A fines de los 60 Charles Mingus estaba abatido por una honda depresión. Apenas salía de su casa en el East Side de Manhattan y no tenía en claro el rumbo que tomaría su música. Ya había adquirido amplia notoriedad en el mudo del jazz y también fuera de él con obras maestras como Tijuana Moods, Blues & Roots y The Black Saint and the Sinner Lady.

Pero había caído en un pozo del que logró emerger a partir de propuestas de músicos que lo valoraban y lo empujaban a volver al ruedo. De aquella resurrección surgió el disco Let my Children Hear Music, editado cuando ya había despuntado la década del 70. En la raíz del álbum hay una suerte de respuesta mingusiana al auge del rock. Por aquel entonces Mingus tocó con sus músicos en festivales al aire libre en Nueva York y antes del show recibía sugerencias sobre la orientación de los temas que debía interpretar. Le decían que el jazz y la improvisación aburrían a los jóvenes. Pero él estaba decidido a demostrar lo contrario. En una de esas presentaciones arremetió con su habitual dinámica improvisacional, sustentada en las raíces del blues y el eco de Duke Ellington, pero con un nivel de riesgo y exploración que los jóvenes del auditorio celebraron. "Ví sus caras y sus sonrisas", diría entonces el compositor y contrabajista. De allí el título del disco.

Meses después Mingus reuniría un grupo de músicos para una residencia en Detroit, que tuvo lugar en febrero de 1973. Fueron varias presentaciones en el Strata Concert Gallery que quedaron registradas en cinco master tapes que nunca se editaron. Hasta ahora. La gran noticia que vuelve a generar revuelo en el mundo del jazz tras los hallazgos de inéditos de Monk y de Coltrane- es la aparición de estas cintas que verán la forma de cinco vinilos también habrá versión en CD- a principios de noviembre, editadas por BBE Records.

Los shows fueron grabados por Robert Spangler para una radio pública enfocada en el jazz. Las cintas aparecieron recientemente en poder de la viuda del baterista Roy Brooks, integrante del grupo de Mingus, y todo se precipitó. Además de Brooks, formaron parte de esa banda el extraordinario pianista Don Pullen, el trompetista Joe Gardner y el saxofonista John Stubblefield, quien le duró solo cinco meses. Su carácter irascible lo obligaba a reemplazar músicos con demasiada asiduidad.

Los adelantos de este disco reflejan una energía y una sofisticación musical típicas de los grupos de Mingus, valores que contribuirían a fundamentar su pedestal en el Olimpo del jazz.

No quedaría mucho tiempo más para venerar la vitalidad de este innovador musical. A fin de 1977 le diagnosticaron ELA y ya no pudo volver a tocar. Pocos meses después, en silla de ruedas, presenció emocionado un homenaje que se realizó en la Casa Blanca a instancias del presidente Jimmy Carter. Murió al año siguiente en Cuernavaca. Su espíritu vive en la Mingus Big Band, que todos los lunes incendia de música el local neoyorquino Jazz Standard. Y se renueva también en este disco escondido que el mundo del jazz espera con ansiedad.

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