Sobre la "cosificación" en el cine pornográfico

De esto hemos hablado, pero me parece que sería bueno hacerlo en profundidad, especialmente en momentos donde se denuncian los abusos machistas de todo tipo. Y, en esa vorágine, aparece nuevamente la prohibición de la pornografía -o de los negocios vinculados al sexo- como uno de los remedios. Mi posición al respecto es clara: soy defensor de la pornografía como otra posibilidad del arte de las imágenes, incluso si -también confieso- no soy un especial amante del género. Confieso: mi especialidad son los dibujos animados, en las antípodas del cine "adulto". Pero importa poco. En esta columna hemos cuestionado muchas veces los lugares comunes y los abusos en este tipo de cine, y hemos elogiado aquellas imágenes que, producidas desde el porno, aspiran a algo más, nos muestran algo inhabitual o extraordinario. Eso y la libertad de expresión constituyen las razones que me llevan a defenderla.

Pero no siempre explicamos que la discusión se concentra en el porno "mainstream", es decir aquel que se realiza dentro de ciertas normas industriales bien claras, que caen dentro de las regulaciones qe los estados que lo han legalizado permiten, y donde no hay más abusos que en cualquier trabajo. Abusos (sexuales, sí, pero sobre todo de poder) son norma en casi todas partes. Ahora bien, hay una pornografía "amateur", lateral a todo sistema regulatorio, artesanal en el mejor de los casos, personal si se quiere, donde esas regulaciones no tienen peso y es allí donde sí hay abusos de toda clase. Puede no haberlos, pero no hay reglas de ninguna clase. Hay agregadores porno donde se pueden encontrar videos personalísimos, hechos para lo privado. Hacerlo público ya es un abuso. Pero en general lo que vemos está hecho bajo ciertas reglas de consenso entre adultos.

La mayor crítica que se le hace a la pornografía es que las mujeres son tratadas como objetos. Habría que decir dos cosas aquí. La primera, que todas las personas, sin distinción de género, son tratadas como objetos en la pornografía, porque lo que importa es su movimiento. Pero tampoco tanto: cuentan los sonidos y las expresiones, los rostros y la actitud, para excitar al espectador, lo que dista de una "objetivación". Por otro lado, si se presta atención, se verá que es mucho más lo que la cámara dedica a las mujeres que a los hombres. Los hombres, en la pura desnudez, se reducen a ser sexos en movimiento y nada más. Esto los "objetiva", también.

Por lo tanto, lo que puede "cosificar" es la historia que, en las verdaderas películas pornográficas -es decir, en aquellas que son más que un coito filmado en varios ángulos sin demasiada variante más allá de las expresiones de los participantes-, lleva a las escenas sexuales. Pero también pasa que las mujeres son activas. En general, el mito fundante es el paso de la inocencia sexual a la sabiduría del goce, del placer como directriz de una maduración o un cambio en las protagonistas. Digo "las" porque el porno mainstream es un cine orientado más al protagonismo femenino que al masculino. El hombre que se encuentra con la mujer sexualmente activa es, por norma, descripto como una persona afortunada, alguien que de casualidad está allí y choca contra el deseo irrefrenable de las mujeres. Incluso en el caso en el que el hombre es más fuerte, las películas disponen a la mujer en la pose de la seducción. Casi nunca el hombre es el que inicia las acciones, sino al revés. Cuando esto sucede, el desarrollo del relato suele terminar en un evidente cambio de roles.

No vamos a abundar en el hecho de que gran parte de quienes ocupan lugares destacados en la producción de estos contenidos son mujeres, muchas de ellas pornostars en sus principios. Tampoco vamos a obviar que el desgaste, el riesgo físico y mental, y las frustraciones son algo que sufren más las mujeres que los hombres en este campo, lo que explica que sea la única industria donde las mujeres ganan siempre más que los hombres. Pero sería una exageración bastante grande decir que hay "explotación" o "cosificación" de la mujer.

En el cine porno todo está en cierta medida cosificado, hombres y mujeres, porque importa su movimiento

Entre las mejores películas que incluyen la pornografía como parte de su relato -es decir, las que consideramos siempre como auténticas películas: el sexo es necesario para que el cuento avance- aparecen muchos cuentos de mujeres que se enfrentan con el erotismo. Filmes como El diablo en Miss Jones, Taboo, Detrás de la puerta verde o The Opening of Misty Beethoven han demostrado aquello que decíamos en el párrafo anterior: que lo que llama la atención en este cine es el misterio femenino, eso de "qué quieren las mujeres" que desvelaba a Freud. Y en el momento clásico del género, las películas se diseñaban para todo público adulto y no solamente para el consumidor masculino, algo que cambió en la era del video.

Otra cosa relacionada: algún señor mal deconstruido dijo por redes sociales que no había que mirar porno para respetar a las mujeres. En primer lugar, por lo dicho más arriba, es un error gigantesco, especialmente porque las mujeres que se dedican a este negocio lo hacen para que sea visto y por pura voluntad, incluso vocación. En segundo, implica algo muy peligroso: que una persona puede convertirse en alguien horrible -un abusador, un violador, por ejemplo- porque "mira porno". Es lo mismo que decir que las imágenes violentas fomentan la violencia. Es al revés -y sobran estudios serios al respecto, el más importante por sus consecuencias políticas es el Report of the Comission on Obscenity and Pornography que llevó a la legalización en los EE.UU. de Nixon-, no solo no "causa" la violencia sexual sino que es incluso una sana catarsis. Ir contra el porno es encontrar también un salvoconducto a los violadores y abusadores, otorgarles la coartada de que "me estropeó la cabeza el porno". Que es una forma sofisticada de la "pollerita corta". El porno es una forma menor del arte de las imágenes, hecho por y para adultos, y no un generador de crímenes. El criminal no necesita el porno para serlo.

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