Después de muchas idas y venidas, finalmente The Weinstein Co., la productora cinematográfica comandada por lo hermanos Bob y Harvey Weinstein, encontró comprador. El consorcio Lantern Capital se quedará con prácticamente todos los bienes de la empresa por u$s310 millones, más u$s115 millones para cerrar proyectos en desarrollo. Al mismo tiempo, el productor de Broadway Howard Kagan dijo haber hecho una oferta en la puja por los bienes de la productora, que sería de u$s315 millones. Pero en realidad fue una carta de intención ingresada después de la finalización de la puja -todo fue a subasta- que carecía de un plan financiero o de reaseguro para la actual estructura de la compañía. Lantern y Weinstein anunciaron ya la venta, aunque dado que se realiza en un proceso de bancarrota -que pidió la propia Weinstein tras fracasar una negociación de venta a un colectivo vinculado con los derechos femeninos- la última palabra para que sea aprobada la tiene el Poder Judicial.

De todos modos, lo que resta es pura burocracia. Es el final para una de las historias de caída más espectaculares que diera Hollywood en su historia. En noviembre pasado, varias actrices -en principio, Asia Argento, luego Ashley Judd, Annabella Sciorra, Salma Hayek y muchas otras- comenzaron a contar que Harvey Weinstein, todopoderoso magnate del (mal llamado) "cine independiente" norteamericano, productor de grandes éxitos ganadores del Oscar (desde El paciente inglés hasta El artista, pasando por La vida es bella), abusaba de mujeres. No sólo eso: arruinaba las carreras de quienes rechazaban sus avances sexuales, lo que implicó una enorme red de miedo y complicidad en todo Hollywood. Weinstein era un peso pesado, un árbitro también en Cannes, donde se lo recibía como un mandatario. Pero las denuncias lo transformaron en un paria, un leproso para una industria que nunca termina de sentir vergüenza por su hipocresía (si hasta Oprah Winfrey fue socia de Harvey). Peor: quedó claro que los ejecutivos de The Weinstein Co. (y antes de Miramax, la primera empresa que fundó) sabían y colaboraban o callaban sobre los abusos. Eso hizo que "Weinstein" se transformase en un nombre tóxico. Por eso, también, la subasta pública: Lantern seguramente no utilizará nunca más ese nombre, la propiedad más sucia que compró.

Mientras, la biblioteca de The Weinstein Co. es de esas que cualquier operador de contenidos querría tener. Pero gigantes del SVOD como Netflix, Amazon y Hulu se abstuvieron de pujar. La cuestión es simple: para qué comprar si el nuevo dueño va a tener que encontrar quien le de pantalla a sus activos. La historia que viene, pues, es dónde y cómo se verá esa biblioteca. Y ya no, salvo en los tabloides, la de Harvey y Bob, esos ex monarcas que lo perdieron todo.

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