Hoy vamos a hablar de un realizador que, en los últimos tiempos, no se ha destacado particularmente. Pero cuando comenzó a dirigir en los años ochenta, logró renovar muchos de los lugares comunes de Hollywood. Se llama Rob Reiner y parece un tipo feliz.

Reiner es hijo de Carl Reiner, uno de los mayores cómicos de la historia estadounidense (lo recordarán como el viejito de la serie La gran estafa, por ejemplo, pero fue el cerebro de esa joya de El show de Dick Van Dyke). Comenzó como actor y se convirtió en un personaje de culto gracias a la serie All in the family. Reiner era el hijo un poco chambón de la familia y llegó a dirigir varios episodios.

La primera oportunidad de dirigir fue con un filme de culto, This is Spinal Tap, el primer gran "mockumentary" (es decir, un falso documental hecho para la burla) cuyo verdadero cerebro fue Christopher Guest, actor en la película y creador desde entonces de muchos "mockumentarys" desopilantes. Spinal Tap es la historia de un falso grupo de Heavy Metal que se reune para una gira de mala muerte y es una cima del humor.

El estilo de Reiner es clásico, y no carece de trucos visuales pero nunca -nunca- son evidentes. Nos concentramos, sobre todo, en los personajes y en lo que dicen -es un gran filmador de diálogos- y recién cuando la escena surte efecto (por lo general, la risa), empezamos a darnos cuenta del contexto de ese diálogo. Ejemplo: en Cuando Harry conoció a Sally..., Harry le cuenta a su amigo Jess cómo su mujer lo abandonó por otro. Lo hace en frases cortas. Están en un estadio de base-ball y hay gente haciendo la ola. La ola coincide con cada remate patético del relato y eso -que es visual- amplifica el efecto cómico de la triste, casi trágica, historia de Harry. El método Reiner al extremo.

Aunque es un perfecto narrador, muchas de sus películas en realidad pueden dejar de lado la pertinencia para el cuento para reflejar la emoción de un personaje. Es de los directores cuyo mayor acierto -y en muchos casos, también defecto- consiste en querer mucho a todas sus criaturas. Incluso al monstruoso coronel Jessup de Cuestión de honor, ese lindo Oscar de Nicholson. Escenas adventicias pero inolvidables hay en todas sus películas con la excepción de Misery, su enorme aporte al terror y el suspenso (aunque nunca realizó una película directamente sobrenatural).

El puñado de películas -ya mencionamos varias- que le dan peso en el cine contemporáneo no pierde nada con la revisión. Resumámoslo en estas.

1) Cuenta conmigo. Basado en un cuento realista de Stephen King (fue el primer filme grande sobre uno de ellos), es el perfecto "coming of age", ese tipo de relatos del paso de la infancia a la adolescencia. Un grupo de chicos un poco desclasados sale a una aventura: encontrar el cadáver de otro chico muerto, desaparecido en un bosque. El camino está lleno de confesiones, de cuentos, de miedos, de una experiencia de amistad compartida imborrable. Es una película agridulce, por cierto, y el hallazgo del cuerpo es más triste que truculento (Reiner lo muestra de ese modo, algo notable). La secuencia del puente y el tren sigue siendo de antología.

2) La princesa prometida. Un abuelo -Peter Falk- le cuenta un cuento de hadas a su nieto, pero vemos que lo va modificando para adaptarlo a la sensibilidad del niño, o no. Hay mucho humor, pero en lugar de sátira del género, es una amable reivindicación de lo que tiene de noble y de aventura. La princesa de Robin Wright es valiente y moderna. Pero se lleva las palmas el personaje de Mandy Patinkin, ese pirata buenazo que quiere vengar -en una secuencia memorable- el asesinato de su padre. Hay una moral férrea en estas películas.

3) Cuando Harry conoció a Sally... Podemos escribir muchas páginas sobre este filme que, quien lo vio, recuerda de memoria. Pero lo más interesante consiste en cómo Reiner -con el guión impresionante de la genial Nora Ephron- encuentra la acidez suficiente para revalidad el romance al final de la era yuppie. Todos los personajes, hasta el más fugaz secundario, son queribles, y la narración, hecha a modo de viñetas y de saltos temporales, resulta de una modernidad más próxima a la Nouvelle Vague que al Hollywood adocenado de hoy. Obviamente gran parte del mérito es de Billy Crystal, Meg Ryan y los gigantes (y fallecidos) Carrie Fisher y Bruno Kirby. Además es la gran película sobre Nueva York en otoño.

4) Misery. Una pequeña hazaña narrativa. Casi todo el drama transcurre a puertas cerradas entre un escritor de culto que escribe la novela donde mata a la heroína de su saga, y la fan número uno, que lo mantiene -de manera truculenta- en cama tras un accidente para que escriba lo que ella quiere. James Caan y la enorme -literalmente- Kathy Bates tienen un duelo tremendo de suspenso. La secuencia final, con un raro fuera de foco, es una lección de cómo crear miedo en el espectador.

5) Cuestión de honor. Probablemente la mejor película sobre la cuestión de la obediencia debida, con guión del gigantesco Aaron Sorkin. Tom Cruise es un abogado militar que vive de arreglar cosas sin llegar a juicio, y se encuentra con un caso de asesinato en la base de Guantánamo. El asunto es una tragedia, pero Reiner filma a los tres abogados (Cruise, Kevin Pollack y la extraordinaria Demi Moore) como personajes de pura comedia y eso logra equilibrar la monstruosidad de los personajes de Kiefer Sutherland y Jack Nicholson. La secuencia final que enfrenta a Cruise y Nicholson es, hoy, parte de la cultura popular de cualquier país, con su "You can°t handle the truth" ("No podés manejar la verdad").

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