-¿Cómo surgió la novela?

-La idea original fue desdoblar en dos personajes un dilema que tuve en mi juventud, entre una vida viajera y otra sedentaria. A los 21 hice un viaje largo por Sudamérica. Años después recorrí Canadá y Estados Unidos, y salté a Europa. Andando sin rumbo fijo conocí a viajeros que llevaban años dando vueltas y no pensaban volver al hogar que habían dejado atrás. La idea me atraía, pero no podía sentirme del todo parte de esa tribu nómade porque me tiraba también la idea de fundar una familia. Cuando volvía a casa, extrañaba el viaje. Se trata de dos formas opuestas de encarar la vida: si el viaje es un puro presente, establecerse implica la idea de proyecto, de construcción, de futuro. Quise sondear en esa contradicción. Después, al conocer mejor a mis personajes, aparecieron conflictos más amplios y universales.

-Si bien son e-mails, podrían ser cartas. ¿Qué te llevó a elegir esta manera de contar?

-Es una novela en donde dos personajes, en medio de crisis personales, se buscan a sí mismos. En los e-mails que intercambian se comunican entre ellos, pero en mayor medida escriben para entenderse ellos mismos, para dar con sus sentimientos y encontrar el hilo de sus trayectorias de vida. Sabía por eso que la historia debía escribirse en primera persona, desde la voz de los personajes. El acto de narrar es curativo. La narración crea significado y el significado crea sentido. Y ambos buscan ese sentido mientras se cuentan mutuamente sus cosas.

-¿Cómo definís a estos dos compañeros de colegio?

-Al principio Jano, el viajero, representaba para mí la libertad y la intuición. Santiago, en cambio, era la seguridad, la previsión, la racionalidad. Sin embargo, en cuanto ganaron consistencia se volvieron más complejos. El nomadismo de Jano, un personaje afectivamente bloqueado, es también una huida. A Santiago le cuesta conectar con lo que siente, pero a diferencia de su amigo, que se pierde en sus pensamientos, es un hombre de acción. Y muchas veces se equivoca, por supuesto. Pavese escribió que las vidas que no podemos vivir las vivimos a través de los amigos, y algo de eso hay en el interés que a ambos les despierta el relato del otro.

¿Y a Cecilia?

-Cecilia, la mujer de Santiago, tiene una inteligencia práctica. Es más consciente de los cambios que su vida va sufriendo y los asume con cierta sabiduría, porque tiene una mayor intimidad con sus propios sentimientos. Es la más equilibrada de los tres.

¿Por qué el titulo?

-Había terminado el libro y no tenía título. Lo tomé de una frase de la novela. Creo que tiene sonoridad, algo esencial en un título. Y me gusta pensar que remite al misterio del destino. ¿Lo escribe cada cual, con sus decisiones? ¿Lo trazan el azar, la fatalidad, los dioses? ¿Una mezcla de todo eso? Son preguntas sin respuesta, claro, pero que sobrevuelan en la novela encarnadas en el destino de estos personajes y en el modo en que ellos mismos lo interrogan.

¿Necesitamos las certezas para sobrevivir?

-Carver decía que no podía escribir si no tenía un piso firme bajo los pies.Yo creo que necesitamos certezas para vivir. Por eso somos tan proclives a comprar dogmas o relatos ajenos que nos provean la seguridad de la que carecemos. Lo cierto es que no podemos reunir más que un pequeño manojo de certezas, precarias y provisorias. Y más todavía en estos tiempos en los que la revolución tecnológica está transformando, si no lo hizo ya, los presupuestos con los que la humanidad ha vivido durante los últimos doscientos años. Vivimos tiempos de zozobra, sin certezas. Ese piso firme del que hablabaCarver, proveído antes por la cultura, hoy hay que buscarlo o edificarlo con materiales propios, en la intimidad.

-¿Es siempre necesaria la verdad?

-La verdad es siempre mejor que la mentira, ¿no? Creo que debemos aspirar a ella. De todos modos, la verdad es también un concepto delicado. Los hechos ocurren de una sola manera, decía un viejo maestro del periodismo, pero cada uno los ve desde la perspectiva de sus propios zapatos. No hay, al menos en la vida de relación, una sola verdad. Intenté reflejar eso en la novela. Por otro lado, muchas veces nos engañamos a nosotros mismos. Preferimos no ver la verdad, por comodidad o miedo. Ahí, otra vez, es un territorio a conquistar.

¿Qué te gustaría que encuentre el lector en tu novela?

-Personajes de tres dimensiones en los que vea reflejados aspectos de su propia persona. Y una prosa que fluya con musicalidad.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritor?

-Escribo desde chico. A los 18 o 19 asistí al taller de poesía de Osvaldo Rossler, muy buen poeta hoy olvidado. Después hice taller con Antonio DalMasetto, gran maestro. Entonces quería ser escritor, pero el periodismo y la enseñanza del oficio me tomaron casi por completo. Y fue una bendición, porque pude vivir de lo que escribía.

-¿Algo del periodista ayuda al escritor?

-Vivir de la observación de la realidad para después narrarla educa la mirada y afloja la muñeca. No se escribe ficción solo con eso, pero ayuda.

-Sos muy meticuloso, ¿cómo convive eso con el escritor, bien o mal?

-Bien y mal. Bien porque intento no dejar en la página nada que pueda ofender al ojo o al oído, al menos los míos. Y mal porque no hay nada más paralizante que la búsqueda ilusoria de una supuesta perfección, de la que me siento muy lejos. A veces hay que ser menos meticuloso.

-¿Te costó dejar a los personajes?

-Me costó encontrarlos. Hay que convivir un buen tiempo con ellos para llegar a conocerlos. Como en la vida real. Y creo que no los dejé. Son viejos amigos que siguen vivos en esa realidad paralela en lo que me instalaba mientras escribía.