En París, donde residía desde los ‘70, falleció a los 78 años el cineasta argentino Hugo Santiago, uno de los realizadores más importantes surgidos de nuestra cinematografía. Aunque se lo recuerda principalmente por Invasión (1968), fábula fantástica coescrita por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares -que muchos consideran la mejor película del cine argentino- Santiago fue mucho más que eso. Desarrolló casi toda su carrera en Francia, donde rodó filmes como Los otros (también con guión de ambos escritores), El juego del poder (sátira fantástica que trabaja los lugares comunes del cine negro aunque invirtiendo varios de sus lugares comunes, protagonizada por Catherine Deneuve), el policial amable El lobo de la costa oeste o su última película, El cielo del centauro, coescrita con Mariano Llinás, casi una "tercera parte" de su serie sobre Buenos Aires (llamada siempre "Aquilea") comenzada en Invasión y continuada con Las veredas de Saturno, otra obra maestra.

Santiago era una rara avis no sólo por esto sino por una cultura cosmopolita, "borgiana" en el sentido más amplio del término, donde los elementos de los géneros populares y las ideas filosóficas y políticas jugaban una danza que, a su vez, revelaba la verdad que había detrás de ellas. Invasión, que narra cómo Aquilea es sitiada por un poder invisible y sobrenatural, y que puede leerse como una profecía de la violencia de los ‘70, es también un mito universal. Las veredas de Saturno, protagonizada por Rodolfo Mederos, también tiene un misterio en su centro y un retorno a Aquilea, donde el "invasor" se ha retirado pero quedaron sus residuos. Pocos realizadores argentinos contaron tanto con el poder fantástico del cine como Santiago. Y pocos fueron -son- tan lúdicos y felices incluso cuando narran tragedias.

Acusado de elitista y de "afrancesado" por los contenidistas de los ‘70, deja un gran legado estético. El cine argentino es más pobre hoy.