Jennifer Lawrence sigue demostrando que es una actriz absolutamente versátil y capaz, que puede cambiar de registro en medio de una escena, que puede hacer todo bien. Por eso Operación Red Sparrow, sobre una joven espía rusa entrenada para usar el sexo como carnada, funciona bien a pesar de ciertas arbitrariedades y muchos lugares comunes que se acumulan en la segunda parte del filme. El duelo con la gigantesca Charlotte Rampling, de una perversidad tremenda, es lo que permite que el espectador se mantenga en tensión incluso ante una historia más bien convencional. No es un filme especialmente memorable, pero sí un buen ejemplo de cómo los intérpretes pueden justificar una historia.