Perdonará el lector cierta obsesión, pero a veces escribir una nota obliga a escribir otra. Hace un par de semanas hablamos aquí de los primeros cinco largometrajes de Disney, obras capitales del cine de imaginación y además claves en el desarrollo de las tecnologías de la imagen. Entre esas películas aparecía -es la primera, claro- Blancanieves. Y haciendo la lista de los largos de Disney, resulta que el cuento de hadas con princesas, salvo en los últimos años, es más una excepción que la regla. Por otro lado, la representación de las mujeres en esas películas acompaña el contexto pero, de cierta forma, tenían siempre un costado más “avanzado” de lo que aparece a primera vista. Como regla general, uno no puede juzgar los comportamientos o las representaciones de una época con los criterios de otra: si leyeran hoy lo que Marx opinaba de los aborígenes americanos, seguramente se escandalizarían.

Así que esta columna va a hablar sobre las princesas de Disney. En vida, Disney produjo solo tres largometrajes que cuajan con el género “cuento de hadas” estricto: Blancanieves (1937); La Cenicienta (1950) y La Bella Durmiente (1959). Si consideramos que en vida don Walt realizó 19 largos animados, veremos una proporción más bien magra. Las aventuras “de princesas” recién volvieron en 1989 con La Sirenita, alcanzaron el éxito mayor con La Bella y la Bestia en 1991; después solo aparecieron Pocahontas y Mulan, y el asunto tomó más fuerza con La princesa y el sapo, Enredados, Frozen y Moana. Son diez películas de 57.

Veamos los estereotipos. Blancanieves era la joven angelical y virginal que se ocupaba de la casa y la familia, en contraposición a la Reina, que solo quería ser bella y pensaba en sí misma. Los EE.UU. estaban apenas saliendo de la Depresión, las familias en muchos casos se habían disuelto y, antes de la caída del ‘29, muchas jóvenes urbanas habían alcanzado una libertad que excedía los “valores familiares”. Era lógico pensar en la contraposición de esos dos modelos y la opción por la más “familiar”. Es cierto que cualquier feminista puede poner el grito en el cielo por esa historia, pero hay que pensar en su contexto y en que esa película, además, muestra una madurez del personaje central, aún cuando nos parezca hoy fuera de lugar.

La Cenicienta es, en todo caso, peor. En 1950, plena Era Eisenhower, se pretendía que la mujer fuera al mismo tiempo sostén del hogar, hacendosa y sexy, todo al mismo tiempo. Era el comienzo de la enorme popularidad de los electrodomésticos y la popularización de la moda para todas. Todo eso está en La Cenicienta, que busca también la “liberación” a través del señor que la salve. Pero hay dos detalles. Una, es un personaje activo que lo intenta todo, va a buscar al hombre (Blancanieves en eso es totalmente pasiva) y, además, ese hombre no quiere, necesariamente, casarse. Esa tensión es interesante porque refleja esa década.

Y La Bella Durmiente es todo lo contrario del cuento de hadas “femenino”. Aurora es solamente una excusa porque de lo que se trata -véanla de nuevo- es de cómo el Príncipe Felipe mantiene su virtud ante el ataque de una mujer resentida (Maléfica, el gran personaje de la película). Es probablemente la primera película de peso masculino de Disney. Y Aurora es, por otro lado, aquellas princesas “de antes” que ahora quiere salir al mundo, que se harta de que se lo impidan por miedo. Vista desde ese lado, es un avance muy grande.

Cuando los cuentos de hadas volvieron, La Sirenita era una comedia romántica donde ella tomaba las riendas del romance. Y La Bella y la Bestia directamente da vuelta las cosas: es Belle -intelectual, inteligente, sin ganas de casarse, urbana en el sentido más amplio del término- la que hace y deshace, la que transforma a la Bestia. En última instancia, como el mundo no cambia, se evade y se va al castillo con el Príncipe, pero porque la aldea, chata y plana, carece de la imaginación suficiente como para aceptarla. Es poco lo que podemos decir de Pocahontas o Mulan, salvo que, en el primer caso, no hay final feliz y la princesa salva al hombre, mientras que en la segunda la princesa se vuelve hombre para cumplir su destino, en un acto casi revolucionario para esta clase de películas. Esa tendencia ha permanecido en las últimas películas, donde es el destino y la voluntad de la mujer la que mueve la trama y deja empequeñecidos al “hombre salvador”, además de tocar otros temas que eran vedados para las mujeres: el éxito comercial (La princesa y el sapo), el conflicto madre-hija o la necesidad de la maternidad (Enredados) y el amor entre mujeres (en este caso, hermanas, en Frozen). Todo esto sirve sobre todo para entender algo: el cine popular no fija ideas ni obliga cambios, sino que refleja a la sociedad a la que se dirige. Si Disney, después de casi dos décadas de capa caída en los 70 y 80, volvió al éxito con historias tradicionales no se debe solo al diseño sino a haber comprendido que el mundo cambia de manera vertiginosa y que los valores acompañan esos cambios. De allí que, además, estas películas hayan crecido también en la cantidad de humor que contienen. Salvo un par de excepciones en esta lista, se trata de filmes que no solo son cuentos de hadas, no solo son aventuras con mucho movimiento, no solo son musicales donde las canciones hacen avanzar la trama (todo lo que implica la pura fantasía) sino también comedias, donde la distancia que genera la risa también crea la reflexión. Cada época, pues, tuvo sus propias princesas, y son aún muchas menos de las que el lugar común imagina.