"Esta novela es un homenaje a la conversación"
La autora María Lobo acaba de publicar su nueva novela
—¿Cómo surgió la idea la de novela?
—La idea de construir en las montañas de Tucumán una ciudad universitaria, que pretendía ser la más grande de América Latina, es un proyecto que existió. Apenas iniciada la década del 50 las obras fueron discontinuadas. Pero quedaron vestigios de ese proyecto. El más impactante de esos vestigios es un esqueleto de hormigón inmenso que quedó a la vera del camino, en el cerro San Javier. Es un esqueleto impactante. El hormigón se ha ennegrecido, la vegetación también ha hecho lo suyo. Impacta por la magnitud de la escala. Es un bloque de casi doscientos metros de largo y siete pisos de altura. Muy cerca de esas ruinas, además, está emplazado el Bosque de la Memoria, donde están los árboles que plantaron las familias de las personas desaparecidas durante la dictadura. Es un lugar al que hemos ido desde siempre las tucumanas y los tucumanos. Hay mucho silencio allí. No es raro que te encuentres con alguna neblina. Así que, de alguna manera, necesité interrumpir ese silencio. Quizás por esa razón la novela se llenó de voces. Las voces de Charles y Benita que caminan hacia la montaña.
—¿Por qué elegiste narrarla como una conversación?
—Originalmente no pensé en esa estructura, la de la larga conversación. Había imaginado las escenas, tenía hechos mis planos de escritura a lápiz. Pero a medida que los personajes avanzaban en su recorrido desde la ciudad hacia la montaña, la conversación entre ambos se hacía cada vez más larga. Y en un momento entendí que no podía interrumpirla. Dejé que esa conversación sucediera. Porque fue en esa dinámica conversacional donde aparecieron ellos mismos como personas, con sus obsesiones, sus temores. La conversación fue, también en un momento, la forma en que ellos empezaron a relacionarse. A escucharse, a reconocerse. Empezaron a pensarse a sí mismos desde esa conversación.
—¿Cuáles eran los temas que querías abordar?
—Todo lo que aparece en la novela y que podrían llamarse temas no fueron un propósito. No estaba la idea de tomar un tema o varios temas y decir cosas sobre esos temas. Esos tópicos aparecen en ese encuentro conversacional. La familia, la muerte, las relaciones entre compañeros de trabajo, los vínculos que suceden en espacios complejos como la universidad. Los lugares que ocupamos las personas en nuestros contextos. El ser mujer, el ser provinciano. Y el amor. Benita y Charles nunca especifican del todo la palabra amor, pero están todo el tiempo, de alguna manera, hablando de amor. Y de un amor específico, que es el que pueden tener ellos. Las historias de amor que no terminan no porque las personas constituyan realmente una pareja, sino precisamente lo contrario. Ese amor que se torna una presencia ineludible en nuestra historia porque ese amor no ha podido suceder. Y el arte, y la arquitectura, por supuesto, son una presencia constante.
—¿El arte y la arquitectura muchas veces están en nuestra vida sin que nos demos cuenta?
—Absolutamente. Porque la arquitectura es una forma de mirar. Eso es lo que se va desplegando en esa conversación entre Charles y Benita. Hablar de arquitectura es hablar de formas de situarse en un lugar, en un tiempo. Cuando ellos dos van conversando sobre la idea de situar una ciudad universitaria en lo alto de una montaña no hablan de las cuestiones técnicas. Lo que se preguntan es qué forma de relación debería tener esa ciudad con el espacio de la montaña y qué implicancias traería para la vida de un estudiante estar situado por encima de todo. Se preguntan si está bien mirar las cosas desde las alturas o si eso puede significar que te alejes del mundo, que pierdas la perspectiva. Que son conceptos muy hermosos que encontré leyendo los escritos de Tomás Maldonado sobre la bauhaus. Y cuando Benita lee las cartas que le escribe Ítalo Calvino, los pensamientos no están vinculados a la posibilidad de las estructuras de esas ciudades. Charles y Benita saben que Calvino no está hablando de ciudades sino de tomar decisiones sobre cómo habitar el mundo.
—¿Es también un homenaje?
—Claro que sí. La novela es un homenaje a Calvino y a esas generaciones que estaban haciendo el tránsito de un universo a otro, de aquello que conocían y que podían experimentar hacia un mundo desconocido, desbordado, el mundo moderno. Calvino está en el centro, porque siempre he pensado a Calvino como un autor que supo ser un contemporáneo de su época. Pudo tomar distancia y pensar su tiempo desde una perspectiva mientras la propia época todavía estaba transcurriendo.
—¿Cómo definís a la novela?
—Como un homenaje a la conversación humana.
—¿Qué te gustaría que el lector encuentre?
—Es difícil dar definiciones sobre la experiencia de lectura de otras y de otros. Sí puedo hablar de lo que significó para mí el proceso de la escritura de este libro. Mientras iba haciendo ese camino, había una sensación de alegría. Alegría ante los descubrimientos que iban apareciendo y diciéndose en ese espacio de la conversación.
