Alguna vez contamos aquí que la única industria en la que las mujeres ganan más que los hombres (tanto en promedio como en forma absoluta) es en la industria sexual. En la pornografía, por una secuencia sexual de 20 minutos -es el estándar-, la mujer gana entre tres y diez veces más que el hombre. Tiene lógica si se tiene en cuenta que son las pornostars femeninas las que venden. Tanto hombres como mujeres observan -está probado- lo que hace la chica. El hombre está, en ese sentido, mucho más "cosificado" en el porno, aunque resulte paradójico.

Ahora bien, hay otro sector del negocio sexual que resulta altamente problemático: el de la prostitución. Como todo el mundo sabe, son pocos los lugares del planeta donde tal ejercicio profesional está legalizado. En los EE.UU., depende de cada estado y en la mayoría es ilegal. No, por ejemplo, en Nevada si la casa de tolerancia está ubicada fuera de un casco urbano. Lo que nos lleva a contar que uno de los más importantes burdeles legales del mundo es el Sheris Ranch, en las afueras de Las Vegas. Sí, por supuesto, la ciudad del pecado. O no tanto, si consideramos lo que sigue.

La legalización no sólo provee de herramientas de salud pública sino que permite derechos laborales

La madama de ese lugar, firme defensora de la legalización de la prostitución, ante ataques especialmente realizados por organizaciones feministas y religiosas que buscan cerrar estos establecimientos, escribió una carta abierta donde explica un par de cosas. La primera, que desde muy joven trabajó en publicidad y en campañas políticas, y en todos los casos resultó mal paga, la persona con salario más bajo básicamente por ser mujer. Finalmente, se decidió por el trabajo sexual y, más tarde, llegó a madama del Sheris Ranch, Dena. Allí, explica, los ingresos provienen de muchos lados: el bar, el restaurante, la tienda de regalos (si va, no olvide llevarle algo lindo a su señora... No, mejor olvídese), los servicios. Pero, claro, los mayores ingresos provienen de las performances de las chicas. Las chicas son no solo las que tienen mayor salario de todos los empleados del lugar, sino también las que más recaudan. El acuerdo consiste en que el 50% de lo que hacen se lo lleva el Sheris Ranch por el uso de instalaciones y servicios, más seguros de salud, etcétera.

Lo que dice Dena, que utiliza un nombre de fantasía justamente por los prejuicios que hay alrededor del asunto, es que no conoce un entorno de trabajo más seguro y con mayor equidad en la remuneración que el trabajo sexual en un burdel legal. La legalización, razona, es la que obliga a una serie de prestaciones sociales y seguridades que en otros sectores de la industria sexual (en parte el porno, sobre todo el mal llamado "amateur", y el creciente negocio de las cámaras en vivo) no se otorgan. Y, por supuesto, desliga absolutamente este tipo de trabajo de todo lo que es trata o explotación. Para ella, existe mucha más explotación en una oficina donde el techo de cristal es demasiado bajo (bastante frecuente en todas partes) que en un burdel donde las mujeres tienen el poder. De hecho, explica que ninguna mujer es obligada a tener un encuentro sexual que no quiere, la actividad en todo caso debe ser 100% consensuada y puede negarse a realizar un acto que va contra sus deseos. También explica que muchas de estas trabajadoras sexuales tienen familias, estudios, otros negocios, etcétera. Pagan sus impuestos y tienen los mismos problemas que una empleada administrativa, una médica o un ama de casa. La prostitución lleva cinco décadas de ejercicio legal en el estado de Nevada y, curiosamente, no ha habido nunca problemas de salud pública en ese territorio ligados al ejercicio sexual.

¿Cuáles son los motivos por los cuales se intenta evitar la legalización de la prostitución? En parte son morales, y son los que utilizan los grupos religiosos, en general ultraconservadores y reaccionarios. No hay mucho que analizar allí salvo que fue una prostituta, Rahab, nunca condenada en el texto bíblico, la que salvó a los espías de Josué de Jericó y permitió la caída de la ciudad. Pero bueno, sabemos que en realidad nadie lee la Biblia y mucho menos la interpreta de manera ecuánime. Pero hay otros argumentos y el más fuerte es, justamente, el de la explotación y la trata.

En la Argentina, entidades como Ammar (la entidad gremial, esperando la personería, que reúne a las meretrices de nuestro país), llevan años luchando por la legalización y los derechos que les permitan ejercer un trabajo que han elegido sin problemas y con seguridad. Pero hay abolicionistas que provienen del feminismo y están en contra. El argumento básico es que la prostitución y la trata de personas son una y la misma cosa; y que la prostitución es, además, una avanzada de la estructura patriarcal, una forma de sometimiento.

Por cierto, estos argumentos son más sofisticados, aunque el núcleo central es ese. La gran pregunta es por el control del propio cuerpo, quizás la única verdadera posesión que tenemos. Y si las mujeres tienen o no derecho a hacer con él lo que quieran, incluso utilizarlo como herramienta de trabajo. Bueno, sí... todos usamos nuestro cuerpo en alguna medida como herramienta de trabajo: la pregunta es si el sexo debe estar fuera de ese "permiso" que la sociedad dispone para ganarnos el sustento.

Si quieren mi opinión, estoy de acuerdo con la legalización por razones prácticas -salud pública, derechos laborales, etcétera- y, sobre todo, por una razón moral: nadie tiene derecho a restingir a otro qué hacer con su cuerpo, salvo que eso implique causar daño a otra persona. Nada me parece más patriarcal que decirle a una mujer "con tu sexo, no". Sería de todos modos hipócrita decir que no hay abusos y sometimientos, pero en gran medida esto se relaciona con la ilegalidad del ejercicio: un código justo y firme podría ser una gran herramienta de lucha contra la trata de personas, que no se restringe solamente al ejercicio sexual. Hay algo perverso en restringir todo a los genitales. Incluso, sí, algo demasiado patriarcal.