Cuando se habla de la pornografía, suelen escucharse mucho más las voces en contra que las voces a favor. No es que no existan las segundas (de hecho, esta columna que lleva casi diez años en BAE Negocios pertenece a ese conjunto), sino que da un poco de vergüenza decir "sí, veo porno, me parece bien" o, mucho peor, "me gusta el porno". Por experiencia personal -ya lo sé, incomprobable-, esa vergüenza se va revirtiendo entre dos públicos: el más joven -menores de treinta años- y las mujeres. Eso sí, pueden decir desenfadadamente en privado que gustan del género o lo consumen, pero no en público.

Justamente, el hecho de que el video, el DVD y finalmente Internet hayan logrado que el porno se convirtiese exclusivamente en un consumo privado es la razón por la cual muchas personas se han "liberado" para verlo. Lo que genera una situación paradójica: todos saben, todos ven, todos consumen pero difícilmente lo defenderían en público. Y a veces es necesario.

La mayoría de los problemas y dilemas del cine “común” pueden apreciarse mejor en la pornografía

Hoy el mundo ve un movimiento de pinzas doble, bastante peligroso, y que excede este pequeño asunto de gente desnuda teniendo relaciones sexuales frente a una cámara. Por un lado, un creciente conservadurismo que, paradójicamente, se monta sobre ideas que se creen "progresistas". Todas las discusiones anti pornografía de cierto feminismo, o las que utilizan la explotación sexual o la pedofilia como motivos de prohibición. Por otro, el crecimiento de un autoritarismo nacionalista -aquí, allá y en todas partes, de derecha e izquierda- que busca un "ciudadano modelo" carente de vicios, algo que vimos en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo pasado, de ambos lados de la Cortina de Hierro (y mucho antes de que se construyera). Sea con buenas o malas intenciones, la corrección política utiliza argumentos falaces y se arroga el derecho de decidir por otros respecto de lo que pueden o no ver, "por su salud mental y psicológica". Esto no cambia el hecho de que el porno se consuma cada vez más y en privado. Porque una cosa son los discursos y otra, muy diferente, lo que las personas hacen o desean.

Antes que nada, es cierto que en el porno hay abusos y que existe la pedofilia. Ambas cosas exceden la existencia de una industria pornográfica legal y monitoreada por el Estado, que es de lo que nos ocupamos aquí. De lo segundo, podemos preguntarle a la Iglesia, por ejemplo, una de las instituciones que más combate la pornografía (es rara la relación de la Iglesia con el sexo a lo largo de los siglos, pero requiere otra columna). En cuanto a lo primero, la legalización del porno permitió, en gran medida, reducir esa explotación.

Ahora bien, vamos a lo capital: ¿por qué consumimos pornografía y para qué sirve? En términos puramente biológicos, el porno no sirve para nada. Podemos vivir sin porno. También podemos vivir sin la obra de Mozart, de Miguel Ángel, de Proust o de Hitchcock. Para morfarnos un bife no hace falta leer Macbeth. Pero sí necesitamos a Mozart, Proust, Hitchcock, Miguel Ángel, Macbeth y el porno, porque somos humanos y nuestra mente crea cosas, imagina y desea mucho más de lo que podemos vivir, y esa -entre otras muchas- es una de las razones por las que inventamos las artes. El porno, ese arte menor, lateral y vergonzante, es el principio catártico de nuestros deseos físicos más profundos. Es el cable a tierra de esas pulsiones que no podemos cumplir en la vida real (el cine en general, también: tanto queremos participar en una orgía de senos turgentes como disparar rayos láser con los ojos, por ejemplo), pulsiones que nos resultan vergonzosas. La verdad del asunto es que la pornografía existe desde los principios de nuestra cultura, y que la representación del sexo tiene una historia tan rica y monumental como la de cualquier otro arte.

Por otro lado, la pornografía cinematográfica tiene una característica muy interesante que nos permite pensar muchos de los problemas del cine -y del arte en general. Por un lado, la mayoría de las (verdaderas) películas optan por una trama, una historia a contar que es absolutamente ficticia. Por el otro, el sexo mostrado debe ser real, las imágenes deben ser documentales en el sentido estricto del término. Todavía muchas personas confunden a los personajes con los actores, la ficción con la realidad. Y gran parte del pensamiento sobre el séptimo arte pasa por esa reflexión sobre los límites de lo real y qué significa eso de "representar". Pues bien, en el porno eso logra sacarnos un poco de quicio. Incluso en los clips de no más de 20 minutos, se abre todo con una situación narrativa que establece la relación entre los participantes del acto sexual y el motivo por el cual terminan desnudos. Ahí hay ficción pura: ese señor no es plomero, esa muchacha no es una señora a la que se le tapó el desagüe de la cocina. Pero lo interesante es que, una vez que comienza el sexo, esa situación sigue funcionando de modo inconsciente y potencia (si todo está bien hecho, convengamos) la acrobacia genital con una emoción que es la que verdaderamente causa la excitación.

Así son las cosas: la excitación sexual que provoca el porno no viene de la simple imagen de la penetración, sino de todo lo que la rodea, desde el ficcional cuerpo de las estrellas -que es producto de una puesta en escena- hasta la forma de iluminar, de fingir gemidos o de montar las imágenes. Es decir, de todo lo que es manipulación. Pero resulta -otra vez lo que nos permite pensar sobre el asunto- que eso que vemos es absolutamente real, también. No se finge una penetración (si no, no sería pornografía, justamente). Gran parte del valor de este tipo de cine consiste, ni más ni menos, en ser cine.

Claro que hay cada vez menos pornografía y que, cosa curiosa, la estética demasiado explícita del porno invadió el resto del cine, incluso el apto para todo público. Lo oculto, el fuera de campo que crea suspenso y tensión, ha sido sustituido por imágenes -incluso imposibles, siempre inventadas- que lo muestran todo. Y ambas estéticas se están uniendo. Tema para otra columna.

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