Su nombre es Bond, James Bond. Es un personaje clave de la cultura popular del siglo XX, sobre todo del siglo XX, como la mayoría de los que conocemos aunque solo sepamos su nombre. Surgió de la imaginación de un ex espía inglés, Ian Fleming, que se volcó con éxito a la escritura. No vamos a decir que son grandes novelas, pero tienen ese interés de lo profesional directo y del uso sin vergüenza de fórmulas efectivas que le hizo a Roland Barthes analizarlas para su notable Aná- lisis estructural del relato. Pero no vamos a hablar del personaje escrito sino del cinematográfico. Hasta hoy, han sido seis los intérpretes que le dieron vida en la pantalla, sin contar los satíricos que aparecen en la loquísima Casino Royal de los sesenta (ahí eran David Niven, Peter Sellers y hasta Woody Allen, pero de esa película se pueden escribir muchas más cosas: queda prometido). La cuestión es que las películas de James Bond cambiaron el gran espectáculo de un modo radical en un momento en el que Hollywood se encontraba en una disyuntiva insoluble.

La primera película de Bond es de 1962, El satánico dr. No, y al espía doble cero (lo que implica que tiene licencia para matar) lo interpretó Sean Connery. Era el momento ideal para el espionaje, con la Guerra Fría -básicamente una guerra de espías- como telón de fondo. Pero aquí es necesario decir algo que siempre se pasa por alto cuando se menciona la ideología bien british del personaje y de la serie: nunca, en ninguno de los filmes, se habla de ideologías o se condena al comunismo o al capitalismo. Todo sucede en un mundo de enorme tecnología, instintos básicos y acción vertiginosa. Los villanos carecen de otra ideología que no sea dominar el mundo a como dé lugar, y en ese sentido, hablandon con total simpleza, podrían ser más “de derecha” que de izquierda. James Bond es una fantasía al mismo nivel que Blancanieves, aunque parezca raro.

Connery interpretó a Bond en siete oportunidades si contamos el filme no oficial Nunca digas nunca jamás, de 1983. Es siempre un tipo aplomado, elegante y un depredador sexual de cuidado. No se ata a nada ni a nadie y su único amor, además de la bandera tricolor (y quizás la secretaria Moneypenny) es la aventura purísima. Era una pura sátira, sobre todo en esos años sesenta donde las tensiones sociales y los gritos por la igualdad de las minorías eran fortísimos. Connery era muy poco histrió- nico y su humor pasaba por la ironía, por una especie de cinismo carente de sentimentalismos. Para muchos es el arquetipo de Bond.

En el medio apareció el australiano George Lazenby, que solo fue Bond en Al servicio secreto de su majestad en 1971. Para muchos críticos, durante bastante tiempo, se trataba de la mejor película de la serie, pero eso se debía a que la trama tenía menos fantasía y era más cercana a los thrillers de la Guerra Fría qque hacían furor entonces. Lazenby, de todas maneras, fue elegante e hizo las cosas bien sin apelar, tampoco, a un histrionismo exagerado. Pero pocos lo recuerdan.

En 1973, cuando Hollywood estaba a punto de crear el concepto de “summer blockbuster” (que sucedería finalmente con Tiburón) apareció Roger Moore. Moore venía en parte de la televisión y era un enorme comediante. La películas de James Bond pasaron de ser fantasías masculinas a fantasías para toda la familia, con momentos de humor absurdo en los que el personaje se tomaba deliberadamente en broma. Bond se podía disfrazar de payaso, pelear en el espacio sin gravedad, ser perseguido por un villano con mandíbula de acero y conquistar se- ñoritas cada vez más parecidas a modelos y, también, más activas en eso de ser aventureras. Fue el gran momento, hasta En la mira de los asesinos, del espía para grandes y chicos.

Luego apareció Timothy Dalton y los productores prefirieron volver a cierta seriedas. En las dos películas que protagonizó, Dalton es serio, un poco torturado, romántico y respetuoso de las señoras y señoritas que caen a su alrededor. El pobre se enamora y es bastante tenso el tema de resolver la acción. Pero no está mal lo que hace y sus películas tenían la intensidad dramática que las de Moore no.

Pero puede no ser necesario elegir entre ambas cosas. Porque entonces apareció el amigo Pierce Brosnan que es tanto un héroe de acción como un comediante cumplido. Tuvo además los mejores elencos (desde un villano interpretado por Johnatan Pryce hasta la única “chica Bond” que se llevó un Oscar, Halle Berry). Para muchos, lo de Brosnan era el momento de terminar con la serie (de hecho, fue quien protagonizó el hermoso filme 20, Otro día para morir, donde la canción -la canción de Bond siempre es importante, siempre con alguien “grande”, de Shirley Bassey a Adele pasando por Paul McCartney) pero en realidad cerró la etapa “analógica” e hizo el paso al efecto digital. Son, por mucho, las más espectaculares.

Lo de Daniel Craig es otra cosa. Casi un “renacimiento”, dado que narra la historia del mayor Bond y de cómo pasó a ser espía, cómo afectó su vida personal, etcétera. Las películas con Craig -muy resistido por ser rubio, créase o no- son una verdadera saga, una historia continua detrás de la habitual locura aideológica del asunto. Tiene un elenco importante atrás (con Judi Dench y John Cleese ha tenido los mejores diálogos de toda la serie, sin dudas) y Craig es el actor con mayor rango de emociones. Lástima que a veces los directores no saben qué hacer (Quantum of Solace es pésima). Pero Craig levanta muertos. El mejor, hasta hoy.

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