El hecho de que la pornografía sea un arte menor de consumo privado y, desde hace unos lustros, se confunda con la creación de contenidos propios, hace que sea difícil encontrar películas que puedan recomendarse. Mis criterios para hacerlo son varios pero rígidos. En primer lugar, tiene que ser una película, es decir una obra cinematográfica construida para ser vista en su totalidad y, en principio, narrativa (puede no serlo, pero de todos modos ha de tener una trama, una idea que una en algo consistente todas las imágenes). En segundo lugar, el sexo tiene que ser un tema central en el filme, no importa el tono con el que se lo aborde. Luego, las escenas sexuales tienen que ser explícitas y no simuladas. Tiene, además, que transmitir emociones o ideas que superen al propio sexo, que lo usen como metáfora (además). Por último, debe de tener cierta pericia técnica que empuje al espectador a seguir mirando más allá de la autosatisfacción posible. La lista parece de perogrullo pero no lo es: la mayor parte de los contenidos pornográficos son refractarios a una, varias o todas las condiciones citadas.

Wasteland es un melodrama hecho y derecho con mucho sexo, pero donde cuentan los sentimientos de los personajes

Aunque -sí, somos contradictorios- en cierto sentido el porno siempre es cine: se trata de ver algo que ya sucedió y que no podemos cambiar, algo que además nos produce efectos y nos pide que actuemos. Pero siempre estamos en una posición de impotencia respecto de lo que vemos porque lo que vemos ya pasó. Esa es, de hecho, la raíz de toda la experiencia cinematográfica, desde Mickey Mouse hasta Bajos Instintos. Dada la explicitud y la poca construcción de suspenso que aparece en el porno, esto suele olvidarse. Pero sigue siendo así.

De todas las condiciones citadas en el primer párrafo, de todos modos, la más dificil de cumplir es aquella en la que pedimos que la película "signifique" algo más que provocar una excitación. No porque esté mal: hay algunas películas que solo buscan eso y son buenas. Pero lo son porque, además y quizás sin darse cuenta, logran inventar algo, crear algo nuevo, hacernos pensar en algo más allá de lo que vemos. Un gran ejemplo es el clásico Detrás de la puerta verde, cuyas secuencias sexuales juegan con elementos formales del cine (el uso del color, la teatralización explícita) y sociales (los cuerpos normales, el discurso antirracista, etcétera). El sexo excita y esa excitación "fija" ideas. Nos obliga, además, a hacernos cargo de la excitación que nos provocan imágenes perturbadoras que apuntan no solo al cuerpo sino, también, al inconsciente. Pasa con todo el cine, dicho sea de paso, pero es muchísimo más visible en el porno.

Es difícil encontrar buenas historias, entonces, siguiendo tales parámetros y con el condicionamiento del sexo explícito como un imperativo. Un poco porque, aunque sea "barato" de producir, el porno cuesta dinero y un largometraje pelea mucho un espacio en un campo donde ya domina el contenido corto. De paso, es para ver cómo el porno marca tendencia en ese aspecto, cuando otras compañías ya discuten el contenido corto como rey en los próximos años. Dejemos eso de lado por ahora: el clip le gana al largometraje en el porno. Y las películas porno tienen muchos actores diferentes (que hacen a lo sumo una escena) justamente para no repetir ni aburrir, porque se concentran en el efecto fisiológico. Esto también dificulta tener una película como la gente en esta categoría. Sin embargo -sorprendentemente- se hacen.

Una de 2012 es un buen ejemplo. Se llama Wasteland y fue realizada por Graham Travis. Dura casi dos horas, la temática es lésbica (en general, no siempre) y está protagonizada por Lily Carter y Lily LaBeau. En realidad, y esto es lo que la hace altamente recomendable además de su fuerza como pura pornografía, es un melodrama romántico bastante desolador. Comienza con una pareja, dos chicas que han sido amigas en la adolescencia y cuyas personalidades opuestas -una es tímida, otra es desenfadada- las volvió complementarias pero, al final, las ha separado. Cinco años después de esa última vez, vuelven a encontrarse. La desinhibición sexual de una lleva a la otra a situaciones incómodas pero, al mismo tiempo, excitantes. Finalmente, tendrán sexo entre ellas y se confesarán sentimientos y resentimientos. La tímida necesita alguien que la quiera cuando la única persona que le queda en el mundo está por morir de cáncer. La otra podría serlo, o no. En una última noche de sexo fuera de casa, las cosas se desmadran y ambas se separan definitivamente, no sin un tono trágico.

La película muestra muchas secuencias de sexo, varias heterosexuales y, a final, una gang-bang (ahí está google, estimado, no me obligue a describir acá, por favor). Pero en el centro están las relaciones entre las dos protagonistas y lo que hacen está teñido por la relación tensa, el amor - no amor que gira alrededor de ellas, las necesidades afectivas de una y las necesidades físicas de la otra. No se trata, como lo indicaría el lugar común, de que una mujer hace que otra se libere, de que alguien eduque a otro alguien a través del goce erótico (una de las cosas más repetidas y aburridas del viejo porno de los setenta, además) sino de que ninguna de las dos está dispuesta a cambiar del todo para acoplarse a una vida con la otra. El verdadero tema de la película es doble: por un lado, el peso del deseo físico en las relaciones entre las personas. Por el otro, cómo se hace para que eso que suele llamarse amor pueda convertirse en raíz de unión entre dos seres demasiado diferentes. Como eso no ocurre, tenemos la raíz básica del melodrama.

La película además está bien filmada, tiene buenas ideas, tiene graduado el sexo desde lo erótico sugestivo hasta lo salvaje explícito con muy buen ritmo y uno siempre, pero siempre, está interesado por los personajes y por sus historias. Es difícil encontrar ejemplos de este tipo en un género tan -demasiado- utilitario, pero aquí, por fin, se trata de verdadero cine.