Netflix y Movistar anunciaron que el servicio de streaming pronto estará disponible para los suscriptores de Movistar PlayTV. La noticia llega al mismo tiempo que el anuncio de que La casa de papel, la serie española que figura en la grilla del SVOD, se ha convertido en el más visto de los shows producidos fuera de los EE.UU. por la firma, producción en la que también tiene participación Telefónica. Dado que Movistar tiene unos 257 millones de usuarios en España y América Latina, y que el pacto incluye también acuerdos de coproducción (los programas que realice Telefónica como inversor figurarán en Netflix como primera o segunda ventana), la noticia permite ver cuál será el futuro del audiovisual en la zona hispanoparlante.

Primero: hay una merma notable en el público que mira televisión de aire, así como también de aquellos que ven cable tradicional. Esos públicos están derivando a los SVOD y al entretenimiento en Internet en general. Segundo: crece cada vez más el acceso a contenidos a través de dispositivos móviles. Por último, los mercados se concentran cada vez más y en general los usuarios están comenzando a buscar producciones habladas en su propio idioma. El castellano tiene una penetración notable en todo América (incluyendo, claro está, el Norte), y es en el Nuevo Continente donde más se nota el desplazamiento de los públicos hacia las alternativas digitales. El acuerdo es por lo tanto oportunísimo.

Por otro lado, otros acuerdos de contenidos similares de otros actores (Turner, por ejemplo, con el mercado francés) permiten ver que existe otra realidad paralela que da más razón al pacto Netflix-Telefónica. Las recientes regulaciones europeas que exigen a las plataformas SVOD tener al menos un 30% de contenidos generados localmente, lejos de causar una crisis permitieron a los productores internacionales entrar a crear contenidos locales que se explotan luego internacionalmente a precios bastante más competitivos de los que se consiguen en los Estados Unidos, por ejemplo, sin ser específicamente "baratos". Solo el costo en estrellas locales, por otro lado, baja los presupuestos de un modo notable. La explotación global permite además "sumar nichos", lo que hace a estas producciones rentables. Dado que el suscriptor paga un fee único por toda la grilla, incluso lo que suma menos redunda en un número interesante. Y si se produce no solo más barato sino -como sucede en Europa y también en América Latina- con ayudas estatales que también disminuyen los costos, el negocio es mucho mayor.

Es decir: estamos ante una expansión internacional que excede la simple producción: consiste en el posicionamiento global de los actores más poderosos del mercado, o al menos los que tienen la billetera más llena. Los peligros son la estandarización de los productos y el desaliento a la competencia de empresas locales. Ese capítulo es el que viene en esta revolución que aún no ve su final.

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