Uno lo ve volando y no puede creer que ayer el hijo de Krypton, Kal-El, Clark Kent o Superman haya cumplido 80 años. Ochenta desde la primera publicacíón en el primer número de la revista Action Comics, ejemplar que cotizaba 10 centavos de dólar en los kioscos americanos y en 2014 alcanzó los 3,2 millones de dólares. En gran medida porque todo -pero todo- empezó ahí. Superman, y unos meses más tarde su conflictivo amigo/enemigo Batman, definieron el negocio de las revistas de historietas, de los superhéroes (ese que hoy factura miles de millones a través del cine y de los derechos derivados) y del entretenimiento colorido y fantástico. Pero la gran pregunta es qué es Superman, por qué aún nos dice algo.

dos estudiantes de filosofía, Jerry Siegel y Joe Schuster que, para pagarse los estudios y vivir alegres, decidieron intentar algo en el floreciente mundo del comicbook, la revista de historietas. Habían leído a Nietzche para sus clases y, burlándose de la noción de “superhombre”, decidieron crear un personaje que fuera eso, más que un hombre. Por la misma época, un imbécil con bigotito y demasiado poder malentendía las mismas teorías para crear el régimen nazi. Siegel y Schuster también querían pegarle por elevación a ese asesino estúpido llamado Adolf Hitler (el lector perdonará los términos “imbé- cil” o “estúpido”, pero se trata no de insultos sino de precisión descriptiva). De hecho, Superman logró mucha más popularidad cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y fue a reventar a trompadas a nazis y japoneses.

Como dice Bill en Kill Bill, Superman no es un gran personaje. El problema consiste en que es todopoderoso, no puede perder jamás, no tiene fallas. Un personaje así -y lo entendió bien Bryan Singer en su subvalorada Superman regresa, de 2006)- es una especie de mesías. Lo de la kriptonita es medio una pavada. Incluso cuando Superman ha muerto a finales de los ’90, siempre vuelve. Es indestructible.

Hay varias cosas que el no habituado a los cómics no sabe demasiado. Que la Mujer Maravilla está secretamente enamorada de él (y han tenido más de un beso), porque en algún momento él se dio cuenta de que le es imposible ser un hombre “real”, tener una vida de familia. También ha viajado por el tiempo y conocido un futuro donde los superhéroes abundan (la Legión de Superhé- roes), o ha tenido una antiutópica versión soviética (en el cómic Red Son: el villano virtual de Ready Player One es justamente ese personaje). O que todo el odio de Lex Luthor proviene de que lo dejó pelado. Que para el cine es un personaje “de mala suerte”: quien lo interpretó en TV, George Reeves, fue “suicidado” en un raro episodio policial (lo cuenta el filme Hollywoodland) y su mejor encarnación en la pantalla grande, Christopher Reeve (miren los apellidos) quedó parapléjico tras un accidente con un caballo. Y que no termina de tener suerte en las últimas encarnaciones fílmicas a cargo del muy capaz Henry Cavill. El personaje es demasiado grande y optimista para la pantalla, quizás.

Pero Superman, la respuesta al cuento de hadas que encontró el materialista y tecnológico siglo XX, tiene dos talones de Aquiles. El primero, la gente que ama: su madre Martha, su colega Jimmy Olsen o su amor eterno Lois Lane. Contra ellos van los malos. Pero también tiene otro: el mundo en sí. Hay historietas (Dark Knight Returns, de Frank Miller, donde Batman le da la paliza de su vida) donde el sostén del “american way of life” que Superman siempre intentó cae en contradicción ante la “realpolitik”. La pregunta que tenemos todos sus fanáticos, los que fuimos conquistados por los simples colores de su hermoso traje kitsch cuando éramos bien chicos, es cómo ese ser todopoderoso no nos ha salvado de todos los males. Por eso es que Superman, más o menos violento o “realista” de acuerdo con las épocas, es un hada, una convocatoria a la esperanza quizás demasiado naif e imposible para ser creído, pero eficaz.

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