Hay una generación de realizadores en Hollywood a los que podemos llamar “post-posmodernos”. No son aquellos que consideraban la mezcla de géneros y citas de un pasado clásico como material para construir sus propios filmes: esas son las generaciones que tuvieron éxito en los setenta y ochenta, especialmente los de la factoría Spielberg -y él mismo-, sino los que vinieron después y se nutrieron de estos auténticos “posmodernos”. Esa generación, por edad, incluye a Quentin Tarantino, J.J. Abrams, Brad Bird, Tim Burton y, entre los más jó- venes, a Paul Thomas Anderson. Como curiosidad, el más “viejo” de la lista es Bird, que cumplió 60 pero pasó muchísimo tiempo en la TV antes de pasar al largometraje. Tarantino está en el medio. Todos tienen entre 45 y 60 y su trabajo central comenzó a mediados de los años noventa, con alguna excepción. Anderson saltó a la fama con su segundo largometraje, Boogie Nights-Juegos de placer, sobre el mundo de la pornografía, y es quizás el más influido por Martin Scorsese del lote.

Sin dudas Paul Thomas Anderson es de los cineastas más dotados técnica y narrativamente de los últimos veinte años. Suele utilizar grandes planos secuencia -es decir, toda la acción de una secuencia sucede sin que la cámara corte para pasar a otra imagen-, muchas veces de gran complejidad tanto en la coreografía de actores y circunstancias como en el movimiento de la cámara. También utiliza pocos primeros planos de rostro, y mucho el plano americano o general para mostrar al personaje en su entorno. Eso es sustancial porque sus películas contienen una puesta en escena muy elaborada donde no hay un solo elemento al azar, todos significan algo y aportan a la trama y la continuidad narrativa.

Ahora bien: sus películas abarcan tres temas. El primero es la vida de un pequeño grupo de personajes un poco excéntricos (apostadores en Vivir del azar, productores de pornografía en Boogie Nights, una secta en The Master, etcétera), que se describe casi a modo de una familia, aunque siempre hay elementos que estallan y la rompen. Justamente el elemento que suele romper el grupo encarna el segundo tema: la obsesión de un personaje hasta puntos destructivos o autodestructivos. Eso aparece de manera muy clara en Embriagado de amor y Petróleo Sangriento, aunque ambas películas tienen finales totalmente opuestos (uno feliz, otro, trágico). El tercero es la tensión entre el azar (entidad material) y la Providencia (que es una capacidad divina, o si se quiere metafísica). Siempre hay algo aleatorio en cómo los personajes se encuentran o construyen sus lazos, pero a veces eso parece “destinado”, “provisto” por un orden superior. Embriagado... o The Master son ejemplos, pero la película clave en ese sentido es Magnolia, que narra muchas historias y las relaciona en parte por azar, en parte como un puro acto de voluntad. El juego entre el azar y la nmecesidad es uno de los más interesantes en la obra del director.

Su carrera no tiene demasiadas películas, así que es posible aquí recomendar lo esencial.

1) Boogie Nights. Ambientada a finales de los años setenta y principios de los ochenta, cuenta la historia de un adolescente -Mark Wahlberg- que se transforma en estrella del porno, de la vida cotidiana de esa pequeña familia de outsiders del cine comandada por el patriarca-director que encarna Burt Reynolds, y del paso de un mundo glamoroso y libre a otro oscuro y triste. De la era Carter a la era Reagan, del sexo libre al SIDA, del fílmico al VHS, del disco al rock violento. Hay mucho para ver en esta película con una ternura rara, que en realidad transcurre en solo un par de años, aunque parece más.

2) Magnolia. La película comienza con una especie de documental sobre casos extrañísimos, como el suicida que muere asesinado, o lluvias de ranas. Y enlaza la historia de varios personajes, desde un ex niño prodigio hasta un conferencista motivacional (un impresioante Tom Cruise), pasando por un policía de buen corazón y el enfermero de un magnate que agoniza. El enrelazamiento es virtuoso, y cuenta con una gigantesca secuencia cantada que está entre lo mejor de los últimos veinte años en el cine (las canciones de Aimée Mann para el filme son bellísimas).

3) Embriagado de amor. Dicen que es la mejor película de Adam Sandler (lo que implica desconocer el cine de Adam Sandler), pero no importa. Es una gran comedia excéntrica, con momentos incómodos y otros de una ternura infinita, donde dos personas que viven un poco aparte del mundo (un vendedor de cosas de plástico que un día, por soledad, contrata sexo telefónico, y una adorable y un poco loca Emily Watson) se enamoran. Pasan mil cosas, las obsesiones de ambos son rarísimas, y todo termina como corresponde a toda comedia romántica. De paso: gran secundario de un actor clave en el cine del realizador, Phillip Seymour Hoffman.

4) Petróleo Sangriento. Esta película es impresionante desde lo visual y temático (la vida y el crecimiento de un magnate del petróleo a principios del siglo XX), aunque también es bastante discutible (quienes la odian tienen algo de razón). La primera secuencia, casi sin palabras, con un terrible accidente minero, es increíble, y la épica de muchas de sus imágenes es apabullante. Daniel Day-Lewis da cátedra y el duelo con el falso profeta que encarna Paul Dano es, nuevamente, el falso conflicto entre materia y espíritu.

5) The Master. Lejanamente inspirada por la vida del fundador de la cientología, L.R. Hubbard, es en realidad la relación primero magistral, luego ensa, entre un lúmpen puro instinto y materia (Joaquin Phoenix) y un gurú religioso-espiritual (Phillip Seymour Hoffman). Como suele pasar en el realizador, la materia termina ganando, aunque siempre con una pérdida. No solo es una película virtuosa, como el reso de la obra del realizador, sino también inteligente: todos tienen algo de razón, incluso en los peores momentos. Casi su obra maestra.