones (Runaway Brain, de 1995) es casi pusilánime (el corto es genial, dicho sea de paso). Su última aparición en cines, Runaway Horse (2013), donde se combina el estilo “antiguo” en blanco y negro con la animación digital, es más bien un homenaje a los primeros cortos. De todos modos, lo mejor está entre los treinta y los cuarenta. También es muy buena la serie televisiva Mickey Mouse, de Paul Rudish, homenaje a la animación sintética de los 30.

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