Hay algo que no se suele decir con la fuerza con la que corresponde: la pornografía, en general, no solo es inocua sino también bastante inocente. Especialmente después de los años ochenta, cuando los productores tuvieron bien claro que los mayores consumidores de películas XXX eran los varones post-adolescentes hasta los 25 años (menores de edad, claro, también, aunque no de manera "legal": confieso que vi mi primera porno a los 16 y con un pánico atroz). En los años setenta, el público era especialmente adulto y las tramas tendían a la liberación de represiones varias, como lo demuestran clásicos como The Opening of Misty Beethoven, Taboo o Detrás de la puerta verde. Había un pacto entre los realizadores y los espectadores que podía resumirse en "vamos, somos grandes, a gozar juntos que para eso somos adultos libres y responsables".

La fantasía en el cine pornográfico se circunscribía a hacer real y visible aquellos deseos que no nos atrevíamos a confesarnos. Ahora los podíamos ver, ahora los podíamos vivir -el mito del cine, del que alguna vez hablamos- por pantalla interpuesta. De hecho, las parodias porno (Flesh Garden, Alice in Wonderland-The Musical, The Passions of Carol) servían para reírse de los originales mostrando aquello que la fantasía obligaba a ocultar. "Ya no somos niños" era el slogan no declarado que se escuchaba detrás de la realización de estas películas.

Pero el asunto fue mutando y la fantasía visual o el uso de la sátira pasó a ser una manera de "enganchar" a espectadores cada vez más kóvenes alrededor de aquello que formaba parte de su propia experiencia cultural. Así uno ya no se reía de Star Wars sino que veía la relación incestuosa entre Luke y Leia que su cerebro adolescente y calenturiento (y poco imaginativo, ademá) había pergeñado. Las películas llenas de superhéroes, personajes populares o las "parodias" de filmes fantásticos y populares servían para enganchar al nerd de cerebro quinceañero.

Aún cuando es un contenido que no está hecho para niños, el consumidor promedio de porno es bastante infantil

Aunque no siempre. Una cosa notable de estas películas consiste en cuáles son los modelos a parodiar. Hagamos aquí un pequeño paréntesis para entender que la parodia de cada época está sintonizada con la cultura general de cada época. Algunos chistes de las películas de Mel Brooks de los años setenta serían incomprensibles hoy porque -no hay una manera más amable de decirlo- la gente lee menos y ha perdido mucho de esa cultura general de la que hablamos. Es un cambio demasiado notable, pero no es el objeto de esta columna tratar de elucidar por qué o hasta qué punto es válida tal declaración. La parodia es una manera de desarmar cierta verdad de lo falso. Ahora, un segundo paréntesis: el porno se produce rápido y por eso es fácil encontrar realizadas, en su propio sistema evolutivo a pura velocidad, muchas de las tendencias que tardan en hacerse estándar en el resto del cine. El porno no tiene red y por eso funciona de esa manera.

Así que, regresando, en los ochenta y noventa la parodia dejó de ser tal para que las películas porno simplemente fueran versiones clase Z de películas conocidas, hermanitas pobres -y díscolas- del cine general, lo que implicó al mismo tiempo "bajar" cualquier pretensión adulta. Porque el público del cine en general se fue volviendo adolescente. De allí que quienes hacen hoy grandes "tanques" y tienen sensibilidad estética, usan el asunto para introducir, de contrabando, reflexiones un poco más agudas que la simple trama de trompada y patada que el blockbuster suele ofrecernos. Así estamos y el porno acompaña esta "infantilización" de la narrativa. Dicho de otro modo, y aunque suene contradictorio, nunca el porno fue más infantil e inofensivo que ahora.

Pero como siempre hay excepciones, mencionemos una, que ya tiene casi veinticinco años. Se llama Le picanti avventure erotiche di Amleto, o Las picantes aventuras eróticas de Hamlet, realizadas por ese maestro de aprovechar el mango al mango llamado Luca Damiano. La película se promocionó como "realizada con el mismo vestuario del film de Franco Zeffirelli", y vale la pena recordar que aquel amanerado realizador hizo un Hamlet a principios de los 90 con Mel Gibson como el príncipe danés y Glenn Close como su madre. También podemos asegurar que la de Luca Damiano é molto meglio.

El filme es completamente porno pero respeta secuencia a secuencia la obra de William Shakespeare de un modo asombroso. Incluso más si pensamos que no elude ninguna situación, dura dos horas (en la versión definitiva del director) y abunda en momentos donde el único diálogo está compuesto por jadeos. Por eso solo ya es una de las mejores adaptaciones del Bardo a la pantalla. Nunca olvide el lector que Shakespeare era un artista popular que llenaba sus obras con fantasías, cambios de escenarios, chistes, crímenes y lujuria para entretener a sus espectadores. Además era uno de los más grandes poetas de la historia humana, pero entendía que todo se entiende mejor desde la fascinación divertida. Eso es lo que provee la película de Damiano.

Que, además, tiene momentos increíbles, como la obra dentro de la obra que cierra el cuarto acto, aquí una orgía. O el famoso monólogo del primer acto transformado en "to fuck or not to fuck". O el final felicísimo donde todos los actores, incluso los que interpretan a personajes muertos, bailan una canción genial ante los espectadores, como perfectos entretenedores agradeciendo la atención y el goce compartidos. Todo este despliegue totalmente desaforado, fuera de cualquier proporción, habla de una actitud adulta y culta a pesar de todo: se nota que Damiano leyó Hamlet, que sacó de sus episodios aquello que le daba excusas para el sexo, y que cree que ese humor paródico va a causarle gracia al espectador, lo que implica que crea que el espectador también leyó Hamlet (y no solo vio la película de Gibson). Es un regreso al porno "adulto" que fue el verdadero origen del género antes de que se infantilizara a la par de un público poco curioso e incapaz de imaginar que el mundo no comenzó cuando ellos nacieron.

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