Probablemente una de las mejores películas pornográficas de la historia sea la comedia de costumbres Taboo, de 1980. Quizás sepan que se trata del incesto entre una mujer madura (pero no demasiado) y su hijo post adolescente (y algo más, pero esa pequeña falla en las edades no altera demasiado el efecto de la película). La razón por la cual el filme es un verdadero clásico, y la razón por la cual sería interesante que saliera del gueto del porno para ingresar en el conjunto de obras inteligentes y cuestionadoras que se hicieron sobre todo en los '70, va más allá de sus secuencias triple equis.

#Taboo | La película tiene un grado de realismo y de naturalidad notables, fruto de un guión escrito por una mujer

El filme narra la historia de una mujer (interpretada por Kay Parker) que acaba de separarse. Su matrimonio no ha sido demasiado bueno, tiene un hijo que acaba de salir de la adolescencia, y después de cierto tiempo siente lógica necesidad de tener relaciones sexuales. Aquí aparece una de las claves más interesantes de la película. Las secuencias de sexo que la involucran son, por norma, breves, y generan poco a poco un crescendo que parte desde la insatisfacción total hasta el último encuentro, central, con su hijo. Sí, está bien: vivimos en la época del fetichismo del spoiler y quizás le moleste que le digamos cómo termina la historia. Por suerte una película es mucho más que su historia. Es, sobre todo, cómo se narra.

Sigamos. El contrapunto entre el sexo poco satisfactorio, rutinario o torpe al que asiste nuestra protagonista es el sexo que tiene su hijo, más frecuente, gozoso y feliz. En ese punto, aparece uno de los temas: las diferencias entre los hombres de una generación totalmente abúlica y la de otra más libre, más despreocupada respecto del placer. Lo que lleva al segundo tema: la mujer madura, entonces, aparecía atada entre un universo joven y libre al que no había llegado a tiempo, y otro demasiado adulto y abúlico para el que era, espiritualmente al menos, demasiado joven. Casi todo el conflicto de la protagonista pasa por allí.

Lo que se traduce, obviamente, en el sexo. Es decir, el sexo aquí, explícito y todo, no es solamente un adorno colocado para provocar la excitación del espectador sino una manera de reflejar el conflicto de la protagonista. Por eso es que va in crescendo, aunque en ningún momento consigue algo de satisfacción hasta el final. Para que quede claro, la película está muy bien escrita y toma el punto de vista femenino con una naturalidad y precisión notables. Porque, y este es uno de sus secretos, fue producida y escrita por una mujer, Helene Terrie, ella misma actriz porno en su momento.

Es decir, es la sexualidad de una mujer vista por otra mujer. Al mismo tiempo, dijimos que la película era una comedia de costumbres y eso es totalmente cierto: casi todo es la vida cotidiana, lo que incluye también la relación entre esa madre y ese hijo. La tensión sexual se va creando a partir de miradas o de sonrisas, no de palabras ni de nada demasiado explícito. Pero si ustedes creen que se trata de algo así como fetichismo, que el asunto está siempre presente en la cabeza de la protagonista, se equivocan. Aquí todo es mucho menos "intencionado" u oscuro de lo que suele ser una película pornográfica tradicional.

Dicho de otro modo, Taboo es una película con secuencias pornográficas -integradas realmente a la trama- que narra las frustraciones de las mujeres de clase y edad media a finales de los años '70, ni más ni menos. También muestra cierta variedad: el momento clave de la película consiste en la invitación que nuestra heroína recibe de parte de una amiga para participar de una orgía. No participa, pero mira, y la secuencia que más la excita es un acto lésbico entre tres mujeres. Ese punto -y está muy bien actuado- es el que provoca finalmente la crisis: al llegar a su casa, demasiado excitada y harta de las frustraciones, despierta a su hijo dormido y tiene sexo con él, en la única secuencia erótica realmente feliz que tiene la película.

Es interesante que, al llegar a ese punto y una vez quebrado el suspenso, nada parece siniestro o perverso, sino completamente natural. En todo caso, resulta irónico que la única satisfacción verdadera que puede obtenerse provenga del hijo, cuya relación con el sexo es totalmente desprejuiciada. También en ese punto el filme es de enorme interés. No es la única película sobre el incesto madre-hijo, por cierto, y dos muy buenas películas (La luna, de Bernardo Bertolucci, y Secretos íntimos, la ópera prima de David O. Russell, también creador de El lado luminoso de la vida) lo tocan de frente e incluso tienen escenas eróticas. Pero en el primer caso se trata de la realización simbólica de un proceso melodramático, y en el segundo, de una ironía (finalmente el hijo tiene que liberarse de una madre monstruosa: recomendamos fuertemente esa película notable que en Argentina no se estrenó comercialmente, de paso). Taboo tiene mayores libertades, la principal consiste en ese tono de normalidad absoluta que sostiene la relación entre los dos protagonistas hasta que, al final, la realización es más bien un final feliz que algo molesto para el espectador.

Es evidente que ya no se hacen películas así, donde el sexo, por muy explícito que sea, funciona como un engranaje necesario de la trama y se complementa con todo lo demás. El sexo como una parte importante y necesaria, pero no excluyente, de la vida, es un punto de vista que suele estar ausente del cine pornográfico, donde se ha olvidado la palabra "cine" y sólo se mantiene el adjetivo "pornográfico" para presentarnos secuencias acrobáticas entre cuerpos irreales a repetición. Aquí, si bien son cuerpos deseables, están lejos de las hipertrofiadas redondeces del negocio actual, lo que permite una mayor identificación, una mayor empatía. El filme aparece en muchos servidores porno de manera gratuita y completa, y derivó en una serie con 23 -a la fecha- filmes, de los cuales ninguno llega a los talones del original. Por algo es un clásico.