Hay pocos proyectos tan desaforados en la historia del cine como el estreno de hoy: Avengers: Infinity War. Durante diez años, Marvel (que al final del siglo XX era una compañía de cómics al borde de la quiebra, hasta que empezó a vender sus personajes al cine) construyó, con diecinueve películas, la traslación a la pantalla grande con la tecnología que lo hacía creíble, el universo de historietas desaforadas, coloridas, caóticamente entrecruzadas que, desde los ’60, habían inventado Stan Lee y -sobre todo, pero no solamente- ese genio del dibujo que fue Jack Kirby. La cosa funcionó muy bien: la recaudación total de las películas en todo el mundo, según el sitio especializado Box Office Mojo (el más confiable, de hecho) es de u$s14.836,5 millones hasta la fecha, con un promedio por cada título de u$s780,9 millones. En todo este conglomerado no hay, realmente, películas malas. Las hay menores y mayores, depende de la vara que se tome. Desde la crí- tica, desde la cinefilia, Capitán América: el primer vengador, Iron Man 3, Guardianes de la Galaxia (1 y 2), Ant-Man y Thor: Ragnarok son verdaderas películas nobles, con una mirada de autor, con algo más que un ladrillo en el edificio del gran negocio. Otro tanto, por momentos, la primera Vengadores, Dr. Strange y Spider-Man: de regreso a casa. Lo demás entretiene por momentos y llena el álbum, pero es difícil definirlas como “películas”, como parte del cine.

Lo importante de este asunto es que, como no sucedía de manera tan programática desde la caída de los viejos estudios de Hollywood a finales de los años ’50, hay un marco para la fantasía que debe mantenerse y continuarse. La salida de directores como Joss Whedon o Edgar Wright, o el enojo de Natalie Portman o Hugo Weaving, que decidieron irse del Marvel Cinematic Universe tiene que ver con el poder de la producción sobre la creación. Aún así, las películas mencionadas son mejores porque los realizadores (Joe Johnston, Shane Black, James Gunn, Peyton Reed o Taika Waititi) supieron encontrar la manera de expresar obsesiones y estilos propios en un universo tan coercitivo. Así funcionaba, ni más ni menos, el gran estudio en los tiempos de Louis B. Mayer o los hermanos Warner. Y aquí la cabeza es Kevin Feige, un fan de las historietas cuyo amor por los personajes lo coloca en el mismo lugar que tuvo David O. Selznick al despedir directores para plasmar su visión propia en Lo que el viento se llevó. Dicho de otro modo, el MCU es la recuperación, en plena crisis del audiovisual -y, sobre todo, del cine en salas- del espíritu férreo del Hollywood de oro.

Avengers: Infinity War es, como será evidente, sólo la mitad de una historia. El final podrá descorazonar a muchos, pero basta mirar los planes de películas futuras de la firma para entender que es sólo provisorio. Hay muchos personajes, todos -menos dos- los aparecidos hasta ahora en las películas. Hay muchas escenas de acción bien filmadas, algunas de ellas incluso inspiradas (la primera en Nueva York, con Dr. Strange, Iron Man, Bruce Banner y Spider-Man es un perfecto balance de desastre y humor). Hay muchos diálogos de sitcom absurda (no es sorprendente si se piensa que los directores, los hermanos Russo, son hijos de esa cumbre de la comicidad televisiva llamada Community) y hay momentos de tragedia y tristeza. Son dos horas y veinte minutos de épica, humor y melodrama. El espectador no se aburre. Pero detrás de este enorme fresco donde hay una cincuentena de protagonistas y todos deben tener su momento y su lucimiento, el programa se siente. El andamio, los trucos, los giros de la trama. El placer visual está ahí, sin dudas, y la colección está (casi) completa. Pero lo que cabe preguntarse es si este proyecto corresponde al cine o a otro tipo de entretenimiento que utiliza el cine como soporte.

En otras palabras, la respuesta que el complejo de imágenes da para las salas de cine es la saturación gigante. Pero necesariamente, esa saturación es un conjunto episódico, cuya cantidad y falta de concentración llevan a una ligereza que, paradójicamente, se parece más al experimento audiovisual que al viejo arte de narrar historias a través de las imágenes. El espectador ya conoce a los personajes, ya conoce ese mundo y, como en un videojuego aunque sin interacción, ve cómo los habitantes de ese universo virtual se mueven y relacionan. Lo que el cine está vendiendo, cada vez más y más grande, no es su propio arte sino una experiencia que se continúa en la conversación de las redes sociales, en la compra de merchandising, en la espera de un año para obtener nuevo estímulo. Infinity War es un ejemplo de lo que el cine popular intenta para sobrevivir: ocupar la sala completa hasta excederla, como si la película ya no alcanzara para llenar las butacas.

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