No era muy difícil adivinar los Oscar principales, incluso si todo estaba bastante repartido. La forma del agua ganó por dirección y película, dos de actuación para Tres anuncios por un crimen (actriz y actor de reparto), Gary Oldman se llevó el premio por su disfraz logrado de Churchill y Allison Janney, por su monstruosa madre de Yo soy Tonya. En lo técnico, Dunkerque y La forma... se repartieron galardones. Chile tuvo la alegría de ser el segundo país sudamericano con un Oscar -por la muy buena Una mujer fantástica, aunque premiada por razones más contextuales que por sus ciertos valores.

Pero lo importante de esta ceremonia número noventa, tediosa y larga hasta para su conductor Jimmy Kimmel, fue que defraudó la expectativa de discursos encendidos y los sustituyó con una rara concordia de era. Apenas una vez se mencionó a Harvey Weinstein, ex gran Papa de los Oscar que dedicaba millones al lobby por sus películas (que solían ganar). No lo mencionaron Ashley Judd, Annabella Sciorra y Salma Hayek, tres de quienes lo incineraron con razón. Lo que más circuló fue el miedo.

¿Miedo cuando el monstruo fue expulsado del Paraíso? Sí, miedo a decir algo incorrecto o al chiste ofensivo que desatara la ira de algún colectivo, o a una denuncia en vivo y directo. Frances McDormand subió un poco la temperatura pidiendo igualdad de trabajo para las mujeres (y estuvo bien), y el premio mayor lo entregaron Faye Dunaway y Warren Beatty en revancha de la monumental gaffe de 2017. El rating global de tanta asepsia descendió un 16% en el estimado por Nielsen. Miedo: ni pena, ni gloria.

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