Bueno, tenemos el G20, que es algo importante y del cual podríamos escribir pero no en este suplemento ni en esta página, cuyo objeto es sacarlo de la rutina a través de películas. Resulta que este fin de semana, por la reunión famosa, cine hay poco y también hay posibilidades más bien restringidas de pasear por ahí. Y hace tiempo que quería contarles de una obsesión que no tiene nada que ver con el cine (o sí, pero no vamos a explicarlo porque somos un poco perezosos): revisar todos y cada uno de los juegos que aparecieron para Commodore 64 en los años ochenta.

Fue mi primera computadora, y seguramente la primera computadora de muchísima gente, dado que a la fecha el coso ese medio amarronado y redondeado es el ordenador hogareño más vendido de la historia. Aunque nos decían que tenía un BASIC de enorme potencia, lo comprábamos para jugar, no para programar. Luego, el tiempo lo extinguió (claro que se puede conseguir alguno, pero son tremendos armatostes si contamos la diskettera indispensable, y tienen la potencia de cálculo del chip de una tarjeta SUBE, sin exagerar) pero los programas quedaron. Uno puede encontrar emuladores que hacen de nuestra ultramoderna Core i7 aquel arcaico circuito. Y está bien, porque también hay muchos juegos para bajar en línea. Casi todos, les diría.

Si quieren un buen emulador, el más fácil de usar es el WinVice, que tiene versión gratuita y es completo. Se baja rápido y emula casi toda la línea Commodore, incluyendo el Vic-20 y la 128. Si quieren bajar juegos, el sitio más completo es www.c64.com, donde agregan constantemente. Pero si recuerdan alguno que no está ahí, pueden hallarlo con bastante facilidad. Hay muchísimos fanáticos colocando versiones para estos programas on line todo el tiempo, y en la mayoría de los casos no hay piratería porque los copyrights suelen pertenecer a empresas que ya no existen. Así que nos animamos a estas recomendaciones.

Ahora bien: dime a qué juegas y te diré quién eres. No voy a recomendarles “los mejores juegos” sino los que todavía juego con mucho placer y a veces con no poca frustración (porque han pasado treinta años y todavía no aprendí a dominarlos, debo confesar con absoluta vergüenza). En general son programas que obligan a uno a pasarse la tarde frente a la pantalla y valen la pena. Como esta computadora no era poderosa, hacía uso ingenioso de los gráficos de baja definición para crear entornos de juego sintéticos que permitían al aficionado “entrar” en la aventura que proponían. Hoy esos diseños de sprites de ocho bytes son realmente joyitas por la capacidad que tenían para, con pocos colores y menos detalles, transmitir todo lo que un juego podía dar.

Algunos de los juegos basados en películas son muy buenos. Mi favorito siempre fue Aliens, de Activisión, que reproducía la película de James Cameron (y hasta incluía fotogramas escaneados). Tardaba un poco en cargar. Primero había que conducir una nave hasta el planeta por una serie de círculos. Luego, rescatar a cuatro marines del nido de aliens. Más tarde, escapar del ataque a la estación planetaria matando bichos con un lanzallamas. Después venía un tremendo laberinto donde, para zafar, los marines que uno lograba salvar se se podían suicidar con una granada. Seguía el rescate de Newt de la reina Alien (era complicado pero tenía un truco: apuntar un lanzallamas a los huevos) y, finalmente, el combate con esta reina mano a mano. Duraba poco más de una hora y sigue siendo hermoso y, con un poco de mano, no tan difícil.

De laberintos era tambien Getaway of Apshai, donde un tipito amarillo iba recorriendo laberintos y enfrentando monstruos para ganar puntos, armas, etcétera. Lo más parecido que había en 1982, digital y con joystick, al Dungeons & Dragons. Cada laberinto tiene un tiempo para recorrerse y uno tiene que abandonar (sí, tal cual, pasar a otro) con lo que haya podido encontrar antes del segundo final. Se manejaba también con algunas teclas que permitían pelear, abrir puertas secretas o desactivar trampas. Visualmente era simple pero, después del cuarto nivel, bastante difícil (son 24 niveles y hay 8 laberintos para cada uno).

Express Raider es pura acción. Es un juego de cowboys donde hay que esquivar perros rabiosos, subir a trenes, agarrarse a trompadas con malhechores y, desde un caballo, perseguir otro tren desde el que nos dispara constantemente -y acertar a los tiradores para seguir en juego. Muy dinámico, los gráficos eran muy buenos y funcionales.

De las carreras de autos, para mí el mejor siempre fue PitStop II. La pantalla se dividía en dos ventanas horizontales para dos jugadores. Las llantas se desgastaban, había que entrar a boxes cada tanto, los efectos de la pista eran absolutamente realistas y uno podía pasarse horas haciendo campeonatos con amigos. Los gráficos siguen siendo de una precisión tremenda.

Juego tranquilito pero apasionante, Leader Board Golf III, que solíamos jugar también en campeonato. Permitía medir dirección, fuerza, cambiar el palo (las maderas, para tiros altos y en general cortos; los hierros, tiros bajos y largos, el PW, para el green) y en el modo más complejo, el viento molestaba mucho. Era muy realista y simple la manera de indicar la inclinación del terreno. Sigue siendo extraordinario como simulación incluso si tiene gráficos bien funcionales.

Y uno viejito pero lindo, Wizard of Wor, que había sido clásico en los arcades en 1980. Uno es una especie de astronauta en un laberinto, matando bichos y eludiendo a un mago tremendo. Se podía jugar de a dos en colaboración, aunque si se mataba al compañero, uno sumaba más puntos. Por momentos era enloquecedor. Pero los colores llanos le daban un no sé qué de encantador. Ah, nostalgia. Todos disponibles on line, de paso.

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