"El germen creativo surgió de una primera imagen que fue el camisón colgando, huérfano, en una terraza de Buenos Aires. Surgió un relato que hablaba de una familia de mujeres, una niña con una madre muy deseosa y un programa de la tele de finales de los sesenta. De pronto me di cuenta que empezaba a tirar de esos hilos y que aparecían nuevos capítulos, nuevos programas, nuevas intrigas. Ahí entendí que tenía algo más grande entre las manos y que lo tenía que llevar muy despacito. Frase a frase. Expresión a expresión. Palabra a palabra. Imagen a imagen. Y la novela se convirtió en una novela "por entrega", en cada reunión del grupo de escritores, capitaneado primero por Esther Cross y después por Hugo Correa Luna, se esperaba que llegara, a imagen y semejanza de la tele de aquellos tiempos, un nuevo episodio", dice la escritora Mónica Chiesa sobre su novela.

-¿Está familia esta inspirada en una real?

-Se nutre de algunos recuerdos de mis tías y mi abuela, también de mi propia madre, las auténticas Vicentini, como digo en el epígrafe. De la intimidad que existía entre ellas y que yo de pequeña admiraba, pero son mujeres noveleras, ellas son absolutamente ficcionales, creaciones que se construyen entre memoria y ficción.

-¿Cómo definis a Olivia la protagonista?

-Se define y es definida a lo largo de la novela. Olivia es la que trae paz, porque ya su nombre la define. Olivia es la Reina de los Titanes. Olivia es un bichito de luz. Es la niña que observa y busca entender la complejidad de la vida, con candor y dolor. Y en esa búsqueda de saber quién es y quiénes son quienes la rodean, está también la búsqueda del lenguaje, la curiosidad por entender el devenir "descolgando" las palabras del diccionario. Construyendo con cada palabra el signo de su propia infancia.

-¿Por qué la portada es ropa colgada en una soga?

-Tenía la novela terminada desde hacía mucho tiempo, había sido tres veces finalista del Premio Clarín, y la verdad es que yo, como Olivia, quería ser "elegida", quería que me dijeran "te vamos a editar porque tu obra se lo merece", algo así. Y sucedió. Sucedió Ediciones de la Comarca. Pero antes una mañana, me desperté recordando lo que había soñado. Y la llamé a mi hija, Serena, que alguna vez fue fotógrafa, y le dije: soñé con la tapa de la novela y la vas a hacer vos. Era muy gracioso porque aún no tenía editor, ¡pero tenía la tapa del libro! Me gustaba que la portada fuera una imagen que retorna en la novela, que es como un destello y a su vez un señuelo. Algo flota en el aire, algo rojo, algo que invita. Un camisón de satén rojo que actúa como una verdadera llamarada.

-¿Cuánto nos marca la familia?

-Creo que la familia es en mi literatura eso que llaman un motivo, una obsesión. Está bueno ese verbo que vos usas, marca. Porque, fijate, que Olivia pareciera que "se desmarca" de su familia. Otros seres no pueden "desmarcarse", arrastran la infelicidad, el trauma, o se sienten impulsados a realizar mandatos, a continuar extirpes, incluso a ser felices dentro de un molde. También están las lealtades. Otro tema que sobrevuela a todas las familias. Las lealtades que pueden hundirnos o pueden elevarnos. Las Vicentini son una familia de extrema lealtad, hoy la llamaríamos sororidad, término que no existía cuando escribí el libro.

- El pueblo, es muy importante en la historia, ¿qué significa para vos ?

-Es fundamental en esta historia, primero porque fue el pueblo de mi propia infancia, yo iba de visita, yo era la foránea, como lo es Olivia, pero ocurre que es fundamental porque encuentra su opuesto perfecto en la gran ciudad. Porque la novela también es viaje. Es traslado entre dos universos: el pueblo que encarna algo muy genuino y la ciudad que encarna el anonimato. Lo que se puede volar y alejar, como sucede con el camisón. Regresé a Sunchales, adulta, una vez con mi hija, ella hizo fotos de la estación, del cañón de la plaza, de la casa de Bonaudi, el fotógrafo del pueblo, y cuando ambas llegamos a la vitrina estaban expuestas las fotos de Las Vicentini, las auténticas. Fue un viaje, de esos que son de las raíces. Y mucho más si se enraizaba en mi propia hija.

-¿Todas las familias guardan un secreto?

-Todas. No hay familias sin misterios ni ocultamientos, sin mitos fundantes, sin personajes legendarios. Si no los hay, se los inventa. ¡Y bienvenida sea la invención! Y en especial en nuestra Historia, los secretos sobre la identidad han sido y son un desvelo para poder reconstruirnos como nación.

-¿Cuánto tiene que ver San Telmo en tu mirada?

-Elegí San Telmo porque tiene el linaje del barrio antiguo, y porque habla de mí también. Mi padre siempre me decía que yo nací al lado de un conventillo, el tenía su primer local de máquinas y herramientas y al fondo la pieza y la cocina donde vivían con mi madre. Ahí me dieron vida. Las calles, mi primer escuela, los almacenes, las baldosas, los edificios con recovas, todo era más humano en ese barrio.

-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?

-Cuando era niña y escribí que mi abuela tenía en el fondo de su casa un árbol de granadas.

-¿Cuánto hay de la narradora oral en la escritora?

-Mucho, siento que tengo una escritura que tiene mucho que ver con la oralidad. Cuando empiezo a escribir algo, cuando estoy en pleno proceso creativo, tengo siempre a mano una libretita, donde voy anotando un cierto léxico. Palabras, expresiones que constituyen en sí mismas un mundo. A veces algo surge porque algo es pronunciado, es masticado y luego expulsado en la voz.

-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?

-Un pasaje, un tránsito hacia nuevo lugar.

-¿Tenes miedo a la hoja en blanco?

-Tengo miedo a distraerme de la escritura, a no aceptar el dolor y la hondura que implican el encuentro con una historia y seguir el camino. Escribí una segunda novela que tuvo algo de todo eso, fue como entrar a cuevas recónditas, muy sombrías. Qué me está pasando, me preguntaba, cuando la tristeza me abrazaba. Nada. Estaba escribiendo. O todo. Estaba escribiendo.

-¿Cuál es el rol de la literatura?

-No soy quién para hablar del rol de la literatura, soy alguien muy pequeñito en esta inmensa Babel de libros. Puedo decirte que yo, Mónica Chiesa, no puedo vivir sin leer, que el libro, los escritores, han traído plenitud a mi vida. Han traído la poesía de lo trunco, la esperanza de un nuevo comienzo, el rocío y la niebla.