“Cuando nos comprometemos a realizar algo en formato televisivo, estamos ante una TV movie; puede ser excelente, y en ese caso, merecer un Emmy. Pero de ninguna manera un Oscar”. El autor de esta frase es una de las mayores influencias del cine de los útlimos cincuenta años, el señor Steven Spielberg que esta semana lanza globalmente su último filme épico y gigante, Ready Player One, apuesta de más de u$s 175 millones. La frase formó parte de una entrevista realizada por ITV News de los Estados Unidos y pone en blanco sobre negro la competencia que existe entre Netflix y las plataformas de SVOD y el cine tradicional, cada vez más acorralado hacia el gran presupuesto y el espectáculo gigante. Para Spielberg, un filme de Netflix no debería ser calificado para ninguna categoría en los Oscar. “No creo -precisó- que una distribución de menos de una semana en salas alcance para que puedan ser nominadas en alguna categoría”.

La controversia cine versus on demand es bastante grande y tuvo su pico en Cannes en 2017, cuando dos filmes en competencia de autores importantes (Los Meyerowitz, de Noah Baumbach, y Okja, de Bong Joon-ho) formaban parte de la grilla de Netflix. Eso causó dos reacciones: una, de las asociaciones de exhibidores franceses, que obligaron al Festival a no presentar -desde 2018- ninguna película que no tuviera garantizada su distribución y exhibición en salas cinematográficas. La segunda, las declaraciones de Pedro Almodóvar de que un filme de SVOD no podría aspirar a las Palmas de la muestra. Lo que Spielberg menciona es el caso de Mudbound, un drama social e histórico adquirido por Netflix en Sundance en 2017 que tuvo un fugaz paso por salas para poder calificar a los premios y obtuvo, además, un par de nominaciones.

Podría pensarse que, dada la cantidad de dinero que recaudan los servicios de SVOD, especialmente Netflix -que hoy tiene una billetera tan generosa como la de los gtrandes estudios para crear contenidos y va a dedicar unos u$ 8.000 millones a ello durante 2018- podría importarle poco el asunto “premios”. Pero no es así: las entregas de premios y toda la prensa y el desarrollo periodístico que surge a su alrededor implica una enorme vitrina que coloca los contenidos ante la mirada de aquellos que quizás no se enterarían de su existencia. Es decir, estamos ante un problema de marketing y publicidad más que de estética o tradiciones.

Del otro lado, el riesgo que ven los realizadores y productores de películas consiste en que, como se advierte más arriba, las únicas alternativas viables para hacer películas sean o bien los grandes blockbusters (que implican una apuesta demasiado ariesgada y cara, requieren monopolizar el lanzamiento y requieren de muchísimo público global para recuperar la inversión), o bien películas que terminan en el nicho del SVOD por no ser específicamente experiencias inmersivas de pantalla extra grande. Lo que además implica, dada la concentración también en ese negocio, aceptar las reglas de juego que establezcan los dueños del (gran) dinero. Con la exhibición y la distribución globalmente cartelizadas y el SVOD mundial en pocas manos, la libertad creativa del cine aparece restringida al pequeño campo del circuito de festivales. Y eso, con suerte.

Es más que probable que esta sea la controversia estética y económica que se desarrolle alrededor del audiovisual en los próximos años. Algo de lo que no es ajena la prensa, que cada vez más funciona como un amplificador de los grandes eventos fantásticos aptos para todo público que inundan pantallas con enorme prepotencia. De allí que se ataque también el problema de “adelantar” opiniones en redes sociales o se restrinja a la prensa la publicación de opiniones. La crisis desatada con el desarrollo tecnológico digital incluye a todos los actores del show business.

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