Ya sabe el lector que ayer empezó el Bafici, uno de los dos mejores festivales de cine que tiene la Argentina y una de las mecas mundiales (no hay una pizca de exageración en esto) para descubrir nuevos talentos. Es así porque su competencia oficial es solo para primeras, segundas y terceras películas. Como un mantra, todos los años nos repetimos la cantidad de autores que fueron premiados en Bafici antes de saltar al gran circuito de festivales: hay varias Palmas de Oro de Cannes y varios Leones de Oro de Venecia, por ejemplo. Pero eso, amigos, es pour la galérie, es algo que los críticos y periodistas decimos para convencer al público que aún no sabe de qué se trata de la importancia del asunto. En realidad, lo que aquí queremos decir es que Bafici es un festival siempre joven, siempre de novedades, siempre a la búsqueda, siempre divertido y siempre excitante. Como el sexo o el biuen cine de sexo, que abunda bastante en su programación. Este año tienen bastante para darse el gusto tanto en las películas de la sección Nocturna -las semi trasnoches en las que hay un poco de todo género, especialmente los más laterales-, varias reflexiones psicoanalíticas en la admirable, feminista y sorprendente obra de cortometrajes de la invitada Friedl Vom Gröller (lo recomendamos calurosamente) y en algunas otras secciones. De paso, tenemos la impresión de que el erotismo y el sexo es mucho mejor tratado, mostrado y analizado por las cineastas que por los cineastas. Probablemente porque la liberación femenina va de la mano con la sexual.

El año pasado, por ejemplo, ganó la Competencia Argentina una película que puede y debe considerarse en parte pornográfica, dado que su realizadora (la gran Albertina Carri) se pregunta por el sentido de ese término, "prnográfico" y hace una comedia de aventuras con un grupo de chicas que se dedica a tener largas y cada vez más complejas y libres sesiones de sexo explícito. Esa película -aún se puede ver en el MALBA y vale la pena- es Las hijas del fuego. Lo mencionamos aquí como ejemplo de la fuerza y las posibilidades de ruptura de este Festival, por cierto. Este año hay en el Festival un personaje tan excéntrico como Carri que, además, presentará -por primera vez en la Argentina aunque se realizó en 1973- una película también extrema.

El personaje se llama Cristina Lindberg. Fue modelo de PlayBoy, hizo muchas películas soft-porno en su Suecia natal y varias del pink cinema (esa rara forma de cine secual) en Japón. Es hoy periodista (viene, de paso, como jurado del Festival), dirigió una revista sobre aviación e hizo bastantes cosas más en sus casi setenta años (nació en 1950). Pero sobre todo fue la protagonista de Thriller-A Cruel Movie, de Bo Arne Vibenius. La película es una de las más violentas, extremas, osadas y desprejuiciadas historias de venganza jamás filmadas. Ha inspirado a muchísimas otras películas violentas, y de hecho es una de las fuentes de las que bebió Quentin Tarantino para Kill Bill -el personaje que interpreta Lindberg, Frigga, es el modelo sobre el cual nació el de Daryl Hannah, parche en el ojo incluido. La historia no es demasiado compleja: a Frigga la han violado de niña y eso la dejó muda. Más tarde es forzada a ejercer como prostituta, no sin que antes le arranquen un ojo con un bisturí. Violada y torturada de toda forma posible, Frigga se arma de voluntad y prepara una venganza contra todos los que le hicieron daño. Venganza que será tan cruel como lo que ha vivido. En el catálogo del BAFICI, dicen -literalmente- dos cosas: que al lado de esto Irreversible, de Gaspar Noé, es Disney y que la venganza de Frigga deja a la de Beatrix Kiddo al borde del apto para todo público. Quien esto escribe vio Thriller fuera del país hace varios años, muchos. Quien esto escribe ha visto en promedio una película por día durante los últimos veinticinco años, desde que empezó a ejercer como crítico de cine, pero ha olvidado la mayoría. Les asegura, quien esto escribe, que Thriller es de las que recuerda plano por plano, aunque solo pudo verla una vez. Así de impactante es.

Lo interesante de esta película consiste mucho menos en su tema que en las herramientas que Vibenius utiliza para transmitir sensaciones. En principio, todos los recursos que estaban muy de moda en ese año, el mismo de Garganta profunda, dicho sea de paso: escenas pornográficas, gore descarnado, zooms vertiginosos, montaje a los hachazos, cámaras lentas, peleas a pura arte marcial, sonidos exacerbados, etcétera. Es decir, un catálogo de lo que era el cine popular, el clase B purísimo, en aquellos primeros setenta. Pero también ocurre que la saturación ultraviolenta no deja de generar un efecto extraño que pasa de la repulsión del espectador a cierta distancia que, finalmente, crea algo así como una catarsis liberadora donde festejamos las proporcionales y despreporcionadas acciones de Frigga en su raid de venganza. En cuanto a lo que atañe a esta columna, el sexo visceral mezclado con la violencia ídem crea un estado de excitación que no es solamente erótica sino que va más allá. Es una forma de poner en la pantalla las razones por las que buscamos espectáculos más grandes que la vida cada vez que vamos al cine: para poder ver aquello que nos está vedado, para poder vivir, de modo vicario, aquello que no podemos, no solo porque las leyes de la física lo impidan (no podemos vencer a Thanos, digamos) sino porque también lo impiden nuestras reglas morales y nuestro propio e íntimo instinto de supervivencia. Pero el arte, el verrdadero arte, incluso cuando presenta un discurso o tiene una intención moral es, formalmente, amoral: lo usamos como queremos y puede hacer lo que quiere (después está en nosotros rechazarlo o no). Thriller lo dice desde su subtítulo, "una película cruel" y, en ese sentido, es casi documental: todo lo que nos parece cruel aparece allí. Incluso, y esto es lo más perturbador, la crueldad del propio goce carnal.

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