Esta semana arranca el festival Sundance, conocido como meca del cine independiente. En los últimos años, Sundance ha sido más que eso: se ha convertido, también, en el lugar donde los grandes del negocio del SVOD van a buscar contenidos para sus grillas y donde compiten de igual a igual -a veces con más billetera- con las divisiones "artísticas" de majors como Fox. El problema básico consiste en que las ventanas de exhibición en salas son cada vez más exiguas y, cada vez, más monopolizadas por los grandes tanques. Eso deja fuera de competencia a una cantidad enorme de películas que no llegan siquiera a los cines de su propio país. Aunque Sundance es un evento internacional, es básicamente el lugar donde los nuevos cineastas, los más artesanales, los que producen por menos dinero y con más esfuerzo, van a buscar quien los apoye y quien les permita exhibir.

El problema es doble. Por una parte, los realizadores quieren estrenar en salas, porque así es como concibieron cada obra. Aunque también hay una razón menos altruista: el estreno cinematográfico tradicional coloca a la película en el mapa, lo que multiplica sus posibilidades luego en otras plataformas. Por otro lado, necesitan vender cada película para poder seguir adelante. Hasta hace poco, dos empresas llenaban el espacio de compra para distribución en salas, Focus Features y The Weinstein Co. La segunda está con muchos problemas tras las denuncias a Harvey Weinstein y, de hecho, ha quedado fuera de juego. La primera, sigue adelante. Pero el vacío parece llenarse con empresas chicas que compran películas para distribuir en salas en diferentes estadios de producción. Lo que permite posicionar el contenido antes de que entren a tallar los SVOD.

Esa es la novedad de Sundance este año: la aparición de esas pequeñas empresas que no son del todo nuevas en el negocio. Trabajan de modo artesanal y con un seguimiento muy cercano de cada película, diseñando campañas a medida y con el control de los derechos. Variety se hace eco del fenómeno y cita casos como el de 30West, una compañía de no más de diez personas que va al festival en busca de esas películas que pueden hacer una diferencia notable. Después de todo, son producciones realizadas con poco dinero, que pueden posicionarse muy bien incluso en circuitos con pocas pantallas y trabajadas en un tiempo más extenso del que deben tener los tanques.

Un ejemplo clave: en Toronto, la recién fundada distribuidora Neon compró los derechos de Yo, Tonya, el largometraje sobre la patinadora Tonya Harding protagonizado por Margot Robbie que es una de las favoritas de la temporada de premios, por menos dinero del que ofrecía Netflix. La razón: prometió una importante salida en salas. El resultado fue el posicionamiento de la película internacionalmente y su ingreso entre las "premiables" de la temporada, algo que no habría sucedido de caer en el SVOD.

La enorme billetera de empresas como Netflix o Amazon distorsiona los precios. En este momento son muy generosos, pero si carecen de competencia para otro tipo de distribución, mañana serán quienes decidan los precios de los contenidos, seguramente a la baja respecto de hoy. Habrá que estar atentos a los negocios que se celebren en este Sundance, porque podrían implicar un giro en la competencia entre diferentes tipos de exhibición.