Existen muchos libros sobre cine. Pocos son los que permiten entender el cine y discutir su forma de manera enjundiosa. Uno de ellos es Notas sobre el cinematógrafo, una serie de breves apuntes, a veces solo aforismos, realizados por uno de los mayores cineastas de todos los tiempos, el francés Robert Bresson. Es un libro fácil de leer pero cuyos conceptos pueden confundirnos. Por ejemplo, decía que no había que hacer “cine”, en el sentido de forzar lo artificial o el acento sobre lo técnico. O que los actores debían ser “modelos”, aunque para él implicaba que cada rostro fuera el modelo más preciso del personaje a retratar. Bresson creía sobre todo en la imagen y muchas veces, cuando utilizaba la palabra (en su caso, dado que algunas de sus películas lo muestran devocional y religioso, quizás habría que decir la Palabra), funcionaba como contraste de las imágenes, para crear un estado de inestabilidad bastante extraño.

Bresson fue uno de los pocos realizadores que se salvó cuando los jóvenes turcos de la crítica de los años cincuenta, especialmente Jean-Luc Godard y Francois Truffaut, decidieron destruir la tradición “literaria” del cine francés, la famosa “qualité”. Para ellos, Bresson era otra cosa, un verdadero mago de las imá- genes, un moderno hiperrealista que creaba formas específicamente cinematográficas incluso cuando adaptaba obras literarias lo hacía de modo específicamente cinematográfico. Es la fuerza de la imagen y del uso de los personajes en el espacio lo que narran la historia, y no importa la fidelidad de la adaptación.

Dijimos más arriba que hay algo de religioso en el cine de Bresson, de modo consciente además. En sus películas siempre existe la posibilidad de la redención para quienes han pecado, y casi todas se tratan de si se toma o no la decisión correcta, si el personaje juega a redimirse. La respuesta es compleja siempre, y fue variando con el tiempo. En ciertos puntos de su carrera, parece que la capacidad de redención permanece siempre intacta. Pero en sus últimas películas -más precisamente en su notable despedida, El dinero-, eso se disuelve en un pesimismo notable. En todas partes se siente la presencia de Dios, aunque no hay nada específicamente fantástico en sus películas. Es la idea -subtítulo de Un condenado a muerte se escapa, además- de que “el viento sopla donde quiere”, es decir que el Espíritu Santo (la Gracia) pueden aparecer en cualquier parte. No estamos condenados de antemano.

El estilo de Bresson es absolutamente realista. Planos a veces largos, fijos, sin grandes movimientos de cámara a menos que sea absolutamente necesario. En ocasiones opta por una iluminación casi expresionista (el plano final de El dinero, ciertos momentos de Lancelot du lac o Un condenado..., varias tomas de El carterista) para resaltar la lucha entre lo oscuro y lo luminoso. A pesar de ello, no hay nunca excesos dramáticos en sus personajes, casi jamás aparece el histrionismo y no suele usar actores conocidos, solo “modelos “ (así los llamaba) de sus personajes. En algunos casos -Lancelot o El proceso de Juana de Arco- filma con distancia casi documental, casi como si una cámara de televisión estuviera registrando la historia en vivo. El efecto es bastante asombroso en el espectador.

De sus catorce largos como director, habría que ver todos. Pero aquí hay una selección de lo más representativo, para comenzar a conocerlo.

1) Diario de un cura rural. Un joven párroco que arrastra una enfermedad, llega a un pueblito. En ese pueblito hay una mujer con problemas, una joven tentadora y muchas habladurías. Pero no se trata de un melodrama, sino de un film de observación que, de modo lento pero firme, lleva a una secuencia extraordinaria, quizás el mejor exorcismo jamás filmado, el encuentro del cura con una mujer infiel. El párroco se deja vencer por la enfermedad, pero la agradece. Obra misteriosa y perfecta.

2) El carterista. El nombre explica que se trata de la historia de un ladrón de poca monta que cae preso, es liberado, intenta salir del crimen pero una y otra vez es arrastrado por la tentación. Si no lo sabe, es el modelo sobre el cual Paul Schrader (gran admirador de Bresson) hizo Gigoló Americano. El film no es sobre el delito sino sobre la tentación, sobre las formas que el Mal adopta en este mundo.

3) Lancelot du lac. Empieza con un caballero andante al que le cortan los brazos y saltan chorros de sangre. No es cómico el asunto, sino una manera de Bresson de acercarse a las iconografías medievales para contar el cuento de aquel gran tentado, Lancelot, que traicionó a Arturo por amor. Los torneos de caballería donde solo se ven las patas de los caballos son sensacionales.

4) El diablo, probablemente. Bresson habla de la juventud post Mayo del 68, pero desde el título nos dice que el mundo está corrompido por “algo” más. Sin perder nunca el realismo, acudimos a un retrato de la pesadilla del nihilismo. Su protagonista es un joven desesperado y perdido, casi mesiánico en su desencanto. El film es tan apocalíptico (emocionalmente) como lo de un Brian De Palma o Francis Ford Coppola.

5 ) El dinero. Su último filme es la historia de la destrucción de un joven, primero mantenido por su padre y finalmente, tras pasar billetes falsos, estafar y robar, llegar al asesinato desesperado. Una manera tremenda de mostrar el deterioro del mundo, el triunfo del Diablo, justamente, a través de un hombre joven. Quizás la película más desencantada de la historia.

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