El tema de estas semanas en Hollywood ya no es la presencia de minorías en las películas, alguna acusación de abuso sexual o la fusión de megaempresas del entretenimiento. El tema de estas semanas es el Oscar por "aclamación popular", una nueva categoría propuesta por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood para volver a atraer a la entrega anual a la masa de espectadores que desertan, año a año, de la maratónica transmisión televisiva. La Academia considera -con algo pero no toda la razón- que uno de los motivos por los cuales la audiencia decrece consiste en la falta de atractivo de las películas. "Algo de razón": si uno ve cuáles son los filmes más taquilleros del año (o, mejor, los que generan además mayor conversación global a través de redes sociales y el inmenso aparato de publicidad y difusión que rodea al blockbuster) notará que, a la hora de las categorías principales, ese cine, el más visto del universo conocido, aparece subrepresentado. No es raro que, al menos en el último lustro, el ganador del Oscar principal a Mejor película (que es, se recuerda, para el productor) sea también el ganador de los Independen Spirit Award, es decir de las películas de menor presupuesto -y, de paso, también menos populares, en un tiempo donde se ha abierto una grieta en los modos de producción-. Dicho en otras palabras: la mayoría de los televidentes desconoce las películas que ganan los premios principales.

El remedio de un "Oscar Popular" ha sido aplaudido por muchos en Hollywood. Permite a las estrellas que trabajan específicamente en ese campo un reconocimiento por su trabajo -muchas veces complejo aunque no suele notarse- y genera además una segunda difusión para cada película con las campañas para los premios, todo un negocio en sí mismo. En general, las películas de mayor presupuesto, estrenadas en los meses del verano boreal (aquí, vacaciones de invierno y alrededores, porque seguimos miméticamente el calendario estadounidense en el cine), salen en video o SVOD justo en la temporada de candidaturas a los premios. Es decir: le permite un segundo aire a las películas -e incluso un premio podría darles un restreno en pantalla grande también a nivel global.

Pero el verdadero problema de los Oscar -y de muchos premios, también del circuito de festivales- consiste en que el público deserta de las salas. Solo va a ver a los cines aquello que le promete un tipo de entretenimiento inmersivo que no puede conseguirse aún con los dispositivos hogareños. De allí que los espectáculos más grandes además apelen a un público que incluye a niños y adolescentes, que ya no solo no son audiencia de los Oscar sino que desertan en general de la televisión, sobre todo de la lineal. El "Oscar popular" puede darle un pequeño aire a una ceremonia por norma aburrida, pero no resuelve el fondo de la cuestión.

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