Liliana Díaz Mindurry: la escritora precursora del terror no clásico que está revolucionando la literatura
En este texto, Norman Petrich destaca la falta de reconocimiento de Liliana Díaz Mindurry, una escritora argentina, por parte de otras autoras y grandes editoriales Destaca que su nuevo libro, La mansa brutalidad del mundo, continúa su estilo extraño y raro de terror no clásico La historia sigue a Morgana Sabino, una directora de teatro argentina que vive en España y se enfrenta a momentos oscuros y perturbadores A través de sus recuerdos de juventud y su presente distorsionado, se exploran temas de perversión y pérdida de inocencia El texto también menciona la presencia constante de lo ausente en la obra de Díaz Mindurry y el poder oculto en la locura Se destaca la influencia del sueño de la escritora en su estilo de escritura y su enfoque en la locura y los límites El texto concluye mencionando la importancia de la autora y su capacidad para llevar al límite los conceptos establecidos
Recientemente he terminado de leer el nuevo libro de Liliana Díaz Mindurry y, mientras intento recuperar el aliento, me pregunto una vez más por qué las escritoras consagradas por el público y las grandes editoriales, que contribuyen con profusas líneas a una literatura que se considera "extraña" o "rara" y que se posiciona en un nuevo estilo de "terror no clásico", no mencionan ni hacen referencia al trabajo que la bonaerense ha estado realizando durante mucho tiempo. Podríamos considerarla fácilmente como una precursora en nuestro país de esta línea literaria que ha llamado tanto la atención en los últimos tiempos. Los universos que ella crea, donde el miedo, la locura, la rabia y el deseo trazan puentes a mundos aparentemente paralelos pero que no dejan de ser este, son evidencia de esto. En su nueva obra, La mansa brutalidad del mundo, publicado por Baltasara Editora a fines de 2022, Díaz Mindurry vuelve a jugar con lo siniestro, con la oscuridad reflejada (y oculta) en la realidad.
Morgana Sabino, una reconocida directora de teatro argentina que vive en España, acaba de recuperarse de una enfermedad complicada pero está convencida de que ha dejado terribles secuelas en su presente, que está acechado por momentos de oscuridad que no logra comprender, como "agujeros de gusano" que la transportan a lugares tenebrosos de los que no sabe cómo llegó. Al mismo tiempo, establece un juego de duplicidades en el que habla, casi como si quisiera asegurarse de que lo que dice que está sucediendo, realmente está sucediendo y no es una ilusión creada por ella misma. Mientras nos cuenta su presente, lo entrelaza con su pasado juvenil e idílico, ese paraíso que, al mismo tiempo, rechaza y le gustaría regresar. Al igual que en su obra anterior, Hace miedo aquí, y en Cita en la espesura, otro de sus grandes trabajos, una pintura actúa como bisagra, como pista para el lector. En el primer libro, El jardín de las delicias de El Bosco, nos da la clave para tratar de entender si era virtud o enfermedad, introspección o autismo, invalidez o inteligencia suprema. En el segundo, un cuadro que replica casi exactamente la sala en la que se exhibe se convierte en la puerta que arrastra a los personajes hacia el abismo del homicidio. En este nuevo libro, La caza en el bosque de Paolo Ucello, será el encargado de "pintar" la atmósfera por la que se desarrollará esta historia. En el cuadro, se pueden ver a los cazadores y a sus perros persiguiendo a las presas que corren desesperadas hacia un fondo oscuro. Esa oscuridad es la que atrae a Morgana, de la que intenta escapar sin ver ninguna contradicción en ese acto, mientras una conversación sostenida por chat con un joven argentino despierta sus recuerdos de juventud, de la época en la que el deseo formaba "la santísima trinidad" junto a Darío y Claudina, el tigre y la liebre, y ella era Fata Morgana, la "bruja". Pero, ¿por qué ese pasado juvenil parece tan idílico y por qué este presente oscuro, que la acecha en la calle, se asemeja a un rompecabezas que le faltan piezas? "Las felicidades son siempre culpables en algún sentido, y los olvidos, blancos", arriesga uno de los personajes. "No sé a quién hablo: a mí misma, a lo que hay de mí que yo no sé", se dice Morgana. En ese discurrir entre su presente lleno de imágenes distorsionadas y su pasado idealizado, la perversión y la pérdida de la inocencia se van desnudando poco a poco y algo, en algún lugar (¿en el pasado, en este presente?), empieza a oler a podrido.
Al igual que en Hace miedo aquí, en La mansa brutalidad del mundo, la presencia de lo ausente es constante, aunque en este nuevo libro no es el miedo la puerta de entrada, sino su ausencia. Si en el primero, el protagonista no entiende la infinitud del miedo y de la peste que lo rodea, en esta nueva obra es el peligroso juego oculto en la locura el que deja resbalar entre sus dedos la banalidad del mal, como si ese fuera el único lugar en el que se puede estar. Morgana reconstruye su presente, recupera su pasado como si todo esto le sucediera a otra persona, no a ella. Casi como si pudiera separarse y verse desde afuera, como si fuera a otra persona a la que le están ocurriendo las cosas. En un reportaje, le preguntaron a Díaz Mindurry cuál fue el primer libro que compró por sí misma y ella respondió: El extranjero. No me parece para nada casual. De ahí, tal vez, la cita de Foucault que abre la novela: "El ciclo de lo prohibido: no te acercarás, no tocarás, no consumirás, no experimentarás placer, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la sombra y el secreto". "Creo que lo que más influyó en mi forma de escribir fue un sueño que tuve de niña. Soñé que me acercaba a una persona y esa persona se transformaba en cortina, volviéndose irreal. Luego hablaba con otra persona y sucedía lo mismo. Tenía unos ocho o nueve años y me asustaba mucho, me preguntaba: ¿entonces no hay personas? Lo primero que hacía en el sueño era ir a casa a buscar a mi padre, porque él tenía que existir. Mi madre estaba de viaje en ese momento. Me acercaba a mi padre y le preguntaba: 'Papá, ¿tú existes?' y él me respondía: 'Sí, claro'. Pero de repente, veía que él también se transformaba en cortina. Ahí despertaba y iba a buscar a mi padre y le volvía a hacer la pregunta. Y él me decía: 'Has descubierto a Berkeley'. Me pareció tan fascinante esa posibilidad de lo irreal que creo que eso marca todo lo que escribo", confesó en aquel reportaje.
Liliana Díaz Mindurry ganó el Primer Premio Municipal de Buenos Aires en cuentos editados en el Bienio 90-91, así como el Primer Premio Municipal de Córdoba y el Premio del Fondo Nacional de las Artes en 1993. También ha recibido el Premio del Centro Cultural de México en cuento en 1993 y el Premio de El Espectador de Bogotá en cuento en 1994. Además, obtuvo el Premio Planeta en 1998. Ha publicado 28 libros (novelas, relatos, poemarios, ensayos), cinco de los cuales han sido publicados en España. Su obra ha sido traducida al alemán, inglés, francés y portugués. "No me interesa para nada la literatura tipo Aira, tampoco me atrae una literatura minimalista basada en hechos cotidianos. No es que no me guste, sino que no lo haría. Creo que siempre trabajaré esa temática de la locura, los límites y la violencia mental, incluso en mi poesía, que no es una poesía amable", explican quizás estas palabras de Liliana la extrañeza de la que habla al principio. "Volver a la intensidad de esas palabras tan oscuras que ni siquiera pueden pronunciarse", dice la escritora nacida en Buenos Aires en su muro de Facebook. Y eso es precisamente lo que Morgana hace y padece. Es una vuelta a algo que no puede expresarse por completo.
